Publicado por
Pilar Cabero
domingo 20 de diciembre de 2009
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Todos los libros de la biblioteca queremos felicitaros estas fiestas.
También aprovechamos para recordaros que seguimos aquí y que podéis llevarnos a vuestras casas cuando queráis. Nos hace mucha ilusión que, a lo largo de todo el año, nos eligierais para leernos.
Revivimos cada vez que pasáis nuestras páginas.
Es de agradecer que nos tratéis con cariño y cuidéis de que nosotros para que no nos rompamos, se nos doblen las hojas o las pastas.
Que compartáis por unos días vuestras vidas.
Nos hagáis partícipes de vuestras vivencias e ilusiones.
Por todo ello:
¡Muchas gracias!¡Os deseamos una feliz Navidad y un próspero año 2010!
Publicado por
Pilar Cabero
domingo 13 de diciembre de 2009
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A pesar de que esa vez el cambio no resultó tan traumático como la vez anterior, salió del confesionario aturdida. Estaba claro que había cambiado de época: fuera todo estaba distinto.
«¿Habré acertado con el tiempo?», se preguntó. «¿Yago estará bien?».
Se miró los pantalones y el jersey holgado que se había puesto. Era difícil que nadie la confundiera con un muchacho, pero confiaba que el sombrero de paja ocultara sus rasgos femeninos, no era oportuno provocar algún tumulto.
Aceleró por la calle de Narrica; necesitaba llegar cuanto antes para cerciorarse de que su hijo estaba bien. No podía pensar en que no fuera así.
Debía salir por la puerta de Tierra para alcanzar el camino que la llevase a la casa de Diego. La vez anterior había hecho ese trayecto cómodamente sentada en un carruaje; ahora lo tendría que cubrir andando. No es que fuera muy largo (en su tiempo ella había hecho en innumerables ocasiones el recorrido desde la Parte Vieja hasta el barrio de El Antiguo), pero en ese momento era diferente. Ya no habría un paseo embaldosado, con edificios a un lado y la playa al otro; ahora era un paraje desolado entre bancos de arena y marismas. Agradeció en silencio el buen tiempo reinante; la falta de lluvia agilizaría sus pasos.
Al llegar a la plaza Vieja cruzó la puerta de Tierra, dejando a su izquierda el Cubo Imperial. Sorteó las diversas alturas hasta salir hacia el Camino de Hernani. Unos metros después continuó por la travesía que bordeaba el litoral, que le llevaría directamente a la casa de Diego. Le costó poco más de media hora llegar destino.
La hermosa casa-torre que perteneciera a la familia Izaguirre desde tiempos inmemoriales presentaba un aspecto cuidado, ligeramente menos sombrío que cuando la visitó en compañía de su esposo. Llamó a la puerta y esperó, impaciente.
—Buenos días. ¿Qué deseáis? —preguntó la sirvienta que acudió a abrir.
—Buenos días... —Carraspeó, tratando inútilmente de imprimir un tono más grave a su voz; estaba tan nerviosa que le resultaba imposible—. Busco al capitán Izaguirre. ¿Está en casa?
La joven sirvienta pareció dudar un momento al comprobar que Marina era una mujer vestida con pantalones.
—Sí. Si me decís vuestro nombre iré a ver si os puede atender —anunció, frunciendo el ceño ante Marina.
Ella, sin esperar a nada más, entró como una tromba. No tenía paciencia para aguardar que aquella joven la anunciase con toda pompa. Necesitaba comprobar que su hijo se encontraba bien y que estaba allí; de no ser así, era imprescindible salir a buscarlo lo antes posible.
—¡Diego! —llamó con todas sus fuerzas— ¡Diego!
—Señora, por favor… —suplicó la sirvienta.
—¿Está aquí Yago? —interrogó Marina, intranquila.
—No sé de quién me habláis, señora.
—¡Dios santo! ¿No ha venido? ¡Diego, maldita sea! ¿Dónde estás?
—¿Marina? —La voz sonó a su espalda.
Marina se giró para ver quien la había reconocido y se encontró cara a cara con doña Úrsula. Los años pasados habían sido benévolos con ella. Seguía manteniendo la majestuosidad de una reina. Los ojos grises y el cabello plateado, sujeto bajo una cofia blanca, continuaban siendo tan perspicaces como siempre.
—¡Dios mío, eres tú! —exclamó la mujer, al tiempo que se acercaba para abrazarla—. Mi querida Marina. ¡Cuánto te he echado de menos! Veo que mantienes la loca idea de vestirte como un simple mozuelo. —Ladeó la cabeza y la miró con suspicacia—. Anda, muchacha ven a mis brazos; creo que lo necesitas. Cuéntame que te ocurre; pareces alterada.
Marina se vio inmersa en un cálido abrazo y sin pretenderlo, rompió a llorar. La tía de Diego siempre había sido demasiado astuta para ella; una mujer difícil de engañar.
—¡Por Dios! ¿Qué te sucede? —inquirió la señora, preocupada—. ¿Te ha ocurrido algo? No me tengas en ascuas, muchacha; una ya no está para tener paciencia.
—¿Qué ocurre, doña Úrsula? —indagó don Hernán, colocándose unos anteojos para ver mejor—. ¡Virgen Santa! Marina…
—Mi hijo... mi hijo ha desaparecido —articuló Marina entre sollozos.
—¿Tienes un hijo? —Doña Úrsula lo pensó por un momento—. ¿Quieres decir que tengo un nieto? ¡Por el amor de Dios, Marina! ¿Qué diantre ha ocurrido?
—¿Yago? ¿Ha desaparecido? —La voz de Diego, áspera y un tanto cascada, tronó en el vestíbulo.
—¡Sí, maldita sea! ¡Vino a buscarte! —balbuceó Marina entre lágrimas, separándose de doña Úrsula—. Quería estar contigo. ¿Dónde está? ¡Maldito, tú tienes la culpa! ¡Tú le dijiste de dónde venías! Si le ha ocurrido algo… —Le señaló con un dedo— … juro por Dios que jamás te lo perdonaré. ¿Me oyes? ¡Jamás!
—Por supuesto que te oigo —se quejó él, sujetándose la cabeza con ambas manos— ¡Probablemente te estén oyendo de aquí a Cantón!
* * *
Diego se mesó el cabello, exasperado e inquieto. Tenía una resaca de los mil demonios. Desde su regreso, casi una semana antes, había estado bebiendo sistemáticamente hasta caer rendido; era la única manera de soportar la pena que le embargaba. Varias veces, durante esos días desdichados, cabalgó hasta la puerta de la iglesia de San Vicente; otras tantas, maldiciendo su situación, regresó a su casa para ahogarse en coñac. Apenas si había hablado con nadie; su tía llevaba tres días insistiendo en conversar con él, sin lograrlo. Querría hablarle de su preocupación por lo mucho que él estaba bebiendo.
Ahora Marina, frente a él, con los ojos brillantes por las lágrimas, se paseaba por la entrada de la casa, consumida por la angustia. Tenían que hablar y, sobre todo, localizar a Yago. Con un gesto ordenó a su tía que se mantuviera al margen y se llevó a su esposa a la cocina; necesitaba entender qué había sucedido para intentar solucionarlo. Notó que doña Úrsula hacía verdaderos esfuerzos para no seguirles; no dudaba ni por un instante de que tendría que darle muchas explicaciones por la existencia de Yago. Ya habría tiempo para eso. A una mirada suya, la cocinera y el ayudante salieron de allí, cerrando la puerta tras ellos. Vertió agua en una palangana y comenzó a lavarse la cara para despejarse.
—¿Qué estás haciendo? —inquirió Marina, furiosa.
—Me estoy lavando… por favor, no me grites… tengo la cabeza un tanto…
—¡Estás borracho! —El desagrado de la mujer era evidente.
—Bien, eso no es del todo cierto. Ahora no lo estoy. Tengo resaca; digamos que anoche bebí demasiado… Si me das tiempo para despejarme escucharé todo lo que tengas que decir. —Las últimas palabras salieron amortiguadas por el lienzo con el que se secaba la cara.
—¡Mi hijo está por ahí, perdido! ¿Necesitas más explicaciones? —bramó ella, fuera de sí.
—Te ruego que no grites… tengo la cabeza a punto de estallar. ¿Cómo es que ha venido? —Empezaba a impacientarse. Los últimos vestigios de borrachera habían desaparecido, remplazados por el temor a lo que podía sucederle a su hijo.
Entre reproches y maldiciones, Marina le contó lo ocurrido desde que él se marchó. Y mencionó la nota donde Yago exponía sus intenciones.
Nunca había pasado por la mente de Diego que su hijo pudiera hacer algo tan temerario. Por otro lado, ¿qué podía esperarse de un hijo de Marina y suyo?
—Entraremos en la ciudad y lo buscaremos por allí. Seguramente él no sabe que vivo extramuros —aseguró, infundiendo a su voz más aplomo del que sentía. Abrió la puerta de la cocina y, olvidando su resaca, llamó a voces a la sirvienta—. ¡Por todos los demonios! —siseó luego, sujetándose la dolorida cabeza.
—¿Llamabais, capitán? —preguntó la joven, nerviosa.
—Sí, acompaña a mi esposa a la buhardilla para que coja ropas apropiadas de su baúl. Después pide ayuda a Claudio para que lleve el arcón al dormitorio de la señora. —Diego pasó por alto la mirada sorprendida de la criada—. Gracias, eso es todo.
—No hay tiempo para cambiarme de ropa…—comenzó a protestar Marina.
—Haz lo que te pido, mujer —ordenó él con sequedad, mesándose el cabello—. No puedes ir así por la calle. Deja de rezongar y obedece de una vez.
—Eres…
—Después podrás decirme todo lo que quieras, pero ahora no. Por favor, date prisa.
Marina, echando chispas por los ojos, siguió a la atónita sirvienta.
Sin duda la llegada de su mujer y su hijo iba a causar estragos en la servidumbre, pero a Diego no le importaba. Si no fuera porque su hijo aún no había aparecido se sentiría rebosante de felicidad. Esa semana sin ellos había sido un completo infierno y la estancia de su tía Úrsula y su tío Hernán, con sus interminables preguntas sobre el paradero de Marina, lo habían vuelto medio loco.
Envió a la Santa Gabriela a un lacayo con una nota para Andrés, solicitando su presencia y la de todos los hombres disponibles, para que se reunieran con él en la puerta de Mar. Era urgente comenzar la búsqueda. Agradeció al cielo que el barco aún no hubiera partido a las Indias.
* * *
Empezaba a cansarse de buscar. A su llegada, El día anterior, se sentía muy emocionado y ansioso por localizar a su padre. Pero en seguida se hizo de noche y ya no hubo a quién preguntar por su casa en la calles medio oscuras. Después de mucho buscar un lugar donde dormir, encontró refugio en las ruinas de la iglesia de Santa María del Coro. Había pasado la noche en vela, asustado por las ratas que correteaban entre las piedras. Al amanecer, agotado, se quedó dormido y no se había despertado hasta el mediodía.
La mujer a la que preguntó por la casa de su padre le dijo que lo más probable es que estuviera hablando de la casa-torre de los Izaguirre, que estaba extramuros. Al principio pensó que podría hallarla por sí solo. Toda su vida había vivido en la Parte Vieja; no sería tan difícil salir de allí. Pasó varias horas dando vueltas por las estrechas callejuelas hasta que terminó por aceptar que no reconocía esa Parte Vieja.
Aún no había conseguido salir de las murallas. Para colmo de males otra vez se le hacía tarde, se estaba poniendo el sol. Ya no le quedaba comida.
«Tendría que haber pedido a mi madre que me diera la dirección». Se echó a reír por la tontería que acababa de pensar. Si hubiera preguntado, su madre habría sabido al momento lo que pensaba hacer y no habría dejado ni un momento de vigilarlo.
Le remordió la conciencia. Su madre estaría muy preocupada. Quizá no tendría que haber cruzado solo. Tal vez con el tiempo la habría convencido de regresar con su padre.
«No está siendo tan fácil como esperaba», pensó, mirando por encima delhombro.
Le seguían un par de tipos con pinta de rufianes. Por precaución se mantuvo cerca de otras personas, pero no siempre era posible y los viandantes, a esas horas, se recogían en sus casas. Pronto no quedaría nadie a quién arrimarse. ¿Qué haría entonces? ¿Volver a dormir en las ruinas?
Delante de él, un hombre encendía las lámparas de aceite del alumbrado público.
—Perdone, señor, ¿dónde está la puerta para salir de la ciudad? —le preguntó.
—¿Qué puerta, chico? ¿La de Tierra o la de Mar? —contestó el hombre, mostrando sus dientes negros.
—Creo que la de Tierra. Busco la casa de Diego Izaguirre... —explicó desalentado.
—¡Ah! Está al sur —informó el hombre, volviendo a su trabajo.
«¿Cómo sabré dónde está el sur por la noche?»
—Mantén el resplandor del ocaso sobre tu hombro derecho y no te perderás —aseguró el hombre, como si le hubiera leído el pensamiento—. Si sigues por la siguiente calle te llevará directamente a la puerta de Tierra. Pero debes darte prisa; pronto cerrarán la cancela para pasar la noche. Toma el camino de Hernani y después continúa bordeando la playa; te dejará al lado de la casa.
—¡Gracias! —exclamó Yago antes de echar a correr.
—¡Ah, hijo!
—¿Sí? —Paró en seco.
—Ten cuidado con los maleantes... —advirtió el hombre, mientras se dirigía a la siguiente lámpara—. Es muy peligroso andar por ahí una vez que se ha metido el sol.
—Gracias, muchas gracias —acertó a decir Yago. Y echó a correr en la dirección que le indicó el sereno.
* * *
—¿Y si no ha acertado con la época? —preguntó por enésima vez Marina—. ¿Por qué no me preocupé más de él? Estaba demasiado enfadada para fijarme en nada más...
—Deja de lamentarte tanto; no tienes la culpa. Él ha sido quien ha tomado la decisión. Recemos por que no le ocurra nada y le encontremos pronto. —Diego observó el cielo, maldiciendo entre dientes. Si no se daban prisa cerrarían todas las puertas de acceso a la ciudad y habría que abandonar la búsqueda hasta el día siguiente, a menos que pasaran la noche dentro del recinto amurallado—. Sin duda estamos muy cerca de él. Confía en mí.
Trató de no pensar en los peligros que podían acechar a su hijo solo, en un lugar tan diferente a su entorno habitual. Oró con toda su alma para que estuviera a salvo, porque en cuanto le echara la mano encima le iba a poner el trasero morado para una semana. Era un insensato por cometer semejante imprudencia. ¡Por todos los demonios! ¿En qué diablos estaba pensando ese muchacho?
Sus hombres continuaban desperdigados por toda la ciudad, escarbando hasta debajo de los adoquines para dar con él. Habían acordado que, en caso de que lo encontrasen, soltarían una andanada de pólvora desde la Santa Gabriela, para que Diego y Marina lo supieran. Aguzó los oídos, pero no percibió más que los chillidos de las gaviotas que regresaban a tierra para dormir.
Miró a su esposa, que se retorcía la falda de su vestido de brocado verde con nerviosismo.
«¡Por favor, Dios mío, no nos hagas esperar más!», suplicó en silencio.
* * *
Frente a él se extendía, como si fuera un castillo pequeño, una edificación almenada. Recordó la maqueta de la ciudad tal como era en el siglo XIX; la había visto el verano anterior en el castillo de la Mota. Aquello sería la puerta de Tierra. Suspiró de satisfacción; estaba cerca. Ni la mujer a la que preguntó ni el hombre que encendía los faroles le habían dicho que estuviera lejos una vez fuera de las murallas. Más valía que tuvieran razón, pues estaba casi completamente oscuro y dudaba mucho que hubiera alumbrado fuera de la ciudad.
Miró a su espalda, por si los dos hombres le seguían todavía. Al ver que habían desaparecido suspiró con alivio. Lo más probable es que se hubieran cansado de seguirle. Se volvió para continuar el camino.
—¡Vaya, vaya! Mira qué tenemos aquí...
Uno de aquellos hombres estaba delante de Yago y mostraba a su amigo una sonrisa desdentada. Olía como si no se hubiera bañado en años. Yago arrugó la nariz con repulsión. El sujeto era muy delgado y sus ropas estaban, a la par de sucias, muy remendadas.
—Oye, Palillo, es muy bello el muchachito... ¿Crees que la dueña de la GaviotaAzul nos dará algo por él? —preguntó el otro, relamiéndose por anticipado con su cara de ratón.
Yago aprovechó para correr con todas sus fuerzas hasta la puerta de la muralla. Si tenía suerte podía pedir ayuda a los guardias que estuvieran custodiándola allí. Aún no había dado dos pasos cuando una manaza se apoderó de su mochila y de un fuerte tirón lo lanzó al suelo.
—Muchacho, muchacho —Palillo chasqueó la lengua con censura, al tiempo que sujetaba a Yago por la pechera—. No nos hagas correr; llevamos demasiado tiempo detrás de ti como para seguir así —De un impulso lo puso de pie frente a él—. Sé buen chico, anda, y no des más la lata.
—¡Dejadme en paz, malditos cerdos! —chilló Yago y pateó a Palillo antes de lanzarse calle adelante.
—¡Demonio de crío! ¡Que no escape, Rata! —conminó el hombre a su amigo, dando saltitos con un pie, mientras se sujetaba la espinilla—. Cuando te tenga te vas a enterar, mal nacido.
Rata, aturdido, tardó un momento en reaccionar. Eso brindó a Yago una clara ventaja. Cuando estaba por alcanzar la puerta de salida oyó a su espalda la voz de Rata, que corría tras él.
—¡Guardia, guardia! ¡A ese muchacho! ¡Que se escapa!
Las charreteras del soldado brillaron contra la luz del candil que sujetaba. Antes de que Yago dijera o hiciera algo, el guardia lo apresó contra la pared.
—¿Qué ha pasado? —inquirió el soldado.
—Este muchacho mal nacido, que quiere huir de casa —le aseguró Rata.
—¿Es verdad eso? —inquirió el guardia, mirando a Yago—. ¿Te escapas de casa?
—No, ellos me perseguían...
—¡Maldito embustero! ¿Qué mal he hecho, Señor, para que me mandes a un hijo tan desagradecido? ¿Qué mal ha hecho su bendita madre para que reciba un castigo como éste? —Miró al soldado con una mueca, sacudiendo la cabeza con pesar—. Lo siento; mi hijo necesita una buena tunda para que deje de hacer maldades...
—Sí, señor, procure atarle corto —le aconsejó el soldado, sin poner en duda las palabras del hombre—. Cada día son más desobedientes.
—Claro, claro. Si un árbol no se endereza de pequeño, crecerá torcido —sentenció Rata, ocultando la sonrisa de satisfacción que cruzaba su cara sucia.
—¡No, no! ¡Él está mintiendo! ¡Yo no soy su hijo! —exclamó Yago al borde del llanto.
—¿Cómo te atreves a decir algo así? Tu pobre madre se moriría de pena si te oyera. Bueno, volvamos a casa antes de que ella te eche de menos. Buenas noches, soldado.
Rata se cargó a Yago al hombro, aguantando las patadas y puñetazos que el niño le endilgaba a cada paso, y se alejó de la puerta de Tierra para regresar junto a su amigo, que le esperaba más adelante con la espada desenvainada.
Yago gritó hasta desgañitarse pidiendo socorro, pero nadie salió en su ayuda por las calles desiertas. Lloraba desconsoladamente; no albergaba la menor duda de que aquellos seres le harían daño. En su ansia de hacerse oír renovó los chillidos
—Toma, maldito mocoso y calla ya. —Palillo le arreó un golpe en la cabeza con la empuñadura de su arma.
La oscuridad llenó a Yago, que se perdió en la inconsciencia.
* * *
—¿Has oído esos gritos? Vienen de la calle de atrás. Juraría que es Yago —aseguró Diego—. Vamos, no está muy lejos.
Marina siguió a su marido en pos de los chillidos que acababan de oír. El corazón le retumbaba en el pecho. Al girar hacia esa calle se decepcionaron al no ver a nadie. ¿Dónde estaba?
—Estarán en la otra calle. ¿No oyes los pasos? —le preguntó Diego.
Marina puso todo su empeño en escuchar atentamente. Al fin percibió el tenue sonido de unas pisadas en los adoquines. Para entonces Diego corría, alfanje en mano, tras los pasos de su hijo. Ella no perdió ni un segundo en seguirle con las faldas arremangadas hasta las rodillas y resollando por el apretado corsé, al que ya no estaba habituada. A punto de girar en la esquina llegó hasta sus oídos el sonido de los aceros chocando entre sí.
Marina se acercó a mirar, cuidando de no ser vista. Su hijo yacía en el suelo, como sin vida; a su lado, dos sujetos lanzaban mandobles contra Diego y éste los paraba con maestría, atacando a su vez con frialdad. Las hojas de las espadas y el alfanje brillaban con la luz de las farolas y resonaban en el silencio de la callejuela, sin visos de parar.
—¡Dios mío, Dios mío! —imploró Marina, con lágrimas en los ojos.
Eran dos contra uno y temía que Diego no pudiera con ellos. De momento los controlaba, pero ¿durante cuánto tiempo?
«Por favor, que sus hombres nos encuentren pronto», rezó, pegada a la pared de piedra. «Por favor…»
Se volvió por si veía venir por aquella calle a los marineros de la Santa Gabriela. Y en ese momento se oyó un gemido entre los combatientes. Se giró con celeridad, temiendo que fuera su marido el que se dolía. Uno de los agresores, el más flaco, estaba en el suelo, sujetándose el vientre con las dos manos ensangrentadas. El otro continuaba luchando, aunque no con tanta seguridad como al principio; era evidente el temor que le inspiraba la hoja manchada de sangre que blandía su rival. A pesar de eso, la contienda no parecía que fuera a acabar nunca.
Ya había oscurecido completamente. Yago continuaba inerte en los adoquines. No se movía y la luz escasa de las farolas no permitía ver si vivía o no. Marina sentía las uñas clavadas en las palmas de sus manos por tanto apretar los puños. Necesitaba saber si estaba bien y acercarse hasta él era impensable mientras siguieran luchando.
—¡Rendíos de una vez, maldito! —Oyó que ordenaba Diego.
—¿Y acabar frente al preboste? ¿Acaso pensáis que estoy loco? —barbotó el hombre.
—¿Aita? —La voz quejumbrosa de Yago llegó hasta sus oídos.
Su padre trastabilló al oírla. Su oponente, envalentonado, aprovechó el momento para abalanzarse sobre él con la espada preparada para atravesarle. Gracias a sus agudos reflejos, Diego consiguió rechazar la cuchilla y dominar el ataque.
Marina estaba tan pendiente de su marido que no vio al otro hombre levantarse del suelo hasta que fue demasiado tarde.
—Tirad el alfanje. —La orden sonó a la espalda de Diego—. Volveos y no tendré que hacer uso de ésta.
Estaba de pie a unos pasos del capitán y apuntaba con una pistola a Yago, que miraba el arma con los ojos desorbitados.
Marina ahogó un grito, segura de que en ese momento su marido no necesitaba más distracciones, y se mordió los nudillos en un esfuerzo por calmarse. Se giró rápidamente para ocultarse mejor tras la esquina de la casa e impedir que Yago, al verla, hiciera alguna cosa que alertase a los maleantes. Al momento oyó claramente el sonido del metal al chocar contra el empedrado y se asomó un poco para ver lo que estaba sucediendo.
Diego, con el alfanje a sus pies, mantenía los brazos a los costados, mirando al hombre que se desangraba sin dejar de apuntar a su hijo.
—Dejad que el niño se vaya y no os denunciaré al preboste —propuso su marido.
—Ahora, no estáis en posición de ordenar nada —declaró el que tenía la espada. Se acercó a Yago por detrás de Diego—. Nos llevaremos al muchacho, tal como teníamos previsto antes de que llegarais a estropearnos el negocio.
—¡No! —gritó Yago, asustado—. ¡Aita, no dejes que me lleven!
Diego, sin pensarlo, se arrojó sobre el que tenía la pistola. El hombre se balanceaba por el agotamiento y por la sangre que manaba de la herida del vientre.
Se oyeron dos detonaciones casi simultáneas. Durante unos segundos el humo de la pólvora lo cubrió todo.
Marina se giró para mirar a su espalda. Los oídos le silbaban como una cafetera loca. Junto a ella, maese Andrés empuñaba una pistola aún humeante, con la vista clavada en el hombre que permanecía en pie en medio de la calle, tras Marina.
—¡No os he oído llegar! —gritó por encima del zumbido que taladraba sus tímpanos.
Lo vio mirarla y mover los labios pero apenas pudo oír nada. Aturdida, se volvió para comprobar lo ocurrido. Tirado en el centro de la calle, el hombre de la pistola se desangraba sobre los adoquines. El otro rufián había salido corriendo calle adelante, pero los hombres de la SantaGabriela lo habían apresado y lo traían a punta de alfanje. Diego estaba arrodillado junto a su hijo. Marina echó a correr y se dejó caer en el suelo, junto a Yago.
—¡Dios mío, hijo! Que cerca hemos estado de perderte —murmuró Marina y le acarició la cara. Aunque de forma débil, poco a poco estaba recuperando el sentido auditivo.
* * *
—¿Ama...? ¡Ama! —pronunció el niño con sorpresa—. ¿Qué haces aquí? —preguntó después, con un chillido.
—He venido a buscarte —articuló Marina, reprimiendo las lagrimas.
—¿Estás muy enfadada conmigo? —susurró Yago, avergonzado.
—Creo, jovencito, que éste no es el mejor lugar para discutir ese particular —sentenció Diego, tratando de parecer severo—. En cuanto lleguemos a casa tú y yo tendremos una seria conversación.
—Capitán, ¿está bien el muchacho? —preguntó maese Andrés en pie junto a ellos.
—Bien parece que sí. Gracias por tu ayuda; me has salvado la vida. —Diego trató de palmearle la espalda con camaradería, pero descubrió que tenía el brazo izquierdo herido y no logró hacerlo. Fingiendo naturalidad, se alejó un poco de Marina y de su hijo para hablar con Andrés—. Parece que al abalanzarme sobre el hombre la bala me ha atravesado el hombro —murmuró. Aceptó el pañuelo que le tendía su amigo para absorber la sangre que brotaba de las heridas—. Gracias. Creo que será mejor que nos demos prisa. Probablemente tengamos que sobornar a los soldados de las puertas para que nos dejen salir de aquí.
—Probablemente así sea. Ya es de noche… —corroboró Andrés y se volvió para ayudar a Marina que permanecía arrodillada junto al muchacho—. Me alegro mucho de volver a verte, muchacha…
—Lo mismo digo, maese Andrés. Muchas gracias por vuestra ayuda.
El hombre agitó una mano en el aire, como restando importancia a su contribución.
—Ama, me duele el brazo… —se quejó Yago—. ¡Tengo sangre! Ama… ama… estoy sangrando —gritó, contemplándose la mano manchada de sangre con espanto.
A la luz tenue del farol se apreciaba, en la camiseta oscura, una mancha brillante a la altura del hombro derecho.
—¡Dios mío! Mi niño… —articuló Marina—. Diego, ¡ay, Dios!, está herido…
—Calma, nos vamos ahora mismo… se salvará —garantizó él con firmeza.
—¡Dios bendito! La bala le dio…a él también —murmuró el maestro de armas, consternado.
—¿Cómo que también? —preguntó Marina.
—Andrés, regresad al barco antes de que os cierren la puerta del Mar; yo iré al galeno con mi hijo. Por favor, Andrés… hazme caso —insistió cuando su amigo intento protestar.
—¡Dios Santo, Diego! —gimió la mujer—. Estás herido.
—No te preocupes, sirena, nos pondremos bien —aseguró Diego. Y trató de desgarrar los faldones de su camisa para hacer un vendaje improvisado, hasta que pudieran atender mejor al niño.
—Deja, yo tengo más tela —aseguró Marina, mientras desgarraba una de las enaguas que llevaba bajo la falda—. Lo he visto hacer muchas veces… ¡Por el amor de Dios! ¿Qué tonterías estoy pensando?
—Deja que te ayude —pidió Diego—. Entre los dos lo haremos más rápido.
Cuando tenían la cantidad suficiente de tiras, el capitán vendó la herida de su hijo y dejó que Andrés vendase la suya.
—Esto te permitirá llegar hasta la casa del galeno… —dijo el artillero al terminar—. Deja que lleve yo al niño, tú no estás para eso.
—Gracias, pero no hace falta. Ve con los hombres al preboste y entrega a esos tipos.
Diego, sin prestar atención a su propio dolor, cargó en brazos a su hijo y emprendieron el camino. La palidez mortal de la cara del niño ponía en relieve su pésimo estado. Era imprescindible llegar lo antes posible a la iglesia de San Vicente para regresar al futuro, donde contaban con más medios con los que extraer la bala. Confiaba en que Alex pudiera ayudarles. Miró a su esposa, preocupado.
—¿Cómo tienes el brazo? —indagó Marina—. ¿Te duele?
—No te preocupes por ello ahora, sirena. La venda impide que me moleste demasiado. Démonos prisa.
Era cierto, pero más que por la venda era por la infinita preocupación que le corroía. ¿Cómo perder el tiempo inquietándose por él, estando su hijo tan mal?
Más adelante la calle desembocaba en la puerta de la iglesia. Apretó los dientes para resistir la punzada en el brazo. Yago empezaba a perder la conciencia. Sin esperar a que Marina los alcanzase, corrió a la entrada del templo.
Dentro todo estaba oscuro; la vela del altar permitía distinguir los contornos de los bancos.
Con el corazón bombeando a toda velocidad, penetró en el confesionario y se acomodó con su hijo en brazos. Yago gemía a cada movimiento y Diego ahogó una colorida maldición por infligirle más daño. Un instante más tarde entraba su esposa, jadeando por la carrera. Se apiñaron como pudieron en el reducido espacio.
—De… debemos… pensar en… aquel tiempo… para poder lograrlo —balbució Marina entre jadeos, aferrándose a los dos.
Por el amor de Dios, tenía que salir bien…
—Per tempore —susurraron al unísono con las manos agarradas.
Esperaron con los ojos cerrados a que todo comenzase a moverse, pero no ocurrió nada. Sus miradas expresaban perplejidad.
—Per tempore —repitieron, angustiados.
¿Qué demonios pasaba?
—No funciona… quizá no podamos hacerlo los tres a la vez… —sugirió Marina—. Ve tú primero con Yago, yo os seguiré —anunció y salió del confesionario como una exhalación.
No tenían tiempo que perder; cada segundo era valioso. Diego se concentró en el futuro y en Alex antes de recitar las palabras.
El mueble siguió quieto e inofensivo.
¡Por Dios! No podía estar ocurriendo eso. Era necesario que funcionase. Él no estaba capacitado para atender a su hijo. Si bien no sería la primera vez que operaba para extraer un proyectil, con un brazo herido se veía incapaz de hacerlo. La sola idea de quitar la bala al niño le producía escalofríos.
Si no podían hacer ese salto en el tiempo…
—¿Qué sucede? —Su esposa asomó por la puerta del confesionario; él intuyó, pues apenas había luz, que sus ojos verdes estaban dilatados por el terror—. ¿Qué estamos haciendo mal?
—Prueba tú sola, pero creo que ya no funciona…
Diego salió del mueble, ahogando un gemido ante la punzada de dolor que sintió al cargar a su hijo inconsciente. Una vez fuera permaneció en pie mientras Marina intentaba atravesar el tiempo. Notaba el sudor deslizándose por el centro de la espalda. La sangre fluía por sus venas como un torrente desbocado. Sentía el furioso latido en los oídos, en el brazo, en los ojos y en el vientre. Tenía miedo. Un miedo cerval como nunca había experimentado. Se sentía impotente.
«¿Por qué? ¿Por qué a Yago?», se preguntó en silencio.
Estaban perdiendo el tiempo; si el confesionario no funcionaba deberían buscar al galeno lo antes posible.
Marina salió del mueble.
—No funciona… hemos de buscar un médico… —murmuró, acongojada—. Tú no estás en condiciones de atenderlo. También estás herido.
—Lo mío no tiene la menor importancia… ahora es vital encontrar al galeno.
Con Yago inconsciente en los brazos, Diego abandonó la iglesia seguido por su esposa. Sabía que el doctor vivía en la calle Esterlines por lo que cruzaron la ciudad de norte a sur, sorteando a algún que otro borracho que encontraron en el camino. A la luz de los faroles el improvisado vendaje se veía teñido de sangre y el semblante de su hijo, cada vez más cetrino. Hasta él notaba que las fuerzas abandonaban su brazo izquierdo. No había tiempo que perder.
Unos minutos más tarde se detenían frente a la casa del médico. Diego se sentía al borde del colapso. Marina golpeó la puerta de entrada repetidas veces. Les abrió una mujer maciza, de poco más de treinta años y elevada estatura, que se limpiaba las manos en un delantal.
—¿Qué se os ofrece? —preguntó antes de reparar en Yago—. ¡Válgame Dios, está herido! Pasen, pasen vuestras mercedes… llamaré a don Pablo, pero dudo que esté en condiciones de poder hacer algo. —Chasqueó la lengua como si no estuviera de acuerdo con las disposiciones del señor de la casa.
—¿Cómo es eso? —indagó Diego, asombrado; no conocía personalmente a don Pablo, pero tenía muy buenas referencias sobre él.
—Mi señor ha estado bebiendo desde que su esposa y su hijita le abandonaron, hace cuatro meses… apenas atiende a sus pacientes… —informó la mujer, contrariada—. Ahora estará durmiendo la mona.
—Lo siento mucho, pero mi hijo necesita su ayuda ahora mismo —anunció Marina, sujetando a Yago para aliviar a su marido del peso—. Haced el favor de ir a buscarlo en seguida; de lo contrario iré yo misma. Como podéis ver, necesitamos de sus conocimientos.
La mujer abrió aún más la puerta para dejarles pasar.
—Pasen vuestras mercedes, si hacen el favor. Ahí está el consultorio. —Señaló una puerta y subió rápidamente la escalera que llevaba a la planta superior.
Casi al momento se oyeron un montón de improperios, lanzados por una voz masculina malhumorada y gangosa.
* * *
Marina no podía esperar más; su hijo estaba mal herido. Incomprensiblemente y contra todo pronostico, no habían podido trasladarse en el tiempo, donde Alex les habría ayudado. Tal vez el confesionario ya no funcionaba. Quizá estaban condenados a permanecer en el presente siglo sin poder salir de allí. Si bien en el fondo de su corazón deseaba compartir la vida con su marido y su hijo, dondequiera estuvieran, temía que ellos no salieran bien librados del disparo. ¿Por qué tardaba tanto el maldito médico?
Entre Diego y ella tumbaron a Yago en una mesa en el centro de la habitación. Luego él procedió a encender todos los candiles que había en el cuarto, para la estancia iluminar todo lo posible.
—Voy a ver por qué tarda tanto en bajar…
Marina, sin poder esperar más tiempo, tomó una palmatoria para alumbrarse el camino y voló por las escaleras, con las faldas remangadas hasta la rodilla.
—¡He dicho que me dejes en paz, mujer! No quiero ver a nadie… —clamó una voz masculina, desde el interior de una de las puertas del rellano—. No me importa quién esté herido. A ellos tampoco les importó acusar a mi querida Juliana de brujería. Ahora, pues, que se arreglen como puedan. No quiero saber nada más, Petra. Te ruego que te largues de una vez y me dejes en paz. Quiero dormir.
—Pero don Pablo, es un niño herido… —se oyó suplicar a la criada.
Marina abrió la puerta sin llamar. Estaba dispuesta a arrastrar a ese hombre insensible hasta la planta baja. La angustia que llevaba sintiendo desde que descubriera la carta de Yago, el día anterior, se estaba tornando peligrosamente en enfado.
El dormitorio apestaba a licor como una destilería. En la mesita de noche descansaba un par de botellas vacías, junto a un plato con los restos de la cena, intactos.
—¿Quién demonios sois vos? —bramó el hombre cuando ella entró en el dormitorio. Se incorporó en la cama, sujetándose la cabeza— ¡Por Dios, me va a estallar! ¿Cómo os atrevéis a entrar en mi alcoba de esa manera? ¿Acaso, no tenéis modales, buena mujer?
Era un hombre joven, de unos cuarenta años. Tenía el pelo castaño, enmarañado como un nido de pájaros; los ojos oscuros, inyectados en sangre, la miraban con irritación por haber sido privado de su descanso; tenía la piel macilenta y se lo veía muy delgado.
—No tengo tiempo para buenas maneras. —Le clavó la mirada—. Mi hijo está ahí abajo, con una bala alojada en el hombro; necesita ayuda.
—Olvidaos de mí y dejadme descansar… —concluyó él, antes de recostarse de nuevo.
—Nada de eso. Sois galeno y vuestro deber es ayudar a los enfermos…
—Ya no.
—Ya no ¿qué? —preguntó, irritada, e hizo acopio de paciencia.
—Ya no me dedico a eso —contestó, escueto.
—Ya veo, ¡ahora os dedicáis a mirar en el fondo de una botella! —siseó furiosa—. Me da igual lo que le pase. Quiero que bajéis ahora mismo y tratéis de curar a mi hijo y a mi marido.
—Si no… ¿qué? —preguntó el médico, sarcástico.
—Si no, ¡juro por Dios que os sacaré la piel a tiras! —amenazó Marina, con los dientes apretados—. Mi hijo ha perdido mucha sangre…
—No es mi problema…
¡Al diablo con la paciencia!, pensó, desesperada, y dejó la palmatoria en una mesita de noche.
—¡Maldito borracho! —le cortó antes de agarrarlo por las solapas de la camisa y zarandearlo—. Levantaos de una vez.
—¡Por el amor de Dios, señora! Tengo la cabeza demasiado dolorida para soportar este trato.
—Si no bajáis ahora mismo para atender a mi familia, juro por Dios que os mataré de la manera más lenta y dolorosa que se me ocurra —masculló con las manos crispadas.
El hombre la ignoró por completo; permanecía impasible, sin apartar la mirada de la pared de enfrente. Cuando ella ya no creía aguantar más tiempo sin abalanzarse contra aquel ser insensible, el galeno cabeceó, aprobador. Esbozando una tímida sonrisa, apartó las sábanas de la cama para levantarse.
—Veo que no cejaréis en el empeño. No os aseguro que esté en condiciones de hacerlo… me tiemblan demasiado… —observó, girando las manos, desmoralizado—. Espero, por el bien de su hijo, que no tengamos que arrepentirnos de mi intervención…
—Ruego a Dios que eso no suceda. —Marina se estremeció, temiendo la peor—. Mi marido puede ayudaros; tiene conocimientos de medicina… Por favor, no os retraséis.
Y regresó junto a Diego y su hijo, mientras Petra se dirigía a la cocina.
En el consultorio el niño, desnudo de cintura para arriba, yacía desmayado en la mesa. Diego ya había retirado el vendaje sucio y limpiaba con infinito cuidado los bordes de la herida con un lienzo. Estaba muy demacrado y tenía la piel de la frente perlada de sudor. El improvisado vendaje de su brazo, se había empapado de sangre; en la manga de la chaqueta negra se apreciaba una mancha oscura que se extendía cada vez más.
—Sigues sangrando…
—No te preocupes ahora por eso, sirena. ¿Don Pablo baja ya? —inquirió, en tanto aclaraba el lienzo en una palangana.
—Espero que sí. ¿Cómo está? —indagó ella con temor, acercándose a la mesa—. Lo veo tan pálido… tengo mucho miedo, Diego. Si hubiéramos podido regresar… ¿Por qué no ha sido así? ¿Qué ha fallado?
—No lo sé… no dejo de pensar en ello y no logró descifrar la razón —se mesó el cabello sin reparar en las manos sucias de sangre—. Me atrevo a pensar… —Calló mirando a su hijo.
—¿Qué?
—No sé, puede que sea una tontería…
—¿Dónde está el paciente?
La pregunta del médico cortó la conversación. El hombre tenía el cabello húmedo y se había cambiado la camisa sucia por otra limpia. Llevaba los faldones por fuera, sin remeter por las calzas, como si se hubiera vestido a toda velocidad, sin preocuparse mucho por su aspecto. Marina le agradeció en su fuero interno esa consideración.
Tanto Diego como ella se apartaron para dejar sitio a don Pablo, que comenzó a inspeccionar, primero titubeante y luego con manos expertas, el agujero redondo que el proyectil había hecho en la carne de Yago.
—Será mejor que vengáis conmigo, señora… —recomendó Petra, que había entrado tras el médico. Cogió a Marina del codo y la arrastró fuera de la habitación—. Una taza de chocolate os ayudará con la espera.
—No… yo… —comenzó a protestar.
—Vete, sirena, por favor; nosotros nos ocuparemos de Yago —ordenó Diego fijos en ella los ojos acerados—. Te avisaré en cuanto acabemos.
—Pero tu herida…
—Puede esperar un rato más. Vete, por favor.
Marina afirmó con la cabeza antes de abandonar el consultorio, arrastrando los pies. Sabía que su marido cuidaría de que el galeno hiciera bien su trabajo; Yago estaba en buenas manos.
Un pequeño pasillo les condujo a una cocina limpia y espaciosa. La iluminaban las llamas del hogar y varios candiles colgados de las paredes. La criada trajinó por la estancia y no tardó en tener preparado un chocolate caliente en un tazón de porcelana, que puso en las manos heladas de Marina. No supo que tenía frío hasta que sintió el calor que emanaba de aquella taza.
—Tomad asiento y no os preocupéis, señora; don Pablo curará a vuestro hijo. Es un buen médico —aseguró Petra—. Bebed un poco, os sentará bien.
—No creo que lo sea por mucho tiempo si continúa bebiendo de ese modo… —vaticinó Marina con sarcasmo.
Pese a las horas trascurridas desde que había desayunado en su propia casa, se sentía incapaz de tomar nada. Era como tener un tapón en la garganta que le impidiera comer.
Fingió que bebía un sorbo de chocolate para que la mujer no siguiera insistiendo. Parecía algo más joven que la propia Marina, pero tenía la personalidad de una gobernanta inflexible. Abandonó la taza en una mesa adyacente y se levantó, presa de malos augurios.
En esos tiempos era posible que Yago no sobreviviera al disparo. Tal vez el mal pulso del galeno provocara daños irreparables en su hombro; se podía infectar la herida a falta de antibióticos que lo atajasen; la pérdida de sangre podía…
—No penséis más, señora —aconsejó Petra, como si adivinase los agoreros pensamientos de Marina—. Mi señor hará todo lo posible por salvarlo.
—Eso espero —susurró ella, acongojada, y se retorció las manos con los nervios a flor de piel.
Paseó inquieta por la estancia, rogando al cielo por la recuperación de su hijo y de su marido. La mera sugerencia de lo contrario era demasiado dolorosa y escalofriante. ¿Cómo podría vivir sin ellos? Su destino no le jugaría esa mala pasada. No podía ser ¡Dios, por favor! Ellos eran sus únicos familiares. Su vida. Sin ellos a su lado…
Torturándose con esos pensamientos perdió la noción del tiempo. Debía dejar de pensar de manera tan pesimista. Era primordial conservar la esperanza.
—Don Pablo, ¿es un buen médico? —se atrevió a preguntar más tarde.
—Os aseguro que es un excelente galeno. Si bebe tanto es porque está rabioso. Todo era distinto cuando vivía aquí mi señora doña Juliana, con la preciosa Micaela. —La sirvienta cerró los ojos al evocar aquellos recuerdos y se llevó las manos unidas a la cintura—. Ella, mi señora, también habría podido ayudar a vuestro hijo.
—¿Por qué se marchó? —indagó Marina, más por distraerse que por el interés que pudiera suscitarle la vida del alcoholizado médico—. ¿Se hartó de vivir con un borracho?
—Os ruego que no habléis así de don Pablo —solicitó Petra, con los ojos llameantes.
—Lo siento, perdonadme —se disculpó, contrita—. Continuad, por favor…
—Doña Juliana era curandera —explicó la mujer, con un cabeceo satisfecho—. Conocía todas las plantas que crecían por los montes y sabía utilizarlas… también tenía poderes…
—¿Poderes? —Atraída por las palabras de la mujer, Marina se sentó a su lado cerca del hogar.
—Sí. Con sólo tocar a una persona podía saber qué dolencias tenía y así sanarlas… —Sonrió con cariño—. Venían gentes desde muy lejos para que ella les ayudase. Parecía que le tenían aprecio…
—¿Qué pasó?
—¿Cómo saberlo? —Chasqueó la lengua, enfadada—. Supongo que fue la envidia ¿qué, si no? Las mismas personas que venían a exigir su ayuda la tacharon de bruja y mandaron llamar al comisario de la Santa Inquisición. Mi señora huyó durante la noche y se llevó a la pequeña Micaela consigo. Don Pablo cabalgó días enteros hasta caer exhausto, sin lograr dar con ellas; a su regreso comenzó a beber. Y desde entonces y no ha dejado de hacerlo… Por eso os ruego, señora, que no le juzguéis tan duramente.
Marina sintió los ojos de Petra fijos en los suyos y bajó la mirada, un tanto avergonzada por sojuzgar antes de conocer las circunstancias de cada uno. Pensó en una disculpa, pero las palabras murieron en sus labios sin haberlas pronunciado: La puerta de la cocina se abría para dar a don Pablo.
—¿Cómo está? —barbotó, nerviosa.
—Hemos sacado la bala y ya le he suturado la herida —anunció, cansado—. Ahora todo está en manos de Dios… No, gracias, Petra —dijo el galeno, ante la taza de chocolate que la sirvienta le ofrecía—. Necesito algo más fuerte... Deja de mirarme así; me he ganado el derecho de un poco de licor —aseguró, pues la sirvienta le lanzaba una mirada reprobadora.
—Gracias… —murmuró Marina, aliviada—. ¿Y mi marido?
—La bala le atravesó el brazo, pero por fortuna no tocó el hueso. En unos días estará bien. ¿Satisfecha?
—¿Y vos? —inquirió sin dejarse intimidar—. ¿No estáis vos satisfecho, también?
El galeno se limitó a asentir, al tiempo que sacaba una botella de coñac de una alacena de la cocina y se servía una generosa cantidad en un vaso de peltre.
—Lo estoy, señora, lo estoy —Alzó el recipiente en un remedo de brindis antes de llevárselo a la boca y apurar el contenido de un solo trago.
* * *
Diego se sentía exhausto. El alcohol consumido en los últimos días y las dos heridas del brazo, le estaban pasando factura. Se peinó con los dedos, rogando a Dios que interviniera por Yago. Si bien la bala había sido extraída entera, eso no excluía la posibilidad de que el pus hiciera acto de presencia. ¡Maldición! Habría querido disponer de todas esas medicinas modernas, a las que tanto ponderaba Marina, para que evitaran la infección y ayudaran a cicatrizar la herida. El proyectil no había causado daños irreparables y lo más seguro es que Yago pudiera volver a utilizar el brazo derecho con total normalidad.
—¡Quiera Dios que así sea! —exclamó mientras acariciaba los cabellos suaves y renegridos de su hijo—. No puedo perderte.
El niño ni siquiera se movió; seguía dormido bajo los efectos del láudano que le habían administrado. El vendaje cubría en diagonal parte de su torso. Acercó una silla, pues se sentía demasiado cansado para continuar de pie. Oyó pasos que se acercaban rápidamente por el pasillo. Al momento Marina cruzó el umbral con el semblante acongojado.
—¿Qué tal está?
—De momento sigue dormido, tendremos que esperar… —explicó él, tratando de no evidenciar el miedo que corroía sus entrañas—. Ven, sirena, siéntate conmigo; necesito abrazarte.
Por un instante pareció que su esposa se iba a negar, por estar excesivamente alterada e incapaz de estarse quieta, pero avanzó unos pasos y se sentó en el regazo de Diego.
—Tengo tanto miedo… Siento como si se hubieran cumplido mis mayores temores…
—Lo sé —aseguró él, acariciando el pelo rojo de su esposa—. Tengo fe en que se recupere sin secuelas. La bala no penetró muy hondo y no ha causado demasiados daños internos.
—Después de atravesar tu brazo perdió fuerza… El médico ha dicho que tus heridas se curarán en unos días…
Diego asintió. Le dolían como mil demonios, pero no creía que fueran a causarle muchos quebraderos de cabeza.
—Tu intervención le ha salvado la vida —sostuvo Marina. Señaló al niño—. La bala iba dirigida a él… —Su voz se quebró y rompió a llorar.
Diego trató de consolarla, negándose a llorar él también. Uno de los dos debía mantener la fortaleza. Le había tocado a él. Marina necesitaba su apoyo y energía. Cuando todo estuviera solucionado y no fuera más que una triste anécdota podría dar rienda suelta a todo el desasosiego que le ahogaba por dentro. Permanecieron un rato abrazados, en silencio.
—Antes de que bajara el médico estabas a punto de decirme algo… —dijo Marina, cortando sus pensamientos— ¿Te acuerdas? Era algo sobre el confesionario… Sobre su falta de funcionamiento…
Diego se mantuvo unos minutos en silencio. Una idea le venía a la cabeza una y otra vez. Era muy extraño que ninguno de los tres hubiera podido trasladarse en el tiempo, por lo que se le ocurría imaginar que tal vez el destino de ellos era permanecer en aquella época; que por ese motivo Marina se había desplazado accidentalmente al siglo XVIII. Ella misma le había contado lo mucho que le costó regresar a su tiempo, hacía ya trece años.
—Respóndeme a una pregunta, por favor. Esta vez, cuando has venido aquí, ¿te ha costado mucho? —indagó, entrecerrando los ojos.
—Pues… ahora que lo dices, no —respondió ella, frunciendo el ceño intrigada—. ¿Por qué lo preguntas?
—Tengo la extraña teoría de que quizá tu destino y el mío era permanecer juntos en este siglo… Por eso ha sido tan fácil volver aquí y ahora es imposible regresar a tu época —explicó, con los ojos acerados clavados en los de ella.
—En ese caso ¿cómo es que tú pudiste ir al, futuro? —preguntó, no muy convencida.
—Tal vez, porque esa era la única manera de que tú volvieras aquí. ¿Me equivoco al pensar que no se te habría ocurrido intentar regresar a esta época? —Alzó una ceja.
—No, desde luego que no. Te imaginaba muerto… —murmuró, cabizbaja.
—Me alegro de que no fuera así. Pero te puedo asegurar que esta semana, desde que regresé, me ha parecido estarlo —declaró, poniendo un dedo bajo la barbilla de su esposa para obligarla a mirarlo—. Te quiero y soy incapaz de vivir sin ti. Todo va a salir bien. Yago se recuperará, te lo prometo.
—Pero hay tantas posibilidades de que se le infecte la herida…
—Shhh. Él es un muchacho fuerte y sano. Se recobrará, sirena. Ya lo verás.
* * *
Por la noche, ya de nuevo en la casa-torre de los Izaguirre, a Yago le subió la temperatura y comenzó a delirar. De vez en cuando su cuerpo se arqueaba, preso de fuertes convulsiones, y sus manos se crispaban en el colchón. Tanto Diego como Marina se turnaban para aplicar compresas de agua fría sobre el cuerpo del enfermo, cuidando de no mojar el vendaje. En la cocina, doña Úrsula se paseaba inquieta, rezando por la recuperación del niño y de su sobrino. Estaba tan contenta de tener un nieto que no podía creerlo. En cuanto estuviera fuera de peligro, Marina y Diego tendrían muchas respuestas que dar. No podía creer que la hubieran dejado en la ignorancia tantos años…
—Tía Úrsula, ¿qué haces levantada a estas horas? —indagó Diego, al entrar en la cocina—. No queda mucho para el amanecer.
—No podía dormir. ¿Cómo está el niño? —solicitó, con las manos apretadas en la cintura.
—La fiebre está debilitándole. He venido para subir la bañera. En una ocasión Marina consiguió que a mí me bajara con un baño de agua tibia. Espero que surta el mismo efecto en Yago —murmuró por lo bajo.
—Si quieres, podría ir subiendo el agua para llenar la bañera… —se ofreció, deseosa de ayudar—. No hace falta que despertemos a los criados.
—Gracias, sería estupendo —manifestó Diego, acarreando la bañera de cobre.
—Buenos días. Permíteme que te ayude, sobrino —dijo don Hernán al entrar en la cocina—. Entre los dos será más fácil. No conviene que hagas trabajar mucho a ese brazo, si quieres que sane bien.
—Gracias, tío. ¿Vos tampoco podíais dormir?
—A mi edad el sueño me rehúye la mayoría de las noches, pero tras los acontecimientos de ayer… ¡Virgen Santa! —exclamó con los ojos llorosos. Compungido, sacudió la cabeza—. Démonos prisa en subir esta bañera; el pequeño nos está esperando. Intuyo que ese niño será una alegría para todos nosotros.
Diego se limitó a asentir con la cabeza, pero doña Úrsula pudo apreciar claramente que las palabras de su marido le habían conmovido.
* * *
En los tres días pasados desde que Yago fue herido Marina apenas había dormido. Notaba los brazos como si fueran de plomo. Diego, renuente, se acababa de ir al dormitorio de al lado para dormir un poco.
Con paso cansino se acercó a la ventana y observó la luna menguante a través de los cristales entornados. Se abrigó mejor con el chal de lana para guarecerse de la humedad de esa madrugada, particularmente fresca, y se volvió a mirar a su hijo, que yacía dormido en la cama. Se lo veía tan demacrado y enflaquecido que acongojaba de sólo mirarlo. La fiebre, irreducible por el momento, seguía minando sus fuerzas con su agotadora calentura. Los baños no habían conseguido que bajase tanto como hubieran deseado, pero al menos la mantenían casi controlada.
Al girarse para otear el firmamento pudo ver varias estrellas fugaces.
—LasPerseidas de agosto —murmuró con una melancólica sonrisa, recordando las veces que las había buscado junto a su abuelo, tumbada en la cubierta del Sirena—. Por favor, que sane Yago —suplicó al ver que otra estrella fugaz cruzaba la negrura del firmamento—. Eres una ilusa: ¡pidiendo deseos a las estrellas! —se amonestó y se abrazó a si misma.
Con los hombros hundidos, regresó junto al lecho de su hijo y se dejó caer a su lado en una silla, dispuesta a seguir velándole. Poco a poco el cansancio pudo con ella y se quedó dormida con los brazos apoyados en la cama.
—Agua… agua —oyó entre sueños minutos después—. Ama, tengo sed…
—Dios mío —susurró, con los ojos desmesuradamente abiertos. Se levantó de un salto, olvidado ya el anterior cansancio—. Ahora mismo te doy agua. Yago, cariño… —le tocó la frente y la encontró fresca y perlada de sudor—, ya no tienes fiebre.
Con cuidado le acercó un vaso con agua a los labios resecos y con el otro brazo le ayudó a incorporarse para que pudiera beber mejor.
—Despacio, cielo, no te atragantes.
Sentía el corazón latir a mil por hora. ¡Su hijo se iba a recuperar! No veía la hora de contárselo a Diego y a los otros. Tenía ganas de bailar de gozo y de pura felicidad. Yago apartó la boca del vaso y cerró los ojos, visiblemente agotado. Marina lo arropó un poco, para que el aire que entraba por la ventana abierta no lo enfriase, y llamó a su marido a voces.
Al instante Diego entró como una tromba en el dormitorio. El pelo revuelto caía sobre los hombros desnudos; el vendaje blanco resaltaba sobre su piel morena como un brazalete y el pantalón medio abrochado pendía precariamente de sus caderas. En sus ojos acerados se transparentaba la inquietud y el temor por la salud de su hijo. Nunca se había parecido tanto a un pirata, ni lo había visto tan atractivo como en ese momento. Lo vio acercarse a la cama a zancadas grandes y ágiles.
—No tiene fiebre —consiguió articular, prendida en el gris de aquellos ojos, cuando él se arrodilló a su lado—. Está mejor…
—Dios santo, sirena, no sabes cuanto he rezado por ello… —aseguró él, abrazándola con fuerza—. He tenido tanto miedo de perderlo…
—Lo sé, pero ya ha pasado, él está bien, se va a recuperar.
—No podía dormir recordando lo que me dijiste antes de que volviera aquí ¿recuerdas? Lo de que éste era un lugar muy peligroso para Yago… tenías razón, mira lo que ha ocurrido… y ahora ya no podéis volver a tu siglo…
—Shhh. No digas nada —susurró, separándose de él para mirarle a los ojos—. Ya había tomado la decisión de quedarme antes de saber que no podíamos regresar. Te quiero y quiero vivir allá donde tú estés.
Marina lo había estado pensando mientras buscaban a Yago. Después de ver el riesgo que sufriera su hijo por reunirse con Diego, ya no pudo ignorar la situación. No tenía ningún sentido estar separados; si para ello tenía que vivir en aquella época... ¡Que Dios la cuidara! Allí se quedaría.
—No más de lo que yo te amo a ti, sirena —murmuró él, con los ojos sospechosamente brillantes—. No más de lo que yo te quiero a ti.
—Por vuestras caras se diría que ese jovencito está mejor —adivinó doña Úrsula desde la puerta. Se arropó con el chal que cubría el camisón antes de entrar con paso majestuoso—. Creo que ya es ocasión de que me expliquéis unas cuantas cosas… y puesto que estamos demasiado excitados para dormir, éste es un buen momento. Pasad, Hernán —invitó a su marido que acababa de llegar—. Llegáis a tiempo para las explicaciones…
Publicado por
Pilar Cabero
lunes 7 de diciembre de 2009
comentarios (2)
Los ruidos en la cocina la despertaron a primera hora de la mañana. El olor a café recién hecho la despabiló totalmente. Se levantó. Su marido y su hijo trajinaban preparando el desayuno, como cada jornada en los últimos siete días. Se estaba acostumbrando a esa vida, tanto que apenas recordaba como había sido antes de ahora. No habían hablado del futuro y, a decir verdad, prefería no pensar en eso; ya lo harían más tarde. Había tiempo de sobra.
El timbre del teléfono sonó cuando estaba en la ducha. En medio del ruido del agua oyó a su hijo contestar al aparato. Se sintió un tanto culpable al pensar que probablemente quien llamaba era alguna de sus amigas; no habían hablado desde el cumpleaños de su hijo. Tenía que hablarles de Diego. Ya se imaginaba la sorpresa que se iban a llevar cuando lo conocieran.
* * *
—Ama, ha llamado Julián. Quería recordarte que él estará a las doce en el local. Ha dicho que nosotros vayamos cuando queramos, pero que no te olvides del postre —le explicó Yago a Marina cuando ella salió del baño.
—¡Dios mío! Se me había olvidado por completo.
—Le he preguntado si podríamos llevar a mi padre y me ha contestado que sí —anunció el niño—. Ya veráscuando le conozcan; se van a caer de culo.
Diego soltó una carcajada ante la frase de su hijo. Eran muchas las cosas que estaba aprendiendo en la semana que llevaba con Yago. Ademanes, palabras, gestos. Todo era nuevo para él. Todo era diferente, distinto. Quería hablarle al niño de su época, contarle las cosas que encontraría allí cuando regresasen. Desde luego iba a ser un cambio muy brusco, pero confiaba en la buena disposición y en la valentía de su hijo. A juzgar por lo mucho que Yago le había hablado de su pasión por los barcos de siglos anteriores, ya se imaginaba quién se iba a“caer de culo” cuando viera la Santa Gabriela. Esbozó una alegre sonrisa. ¡Demonios, estaba deseando verlo!
Por otro lado, él ya tenía ganas de volver a su tiempo. Se sentía completamente fuera de lugar en aquel San Sebastián del siglo veintiuno. Le agobiaba el ruido, las prisas, el olor. Había descubierto consternado que muchas de las buenas maneras y costumbres se habían perdido en el olvido. Sin ir más lejos, cuando el día anterior fueron los tres a comer a un sencillo restaurante y él se situó tras Marina para ayudarla a sentar, varias personas le miraron con los ojos como platos.
—No es muy habitual que se haga eso —le explicó su esposa, al ver su cara de sorpresa.
—¿Por qué no? —preguntó Diego, mientras tomaba asiento frente a ella.
—En realidad no lo sé —Marina se encogió de hombros—. Tal vez, el día que las mujeres exigimos ser iguales a los hombres, ellos decidieron dejar de mostrar esa cortesía con nosotras.
—No lo entiendo —sacudió la cabeza—. ¿Por qué queréis ser iguales? Las diferencias físicas que existen entre un hombre y una mujer son incuestionables; son precisamente esas discrepancias lo que nos hace compatibles.
—No me refería a esas diferencias, sino a las laborales. Si una mujer desempeña el mismo trabajo que un hombre deberá cobrar el mismo salario que él.
—¡Ah! No lo había pensado nunca… —aseguró él, sopesando esas palabras.
—Para algunas mujeres, el que un hombre les abra la puerta o les ayude a sentarse puede parecerles una manera soslayada de infravalorarlas.
—Permíteme que te diga que me parece ridículo —siseó Diego, para no atraer la atención de los comensales de las mesas vecinas—. Cuando un hombre cede el paso a una dama, le ayuda a desmontar o a subir a una calesa, no lo hace para demostrarle que él es más fuerte o mejor que ella, sino como una manera de facilitarle las cosas.
—Piensa que ella no es capaz de hacerlo por sí misma —inquirió con sarcasmo.
—No tergiverses las cosas, sirena. ¿Piensas, acaso, que cuando yo hago esas cosas por ti te estoy llamando inútil? —preguntó, indignado.
—Supongo que no… —murmuró ella, bajando la mirada al plato.
—¿Supones? Me ofendes, sirena. Nunca te he considerado inferior a mí y, desde luego, estás muy lejos de parecerme inepta. Quizá tanta polución os ha obnubilado el cerebro y veis cosas que no son reales —barbotó, indignado con las conjeturas a las que había llegado Marina.
—Ahora eres tú quien me ofende —aseguró su esposa, con los ojos refulgentes como esmeraldas.
—Ama, nos están mirando… —musitó Yago, avergonzado.
—Lo siento…
—Lo siento…
Se habían disculpado a la vez.
La discusión del día anterior en el restaurante ponía más en relieve, si cabe, lo desplazado que se sentía en ese mundo. Sus costumbres estaban claramente obsoletas. Reconocía que algunas cosas eran mucho mejores. No podía negar que las máquinas aligeraban en gran medida el trabajo de las personas y que los adelantos médicos eran impresionantes, pero él allí no tenía nada que hacer. Se sentía inculto y analfabeto en esa era de ordenadores.
A su hijo le asombraba que desconociera tantas cosas que para él eran cotidianas; y le hacia mil preguntas, tratando de averiguar dónde había estado todos esos años. De momento estaba saliendo airoso del insistente interrogatorio mediante hábiles cambios de tema, pero dudaba de que esa suerte pudiera durar mucho tiempo más. Yago era demasiado listo como para no sospechar que le estaban ocultando algo.
—Ama, ¿qué vas a preparar? —preguntó su hijo, con los ojos brillantes de expectación—. ¿Harás tiramisú?
—Es un poco tarde para hacer tiramisú, cariño. Haré tarta de manzana si me ayudas a pelarlas.
—¡Guay! Me encanta… —exclamó, complacido.
—¿Puedo ayudar en algo? —indagó Diego, alborotando el cabello de su hijo.
—Comienza pelando estás manzanas —ordenó Marina. Y colocó el frutero en la mesa.
* * *
Mientras hablaba por teléfono con María, Marina controlaba el tiempo en el reloj del horno. Las tartas estaban tomando una pinta deliciosa. Diego y el niño veían una película de piratas (las favoritas de su hijo) en la televisión.
—No tienes perdón —volvió a repetir por enésima vez su amiga—. Beatriz me ha telefoneado sorprendidísima. Ese hombre lleva una semana contigo y no nos has dicho nada… lo sé porque me lo acaba de contar Alex. Le he llamado para preguntarle si él sabía algo y me lo ha contado todo…
—Lo conoció la semana pasada… —comenzó Marina.
—Lo sé, lo sé —cortó María, impaciente—. Dice Alex que es igual a Yago y que es bastante misterioso. ¿Qué pasa con él? Creíamos que estaba muerto…
—Yo también lo pensaba, pero afortunadamente me equivoqué…
—¿Dónde ha estado todo este tiempo? —preguntó su amiga, expectante.
—No puedo contarlo, es… —Marina calló sin saber que decir. Desde luego estaba descartado explicarle la verdad, ¡no la creería!—. De verdad, no puedo contarlo.
—Pero… con tanto misterio voy a pensar que es El agente 007. —María soltó una carcajada—. Vaya, no veo la hora de conocerlo…
* * *
El local era un antiguo bar que los últimos inquilinos abandonaron al jubilarse y que Julián había heredado unos años atrás. Acabada la comida, los ocho adultos conversaban en torno de una mesa enorme, mientras los cinco niños, ya ahítos de comida, jugaban al parchís en otra mesa.
Todos se habían mostrado inquietos ante la presencia de Diego. Marina temió que por una vez, sus amigos les acribillasen a preguntas, pero ellos se estaban comportando con su habitual discreción y no les sometieron al Tercer grado, pese a la escueta información que les había brindado sobre Diego. Si se devanaban los sesos tratando de entender de dónde salía un hombre al que todos creían muerto, no decían nada, cosa que Marina les agradecía sinceramente. Ya habría tiempo para aclarar algunas cosas.
Vio que su marido se incorporaba en la silla, en señal de respeto, cuando Beatriz se levantó para ir a buscar más hielo. Por mucho que, durante esos días, Diego había intentado adaptarse a las costumbres del siglo actual, prevalecían las buenas maneras inculcadas desde su infancia y continuaba ejerciéndolas.
Marina no podía quitarle los ojos de encima. Se sentía como una colegiala enamorada y no le importaba lo que pudieran pensar los demás; era demasiado feliz para preocuparse por esas menudencias. A veces tenía que tocarle para cerciorarse que era real y no una jugarreta de su imaginación. Era increíble lo rápido que se adaptaba a la vida de pareja. También Yago había aceptado a su padre como si siempre hubieran estado juntos. Le llamaba aita sin ningún problema y su mirada delataba lo dichoso que se sentía con él.
Los cuatro hombres se levantaron con alboroto.
—No te preocupes por nada, Diego; nosotros te enseñaremos a jugar… —señaló Carlos—. Puedes ser mi pareja.
—Será fantástico poder jugar al mus cada vez que nos reunamos —apostilló Julián. Colocó el tapete verde y un mazo de naipes en una mesa adyacente—. Nada como una buena partida después de comer…
—¿Cuáles son las reglas del mus? —preguntó Diego, expectante, y se sentó frente a Carlos.
Sin perder el tiempo, los tres hombres le explicaron los pormenores del juego de naipes. No tardaron en enfrascarse en la partida, ajenos a todo lo demás.
Las mujeres no les quitaban ojo.
—¿Estás segura de que no es el Agente 007? —murmuró María, sentándose al lado de Marina—. Para mí que tiene toda la pinta. —Alzó los ojos al techo—. Nunca hubiera imaginado que un hombre se viera tan varonil con el cabello largo.
—Calla, te van a oír… —Marina señaló a los hombres con un ademán imperceptible, aguantando la risa.
—Por el amor de Dios, ahora entiendo tu falta de interés por el resto de los hombres —suspiró María con teatralidad—. ¿Se quedará definitivamente o tendrá que marcharse?
—Aún no lo hemos hablado…
—Ya… Supongo que habréis estado ocupados en otras cosas… —aseguró María con descaro—. No te lo reprocho, amiga; nosotras estaríamos haciendo lo mismo.
—Ya lo creo… —corroboró Beatriz, con travesura—. Me alegro mucho de que os hayáis vuelto a encontrar —continuó más seria—. Parece un buen hombre y desde luego está muy enamorado de ti.
—¡No lo dudes! —exclamó Mónica—. Sólo hay que ver qué miradas te dedica… Podrían incendiar un bosque entero. Si un hombre me mirara de ese modo, me convertiría en su esclava para siempre.
Las cuatro mujeres rompieron a reír. Los jugadores se volvieron a mirarlas con interés; al ver que ellas no tenían visos de compartir lo que les causaba gracia, continuaron con la partida, no antes de que Diego le guiñase el ojo a Marina y alzara una ceja de manera inquisitiva. Las cuatro mujeres redoblaron las carcajadas, mientras los hombres sacudían la cabeza, tratando de restarle importancia.
* * *
Durante la semana siguiente continuaron recorriendo los lugares más emblemáticos de la comarca. Siempre que el tiempo lo permitía salían a navegar. Ese verano no estaba siendo muy benévolo con los veraneantes, pues llovía demasiado a menudo. Tal vez por eso Diego había comenzado a toser de manera persistente. El día anterior, a petición del propio Diego, habían ido a un herbolario para comprar una serie de plantas medicinales con las que paliar su molesta tos.
—Si no notas mejoría tendremos que ir al médico —anunció Marina—. Te has tomado varias tisanas y tu tos sigue igual.
—Imagino que tendré que darle más tiempo. Anda, vamos al Sirena; no veo la hora de salir al mar.
—No creo que sea lo más apropiado. Si tienes catarro el aire fresco del mar no lo mejorará en absoluto —pronosticó ella.
—No te preocupes; no creo que sea catarro. El aire del mar me hará sentir mejor. Te lo aseguro.
Yago encabezaba la marcha camino del muelle, encantado con la perspectiva de salir en barco. No tardaron mucho en zarpar del puerto, ayudados por el motor. Una vez fuera de los muros de la dársena, Diego desplegó las velas para aprovechar el viento del sudoeste que soplaba en ese momento.
Marina lo veía hacer, maravillada con la facilidad con que realizaba esas tareas. Comprendía que para su marido, pilotar un velero de pequeño tamaño como el Sirena sería como manejar un juguete, comparado con las grandes naves a las que estaba acostumbrado.
—Yago, muchacho, sujeta el timón. —Un acceso de tos le impidió seguir hablando—. Iré a prepararme una tisana.
—Vale, aita —contestó el niño.
—¿Quieres que te la prepare yo? —se ofreció Marina.
—Eres muy amable, pero no te molestes, yo mismo la… —Volvió a toser—. ¡Por todos los demonios! Esta maldita tos acabará con mi paciencia. No creo que pueda aguantar mucho tiempo más —aseguró, entrando en la cabina.
—¿Qué quieres decir? —indagó Marina, intrigada por las palabras de Diego.
—Te lo puedes imaginar, sirena. —Se volvió para mirarla—. Tenemos que regresar…
—Le diré a Yago que se prepare para virar… —Hizo ademán de salir de la cabina, pero las siguientes palabras de su marido la hicieron frenar en seco.
—No. Me refiero a regresar a mi época. No hay razón para demorarlo más. Deberéis preparar todo lo que vais a llevar…
—¿Qué diablos estás diciendo? —le cortó Marina—. ¿Cómo te atreves a tomar semejante decisión sin decirme nada?
—Lo estoy haciendo ahora. No me negarás que es lo mejor…
—¿Lo mejor? Sin duda has perdido la cabeza.
Marina estaba fuera de sí; primero, porque en ningún momento había pensado en que él quisiera volver a su tiempo; segundo, porque eso mismo le parecía imposible. Diego no podía hablar en serio.
—Es una buena idea —trató de explicarle Diego—. Ahora que tengo familia no me parece buena idea estar continuamente navegando. Me dedicaré a tratar con los arrendatarios que viven en mis tierras. Es la mejor solución.
—¡La mejor solución! ¡Sin duda estás loco! —exclamó Marina, anonadada—. ¿Cómo puedes siquiera creer seriamente que puedo volver al siglo XVIII y, para colmo, llevarme a mi hijo?
—También es mi hijo, ¡maldita sea! —juró Diego, mesándose el cabello—. Quiero estar con él. ¡Necesito estar con él! Llevo aquí quince días y he disfrutado cada segundo con su presencia. No puedo renunciar. Vine aquí para convencerte de que regresases conmigo en el caso de que no estuvieras casada.
Marina se paseó por la pequeña cabina, crispada por la actitud machista de Diego. Había tomado la decisión de regresar a su tiempo sin consultarla, como si ella nada tuviera que opinar sobre el tema. Es más: el muy ladino había dejado pasar quince días para dar la andanada. Ahora que estaban entusiasmados el uno con el otro era muy difícil separarlos. Y el tramposo lo sabía. Se sentía furiosa. Habían ido al cine, a navegar, incluso había jugado con Yago con la videoconsola.
—Diego, sé razonable...
—Estoy siendo razonable —aseveró.
—No. No lo estás siendo en absoluto —protestó Marina—. ¿No comprendes que tu época es más primitiva que la mía? ¿Qué mejoras tiene comparada con ésta? La medicina —comenzó a enumerar con los dedos—; si Yago contrajese una gripe lo más probable es que muriera de ella. Y eso es algo que aquí no tiene importancia. Supón que es apendicitis lo que tiene. En tu tiempo no existe ningún cirujano capaz de operarle con éxito. Yago quiere ser médico. ¿Qué tipo de medicina obsoleta quieres que aprenda?
—¡Basta ya! —Tosió—. Puede llevarse algún tratado de medicina de aquí para ampliar los conocimientos. —Se mesó el cabello, en un gesto típicamente suyo—. Piensa tú en la polución. ¡Por Dios, si no soy capaz de quitarme este picor de garganta desde que llegué! —barbotó, enfadado—. ¿Y los coches? Aquí está expuesto a tener cualquier accidente. —Volvió a toser.
—Allí también —aseguró ella, ceñuda, tratando de no prestar atención a esa tos tan extraña—. En el siglo XVIII también ocurren accidentes. ¿O es que en ese lugar tan paradisíaco todo es perfecto?
—No. Pero a ti sí te lo parece el tuyo. Me he estado informando todos estos días y lo que he visto da miedo. Está esa enfermedad, ¿cómo se llama? —lo pensó un momento—. “Sialgo”.
—SIDA.
—¡Como diablos se llame! —bramó Diego y volvió a toser—. ¿Las drogas? ¿La capa de ozono? Eso te parece adecuado para que mi hijo viva en este tiempo. ¿No ves las noticias en eso que llamas televisor? Todos los días anuncian nuevas catástrofes y la mayoría son provocadas por el hombre. ¡Es de locos! ¿Deseas eso para vivir?
—Por lo menos aquí es posible darse una ducha con agua caliente cuando te place —defendió Marina—. Puedes oír las noticias por la radio o verlas por televisión. Hablas por teléfono en cualquier momento y lugar, sin esperar meses a que llegue una carta para saber de alguien. —Sonrió ante el triunfo que creía haber ganado—. No me digas que a ti no te resulta más cómodo vivir aquí con todas esas ventajas. ¿Por qué no te quedas tú?
—No puedo, Marina, de verdad no puedo —negó con la cabeza, apesadumbrado—. Aquí no tengo nada. Ni trabajo ni dinero. ¿Qué podría hacer yo aquí? Las experiencias que tengo no me sirven para nada en tu mundo. Al menos allá Yago tendría una ventaja… —Diego la miró socarrón y Marina se preparó para el ataque—. Allí no podría jugar con la PlayStation...
—No cuela, Diego. No iremos. Y es mi última palabra. —Marina suspiró y se mordió el labio, pero se mantuvo firme—. No voy a volver a meterme en ese confesionario; me da tanto miedo que no he vuelto por la iglesia de San Vicente ni para ver cómo la han restaurado. Per tempore; esas dos palabras me dan escalofríos. Por supuesto… tú estás en tu derecho de hacer lo que quieras... mi hijo y yo nos quedamos aquí.
La mirada de Diego era de pura incredulidad y Marina se percató de eso, pero no podía hacer nada para evitar aquella situación. Era imposible regresar a aquella época, por más que Diego se afanase en ello. Entendía que él quisiera volver; después de todo era su sitio y aquí estaba fuera de lugar; pero ella tenía miedo de que a Yago le ocurriese algo y no hubiera medios necesarios para solucionarlo.
La discusión había provocado que Diego tosiera con más fuerza. Le preparó la tisana. No le gustaba el sonido tan seco de aquellas toses, que empeoraban conforme pasaba el tiempo. Era el momento de hacer algo. Le entregó la taza con la tisana y salió a la cubierta.
—Yago, tenemos que virar. Tu padre está peor. Le pediré a Alex que lo mire.
El niño asintió en silencio y comenzó a girar el timón.
* * *
Aquella noche, por primera vez desde que se reencontraron, no hicieron el amor. Ni siquiera durmieron juntos. Nunca la cama le había parecido tan grande ni tan vacía; ni la noche tan silenciosa sin sentir la segura respiración de su marido. ¡Su marido! ¡Cuántos años sin poder decirlo! Se le llenaron los ojos de lágrimas al imaginarse lo que sería de su vida cuando Diego se marchase.
Regresarémañana, por la mañana, en cuanto abran la iglesia. Recordó las palabras que Diego le había dicho cuando se separaron para dormir. Volvían a sonar como cubitos de hielo en sus oídos. Pero ya había tomado una decisión y esperaba que Dios le diera fuerzas para soportarlo.
Habían estado en casa de Alex. El médico, tras auscultar a Diego, había llegado a la conclusión de que, si bien sus pulmones parecían sanos, su garganta presentaba una irritación bastante llamativa. Era necesario hacerle unas pruebas para diagnosticarlo mejor.
* * *
—Vengo a pediros... a pedirte un favor. —Diego apretó los dientes ante el ruego que tenía que formular. Eran las ocho de la mañana y se encontraba ante la puerta de la casa del desconcertado Alex—. ¿Tienes que ir a trabajar?
—No. Hoy no tengo consultas. Pero pasa y cuéntame que sucede. —Le abrió más la puerta para dejarle pasar—. ¿Estás peor? Iba a llamar a un colega para hacerte las pruebas de las que te hablé ayer…
—No. Te agradezco tu interés, pero no me haré ninguna prueba. Me voy... —Volvió a toser—. Tengo que marcharme. Por eso necesito que me hagas un favor.
—En serio, Diego, es primordial averiguar por qué tu garganta está así; esa tos no me gusta nada. —Le señaló un sillón para que se sentara y él hizo lo propio—. Tú dirás…
—Es difícil... —comenzó el visitante, cabizbajo—. Quizá Marina te lo cuente. No lo sé. Yo ahora no tengo tiempo ni ganas de hacerlo. Lo siento.
—Bien, en ese caso dime qué es lo que necesitas y si está en mi mano... —propuso el médico.
—Sé que hasta ahora has estado cuidando de mi... de Marina y de Yago. Te ruego que, dentro de tus posibilidades, sigas haciéndolo.
—Eso no tienes ni que pedírmelo —le cortó Alex, irritado—. Lo haré igualmente. Ella es una buena amiga y yo la quiero. Bueno, eso es evidente... —La pena se reflejó en los ojos ambarinos del médico—. No te preocupes, los cuidaré. ¿Pero por qué no puedes hacerlo tú mismo? Marina… ¿Sabe ella que te vas?
Diego asintió, incapaz de hablar por la tos seca y persistente
—Gracias —dijo al final, pero el sonido le salió quebrado por el pesar y la amargura—. Ha sido un placer conocerte.
Los dos hombres se dieron un apretón de manos. Y Diego abandonó la casa con el mismo aspecto del reo que llevan al cadalso.
Si trece años antes había pensado que dejar partir a Marina era lo más difícil que había hecho en su vida, ahora marcharse, abandonando a su mujer y al hijo, que recién conocía, era aún peor. Infinitamente más doloroso y desgarrador. Pero no podía quedarse. Al margen de su falta de preparación para desempeñar la mayoría de los trabajos; estaba convencido que el aire era irrespirable para sus pulmones. Le parecía que por mucho tiempo que estuviera nunca llegaría a acostumbrarse a él.
* * *
Yago se preparó con minuciosidad. Tenía en la mochila todo lo necesario para vivir un par de días; no creía que tardase más en encontrar a su padre. Desde que Diego se marchara había pasado mucho tiempo en la biblioteca, informándose sobre todo lo relacionado con el siglo XVIII. No es que Diego le hubiera dicho nada; más aún: aquella noche, cuando fue a despedirse, simplemente le había anunciado que tenía que marcharse y que de alguna manera trataría de volver a verlo, pero que no sabía con exactitud si ello sería posible. Por más que él le suplicó que le llevase consigo, no había conseguido nada. Diego se marchó a la mañana siguiente. En el sofá quedaron los pantalones, las camisas y los zapatos que había usado durante los días que había permanecido con ellos, como mudo recordatorio de que no era un sueño y de que, en verdad, había visto a su padre.
Cuando interrogó a su madre sobre la precipitada partida de Diego, ella se limitó a encogerse de hombros como si no tuviera importancia, pero sus párpados hinchados y su rostro abotagado desmentían esa impresión. Su madre trató de entretenerle, como tantas veces antes de que su padre regresara de entre los muertos para volver su vida del revés. Se sentía desdichado. Por eso decidió buscarlo.
En su mente revoloteaban las palabras oídas a hurtadillas en la cubierta del Sirena, durante la discusión de sus padres. Ella había mencionado el siglo XVIII, pero no el año; no tenía importancia; cuando se metiese en el confesionario del que hablaban y recitase aquellas palabras, “per tempore”, pensaría en su padre. Esperaba acertar con el tiempo. Sería toda una aventura, siempre que saliera bien. Deseaba estar con Diego, pero sobre todo anhelaba que ellos estuvieran juntos. En el tiempo que habían compartido su madre parecía más joven. No es que él entendiera mucho de esas cosas: simplemente era cuestión de mirarla y ver que era feliz. Por eso no entendía que le hubiera dejado marchar. Había momentos en los que odiaba a su madre por haberle engañado; por haberle mentido de esa manera; por haberle privado de su padre. Pero en otros instantes comprendía que ella estaba sufriendo tanto como él. Y entonces volvía a enfadarse con ella, por haber permitido que él se fuera, haciéndoles desgraciados a los tres.
Cerró la mochila, luego de asegurarse que el medallón permanecía bien guardado dentro. Por la mañana había escrito una carta para su madre, que ahora sujetó a la puerta del frigorífico con un imán. Esperaba estar ya en el otro tiempo cuando ella regresara de entregar el cuadro y viera la nota. Paseó la vista por la casa, por si olvidaba algo, y salió, decidido a cumplir con su objetivo.
La iglesia estaba abierta y casi vacía. Buscó el confesionario, se metió dentro y esperó, sentado en el asiento forrado de terciopelo.
—Per tempore, per tempore,per tempore —recitó como un mantra.
Cinco minutos más tarde no había pasado nada, al menos nada apreciable. Por si acaso salió y miró alrededor. Las personas que estaban en la iglesia vestían como él estaba acostumbrado. Dedujo que seguía en la misma época. Comenzaba a impacientarse cuando descubrió un segundo confesionario. Sin pensarlo más, entró y se dispuso a repetir las palabras.
* * *
Marina estaba cansada. Demasiadas noches sin dormir. Lo peor de todo no era la falta de descanso: lo infinitamente peor era lo mal que se sentía. Era como si alguien hubiera dado a su vida un montón de zarandeos, hasta dejarla deshecha y sin rumbo. Había entregado el cuadro y por vez primera el trabajo no era satisfactorio. Hasta la dueña se dio cuenta y le reprochó ese trabajo tan deficiente.
Lo asombroso es que no le había importado. Desde que Diego se había ido ya nada merecía la pena. Era mucho peor que su propio regreso, trece años antes, y mucho más doloroso.
La seguía preocupando la salud de Diego. Ojalá allí, en su mundo, se hubiera recobrado. ¡Dios, cómo lo echaba de menos!
Lo peor de todo era la sensación de enorme arrepentimiento por no haber sido capaz de dejar a un lado el orgullo para despedirlo sin rencores. Recordaba cada palabra cargada de reproche; cada mirada, primero furiosa y después dolida por la inapelable decisión. Desde que Diego se había ido, ella dormía abrazada a una de sus camisas; era una manera de sentirlo cerca.
No había querido ver a nadie. Alex le llamó en repetidas ocasiones, interesándose por ella, incluso se acercó a la casa para hablar, sin resultado. Necesitaba estar sola para lamerse las heridas.
Lo terriblemente angustioso era que la camaradería que hasta ese momento había tenido con Yago ahora brillaba por su ausencia. Su hijo no hablaba mucho con ella; se lo veía taciturno e introvertido. Había ido varios días a la biblioteca, pero mantenía en secreto qué es lo que leía allí. Incluso casi no jugaba con su PlayStation. Sentía que lo estaba perdiendo y que, de alguna manera, su hijo ponía barreras a su alrededor, distanciándose de ella. Por mucho que intentaba acercarse a él, Yago se lo impedía. No sabía qué hacer para recuperar la antigua confianza y tenía miedo de que el abismo abierto entre ambos se hiciera insalvable. Si la adolescencia era, de por sí, una etapa complicada, la marcha de Diego la enmarañaba un poco más.
—¡Maldito Diego Izaguirre! ¿Por qué volviste? ¿Por qué no te quedaste allí? —murmuró con rabia, antes de entrar en casa.
Marina se sabía injusta al culpar a Diego de sus problemas con Yago. También ella era culpable. Debería haber intentado hablar con su marido para llegar a un acuerdo. Tal vez, si no se hubiera obcecado en su postura de no regresar al pasado… pero en verdad era tan descabellado ir allí y exponer a su hijo a todos sus peligros…
—Yago, cielo, ya he vuelto —anunció, más calmada.
No obtuvo ninguna respuesta. Al ver la puerta de la habitación cerrada, Marina supuso que estaba otra vez entretenido con su videoconsola, luchando contra los marcianitos. Miró en el cuarto, pero estaba vacío y demasiado ordenado para el caos que solía adornar la habitación de su hijo. Un tanto intranquila se dirigió al frigorífico; seguramente le había dejado una nota para advertirle adonde había ido.
En cuanto vio la carta le encogió el estómago un mal presentimiento. Se llevó la mano al cuello para no gritar. Esta vez lo había perdido de verdad.
Querida ama:
No te preocupes por mí. He ido a buscar a mi padre. Os oí discutir el otro día. Lo sé todo. No te enfades conmigo, sólo quiero estar con él y le echo mucho de menos. Le quiero tanto como a ti y me gustaría que pudiéramos estar los tres juntos. Ha sido guay tenerlo en casa y quisiera que eso fuera para siempre.
No tengo miedo a lo que encuentre en ese siglo. He estudiado todo lo que he podido en la biblioteca y he visto películas. No puede ser tan malo.
¡Será una aventura!
Me habría gustado que vinieras conmigo. Quizá ahora lo hagas.
Te quiero mucho y siempre me acordaré de ti.
Un beso.
Yago
* * *
Tenía todo recogido y ordenado. Volvió a repasar todas las cosas y, cuando las encontró a su entera satisfacción, se permitió el lujo de descansar. Llevaba desde la tarde anterior preparándose para el viaje, pues al descubrir la nota de su hijo también había comprendido que la iglesia, a esas horas, estaría cerrada; no podría hacer nada hasta el día siguiente. Yago no había vuelto a casa en toda la noche. Necesitaba creer que lo había conseguido y que se encontraba con su padre; pensar otra cosa era terrorífico.
Apoyó las manos en el estómago, en un intento de calmar el dolor mientras paseaba inquieta por la sala. Necesitaba hablar con alguien; si continuaba allí sola terminaría por volverse loca.
Marcó el número de Alex.
—¿Diga? —Al otro lado del teléfono se oyó la voz somnolienta del médico.
—Hola, Alex. Perdona que te despierte...
—¿Te ocurre algo? —preguntó, preocupado—. ¿Qué te pasa?
—No, nada... Bueno, Yago se ha marchado para buscar a su padre... —Pensó en qué más contarle, pero el teléfono era muy frío para confidencias—. ¿Podrías venir a mi casa?
—Por supuesto; dame unos minutos y allí estaré.
Colgaron; inmediatamente Marina se hizo una tisana relajante. Eran las seis de la mañana y aún quedaba mucho tiempo hasta que abrieran las puertas de la iglesia de San Vicente. Debía relajarse antes de que la impaciencia le hiciera perder la razón.
* * *
Veinte minutos más tarde, Alex llamó a la puerta de Marina. Llevaba el pelo revuelto y la barba sin afeitar. No había querido entretenerse en nada; la voz de ella estaba muy alterada y necesitaba saber qué había ocurrido para que Yago se marchase.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó, en cuanto se abrió la puerta.
—Mi marido regresó a su casa...
—¿Tu marido? ¿Estabas casada con Diego? —Se mostró consternado; no tenía ni idea de que ella estuviese casada; él no se lo había dicho.
—Sí, me casé con él hace trece años. —Le mostró el anillo que había lucido en su dedo anular durante todos esos años—. Ven, siéntate, por favor. Lo que tengo que contarte es muy extenso. He preparado café.
Alex, demasiado aturdido para hablar, la siguió a la cocina sin quitarle la vista de encima. Ella estaba muy pálida y tenía las ojeras moradas de cansancio. Dedujo que había pasado toda la noche levantada.
—¿Cuándo lo has sabido?
—Ayer, cuando regresé de entregar un cuadro —susurró Marina, pasándole una taza de café humeante.
—¡Por Dios! ¿Cómo es que no me llamaste? —inquirió, exasperado.
—No podíamos hacer nada; de hecho, no puedo hacer nada hasta dentro de unas horas.
—¿Por qué no? —indagó él, mientras tomaba un sorbo de café.
Marina se sentó y comenzó a contarle todo lo ocurrido trece años atrás, durante los tres meses de su desaparición. Él no podía creer lo que estaba oyendo. Era imposible. Esa historia tenía que ser un invento.
—¿Me estás diciendo que saltaste en el tiempo y que apareciste a principios del siglo XVIII? —insinuó, tratando de asimilar todo lo que ella le contaba.
—Sí. Por eso no pudisteis encontrarme —aseguró, cansada.
—¿Dijiste que él había muerto porque estaba en otro tiempo? —Era de locos. Inverosímil.
—Ya te he comentado que, cuando le dejé allí, él estaba luchando para salvar la vida y me obligó a regresar. Aunque hubiera resultado ileso, como así fue, después de trescientos años era seguro que no viviría.
—Por supuesto... ¡Dios mío! Por eso él me resultaba tan extraño. ¡Santo Dios! Es como para perder la razón —exclamó, frotándose la frente para despejarse—. Me resulta imposible de creerlo.
—Lo sé, yo tampoco lo hubiera creído de no haberlo experimentado en carne propia —murmuró Marina, cansada—. Comprendo que no lo hagas, pero… ¡Es la verdad!
Alex no quería contrariarla y decidió seguirle la corriente, esperando encontrar algo de sensatez en todo lo que le estaba contando.
—Y ahora Yago ha ido tras él. ¿Qué vas a hacer? No, no me lo digas... Le vas a seguir.
—No tengo otro remedio. Mi hijo no sabe nada de aquel tiempo; tan sólo tiene la idea romántica de los libros y las películas —suspiró—. La realidad es más devastadora y peligrosa. Debo encontrarlo. Estoy aterrorizada.
Guardaron silencio un rato mientras acababan, Alex su segunda taza de café y Marina, la infusión que se le había quedado fría en la taza.
—¿Qué puedo hacer yo? —solicitó el médico, impotente ante los acontecimientos.
—Nada. Cuida de mi casa y del Sirena. No sé si podremos volver... —Lo miró con lágrimas en los ojos—. ¡Oh, Alex! No sé si podré encontrarle. ¿Y si terminamos en épocas diferentes? ¡Tengo tanto miedo! ¡Sólo es un niño!
—Deja de atormentarte y piensa con más lógica. ¡Por Dios! ¿De qué lógica hablo? —se amonestó—. Tú desapareciste en agosto de mil novecientos ochenta y nueve y apareciste en agosto de mil setecientos. —Se acarició el mentón, pensativo—. Tres meses más tarde reapareces. Aparentemente el tiempo ha transcurrido paralelo. Diego pasa de julio de mil setecientos trece a julio de dos mil dos. Nada hace suponer que, cuando él volvió a su tiempo, no lo hiciera dieciséis días después de salir de allí. Puestos a imaginar, Yago habrá llegado a esa época del mismo modo...
—No lo sabemos —cortó Marina, desesperada. Se levantó, incapaz de estarse quieta—. Ha podido ir a cualquier otro año, siglo o milenio. Incluso... No lo sé, me estoy atormentando.
—Piensa que lo ha conseguido y que ahora está durmiendo en casa de su padre, en un colchón de plumas o dondequiera durmieran entonces.
Marina rompió a llorar. Alex se levantó y fue a abrazarla, en un intento de darle apoyo en aquellos momentos tan difíciles y tristes. Ella hipó contra su pecho, agotada. Con cuidado para no sobresaltarla, la cogió en brazos y la llevó al sofá, donde la tumbó para que descansara un rato. Luego se arrodilló a su lado y le acarició el pelo hasta percibir que ella dejaba de llorar y se dormía.
Se marcharía. Lo más probable era que no volviese a verla. Pensarlo le partía el corazón. Sin embargo, desde el momento en que vio cómo miraba a Diego supo que Marina jamás querría a otro. No dudaba (y menos después de haberlo visto aquella mañana), de que a Diego le había resultado muy difícil tomar la decisión de abandonar a su mujer y a su hijo. De haber podido evitarlo no lo habría hecho. Probablemente su tos se debía al aire contaminado de la época actual. Una vez alejado del monóxido de carbono, su irritación de garganta y su tos desaparecerían.
Si Diego era inteligente, destruiría es maldito confesionario una vez que los tuviera a los dos junto a él.
Publicado por
Pilar Cabero
jueves 3 de diciembre de 2009
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Muchas personas, al saber que mi novela A través del tiempo era más larga, me han estado pidiendo que colgase los capítulos que quité.
Bien, hoy he decidido hacerlo y en varias entradas os pondré los dos capítulos y medio finales. No están corregidos, por lo que podéis encontrar alguna errata.
Espero que os guste y disfrutéis con las aventuras de Diego, Marina y Yago.
Un beso para tod@s y muchas gracias por vuestro apoyo.
Oyó la voz de su hijo como si viniera de muy lejos. Abrió los ojos, confundida por encontrarse en el suelo del velero. ¿Se habría caído? Poco a poco recordó. ¡Había visto a Diego! Estaba segura; parecía demasiado real como para no ser cierto. Notaba los latidos rápidos e inestables del corazón. No quería seguir pensando en ello, era doloroso y no conducía a nada. Si seguía imaginando cosas así, jamás podría olvidarle.
«Pero es que tampoco quiero olvidarle», pensó desalentada. «Aún le quiero.»
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Alex, mientras le tomaba el pulso con eficiencia. Una vez satisfecho laayudó a incorporarse despacio—. ¿Qué te ha pasado?
Alex le acercó un vaso de agua con cara de preocupación. Yago miraba a su madre con el temor reflejado en sus ojos claros.
—No me pasa nada, no os preocupéis… —aseguró Marina con un suspiro. Miró a la barandilla del puerto para comprobar si el hombre seguía allí. Por supuesto, no estaba. ¿Cómo iba a estar? Todo era fruto de su inventiva—. Creo que me ha dado demasiado el sol, eso es todo —murmuró, tratando de no evidenciar desencanto.
«¿Cómo has podido creer que Diego estaba aquí?», pensó, resentida y lastimada por su desbordante fantasía. «Pero lo vi tan claro… Parecía tan real.»
—¿Estás bien, sirena? —La añorada voz llegó hasta sus oídos—. ¿Estás bien?
No podía ser verdad… era imposible… Con el corazón al borde de un infarto, lo buscó con la mirada y lo encontró a sus pies, detrás de Yago. Su rostro moreno, tantas veces recordado, mostraba signos de ansiedad y cansancio. El cabello, otrora renegrido, estaba salpicado de canas y un tanto despeinado, como si lo hubiera estado mesando repetidas veces. Aunque por él habían pasado los años, para ella seguía siendo impresionante.
¿Era una aparición? ¿El golpe en la cabeza le hacía tener visiones?
—¿Estás bien? —repitió Diego, impaciente.
Ella sonrió con ternura. Hasta como fantasma seguía siendo un mandón.
—¡Por el amor de Dios! Deja de sonreír y dime si estás bien —ordenó claramente molesto.
—Sí —contestó ella con el corazón desbocado, incapaz de apartar los ojos de él— ¿Eres de verdad? ¿Estás… vivo…? No es posible, creí que… te vi con los hombres del preboste… —articuló confundida.
—Lo sé, pero al final no pasó nada. Estoy bien.
Alex les miraba. En su cara se podía leer la perplejidad que sentía en ese instante.
—Supongo que os conocéis. —No era una pregunta.
—Sí. Nos conocemos desde hace años... —anunció Marina. Y se levantó ante la mirada atenta de los tres—. Él es… Diego Izaguirre... Ellos son Alex Goena y mi hijo... Yago.
Diego inclinó la cabeza a modo de saludo y, tras unos segundos de confusión, se estrecharon las manos sin apartar la mirada el uno del otro. Marina sospechó que se estaban evaluando como rivales. Yago permanecía al margen, con los ojos clavados en el recién llegado. Su madre casi podía escuchar las mil y una conjeturas que se estaba haciendo, comprendiendo el desconcierto ante esa aparición, le tomó por los hombros, tratando de tranquilizarle.
—Pero... pero... él es… ¿él es mi padre? —articuló el niño por fin—. ¡No ha muerto! ¿Por qué no ha muerto? Tú dijiste…
Los ojos de Diego se volvieron como relámpagos hacía Yago. Marina advirtió en ellos el reconocimiento y la esperanza. Él quitó la gorra a Yago y le acarició el pelo casi con reverencia. Dos pares de ojos grises se miraban con atención.
—¿Mi hijo? ¡Por Dios! Un hijo… ¡tengo un hijo! —profirió ante la consternación de Alex, que no salía de su asombro— ¿Por qué no me dijiste nada? —Se volvió a Marina y la agarró por los hombros con fuerza—. ¡Por todos los demonios del infierno, sirena! ¿Cómo pudiste ocultarme que estabas embarazada? ¿Acaso pensabas que no te dejaría volver?
—Lo descubrí después de regresar. Fue una sorpresa...
—¡Dios de los cielos! —La soltó, abatido—. Todos estos años a punto de morir, sin saber que tenía un hijo. —Se mesó el cabello, desconcertado—. Podría haber muerto un millar de veces, sirena, y nunca lo habría sabido. Y tú… tú aquí sola con él...
—¡No, sola no!
Diego se volvió a Alex con celeridad. En sus ojos se leía el tormento que le causaban esas palabras.Marina se apiadó de él.
—No como tú crees, Diego. Alex es un buen amigo... —Miró al cardiólogo con censura—. Sólo eso.
—Sí, no niego que solamente soy eso para ti —asintió Alex, mordaz—. Pero reconocerás que al menos he cuidado de vosotros todo lo que ha estado en mi mano.
—¡Maldito bastardo! ¡Yo no lo sabía! No tratéis de atormentarme —siseó Diego, con los dientes apretados. Su mano derecha tanteó buscando el alfanje, antes de recordar que estaba desarmado—. Habría venido antes de haber podido hacerlo. —Miró a Marina, contrito—. Sirena, me era imposible… todo ha sucedido tal y como me contaste aquella noche. —La voz bajó de volumen hasta hacerlo casi un susurro—. ¿Lo recuerdas?
—Sí —murmuró, comprendiendo que se refería a la guerra—. Lo recuerdo. ¿Ha… terminado ya?
—Hace una semana se firmó el Tratado.
—Me alegro de que sea así… y me alegro, aún más, de que tú estés bien… —Marina lo miró, deseando abrazarle para asegurarse de que era todo lo real que aparentaba.
Diego le demostró con la mirada que la comprendía y que también él lo deseaba. El capitán se recuperó antes del hechizo en el que parecían sumidos. Su boca se distendió en una trémula sonrisa al mirar nuevamente a su hijo.
—Así que… Yago. Me gusta tu nombre, muchacho. —Sólo Marina se apercibió de la voz estrangulada de Diego—. ¿Cuántos años tienes, chico?
—La semana pasada cumplí doce —articuló, con los ojos redondos como platos.
—Yo tenía esa misma edad cuando conocí a mi padre. —Le alborotó el pelo con cariño—. Parece que la historia se repite.
—¿Pensabas, también, que había muerto? —sugirió Yago, interesado.
—No, hijo, creía que era otro hombre —confesó Diego.
* * *
Alex reconoció su derrota en cuanto posó sus ojos en aquel individuo alto y atlético. Era un sujeto un tanto extraño, con aquellas ropas y aquella forma de hablar, pero no podía definir en qué era diferente. No cabían muchas dudas de que ese hombre era el padre de Yago: los ojos grises y el pelo (que aquel hombre llevaba recogido en una coleta medio deshecha) eran tan iguales entre sí que resultaba sobrecogedor. Sus celos alcanzaban límites insospechados. Le satisfizo el dolor que vio reflejado en aquellos ojos, tan seguros de sí mismos.
¿Qué sentido había tenido insinuar algo que no era del todo cierto? Ninguno. El reproche de Marina fue palpable y él se sintió avergonzado como si fuera un chiquillo con una pataleta.
Al observar como se miraban el uno a otro comprendió que Marina no lo había olvidado en todos esos años. No había manera de que él pudiera llegar al corazón de ella. Nunca habría sitio para él.
Le intrigaba lo que callaban. ¿A qué Tratado se referían? ¿Por qué le era imposible venir? ¿Había estado en la cárcel? ¿Era un mercenario? Desde luego tenía cuerpo de guerrero; la camisa no ocultaba, más bien ensalzaba, los hombros anchos y el torso musculoso de aquel hombre. De alguna manera presentía que no era fruto de largas horas en un gimnasio. Había en Diego un aura difícil de definir.
Por mucho que intentó comprenderlo seguía sin poder conseguirlo.
Estaba enfadado por las circunstancias. Celoso de aquel extraño que tenía a Yago entusiasmado con su sola presencia. Lo miraba con arrobo y admiración (como nunca lo había mirado a él), orgulloso de saber que era su padre. Marina… Marina oscilaba entre la incredulidad y el anhelo.
No quería pensar en ello; le dolía demasiado. No tardó en despedirse de los tres. Pero no se fue sin antes provocar los celos de su oponente besando a Marina en ambas mejillas. Sabía que era una chiquillada, fruto del resentimiento, pero no pudo resistirse a la tentación.
* * *
En el pequeño salón de la casa de Marina tenuemente iluminado, Diego lo observaba todo con detenimiento. No había allí nada que no fuera sorprendente. La luz, que se encendía con solo apretar un interruptor; el agua, ya fuera fría o caliente, que brotaba de los grifos sin interrupción; la cocina, donde Marina había preparado una sencilla cena sin tener que atizar el fuego. Todo era novedoso y excitante. Y al mismo tiempo, nada, comparado con volver a estar junto a ella. Yago se había acostado, agotado por tantas novedades, y dormía plácidamente en su dormitorio. No había duda de que era un chico sano. Su hijo. Saboreó la palabra con deleite y se hizo el firme propósito de recuperar cada día que había perdido con él.
«¡Por todos los demonios, es tan parecido a mí!», suspiró, feliz. Desbordante de orgullo paternal.
Marina acababa de salir del baño; aún tenía el cabello húmedo tras la ducha y se le marcaban unos bucles del color de la caoba bruñida. Reprimió la necesidad de dejar que se enroscasen en sus dedos. Aún no se atrevía a tocarla…
Sonrió al recordar la sensación que le había causado el agua caliente al resbalar por su propia piel. Pero antes de eso, Marina tuvo que explicarle entre risas el funcionamiento de aquellos grifos, así como el del resto de cosas que había en aquella habitación que ella llamaba baño.
—Gracias por… ¿Cómo has dicho que se llama? —le preguntó, tratando de no mirar las piernas de la mujer que asomaban entre la bata—. Parece cómoda.
—Camiseta, se llama camiseta. Siento no tener ropa de tu talla para que te cambies los pantalones. Mañana iré a comprarte algunas prendas…
—No tengo… bien… —Estaba un poco cohibido—. No tengo dinero. Quiero decir que no creo que las monedas que tengo sean de mucha utilidad… tal vez un coleccionista… —añadió, viendo una forma de hacerse con capital—. Te las daré y…
—Olvídate de eso ahora —le cortó Marina.
—¡Maldito sea! Si dejo que me mantengas como… como…
—¿Como si fueras mi marido? —sugirió ella con sarcasmo. Y le clavó su mirada verde—. No seas… —Se mordió el labio—. Bueno, olvídalo. ¿Qué ocurrió aquella mañana en el barco? —Marina se sentó a su lado.
—Mi tío nos traicionó. Envió a la guardia para que me apresaran.
Diego trató de explicarle todo lo sucedido desde ese momento, incluido el tiempo que pasó en la prisión. El indulto real, conseguido por Adolfo, que le permitió salir de aquella celda. La ayuda del consejero y de Andrés. Ella lo escuchaba atentamente sin perder detalle. En su rostro se reflejaban las emociones que experimentaba ante su relato. Le mencionó la entrevista que tuvo con su tío en la biblioteca de la casa-torre Izaguirre. La infinita envidia, los celos, la avaricia…
—Estaba loco —sentenció Marina.
—Sí, loco de odio y codicia. Como me pusieron en libertad, intentó hacer que Bartolomé Guijarro me matara.
—¡Dios mío! —gritó, asustada.
—Se agradece tu preocupación, pero como bien ves, continúo con vida. —Él sonrió con picardía y controló las ganas de abrazarla; aún no se habían tocado siquiera y sentía pavor por si lo rechazaba—. El sicario debía apuñalarme mientras mi tío me distraía. Pero no fui tan tonto de presentarme ante él sin tomar precauciones. Adolfo convenció al preboste, según el plan que le propuse, para que él mismo viera lo que tratábamos de explicarle. El hombre se quedó fuera junto a la ventana de la biblioteca, con un retén preparado para actuar en caso necesario. Los dos alcaldes, varios prohombres de la ciudad y otro retén apresaron a Bartolomé y esperaron al otro lado de la puerta de la biblioteca. Todos aguzando el oído para no perderse nada de lo que allí íbamos a hablar mi tío y yo.
»Cuando él me amenazó con una pistola, entraron sorpresivamente y lo arrestaron. Ahora está en prisión. No quisieron colgarle dado lo avanzado de su edad. Imagino que morirá allí.
Continuó contándole su viaje a Cádiz, una vez que le restituyeron todos sus bienes, para acompañar a Adolfo. El Delfín había sido desmantelado, pero le entregaron su valor en oro. Sus hombres estaban desnutridos y agotados por las condiciones deplorables en la prisión, pero un mes en el mar les devolvió las energías perdidas. Varios habían muerto durante el combate con la guardia, entre ellos el contramaestre; otros murieron en la prisión, y los que quedaban estaban sedientos de vida y placer. La ciudad gaditana les abrió sus puertas para que se recuperasen.
—Siento mucho la muerte de maese Isaac. Era un buen hombre… —aseguró Marina, cabizbaja—. ¿Qué tal están maese Andrés y don Adolfo?
—Bien. Andrés no quiso separarse de mí y se embarcó conmigo en la Santa Gabriela. Durante un tiempo servimos de escolta a los buques que llegaban cargados con riquezas del Nuevo Mundo, pero después tuvimos que combatir… sobre todo en el Mediterráneo, contra las escuadras inglesas y holandesas. ¿Sabes que nos arrebataron Gibraltar y Menorca?
—Gibraltar aún sigue siendo británica… —Marina esbozó una mueca— ¿Qué tal están el pequeño Diego? ¿Y Clara?
—Él es un hermoso muchacho de diecisiete años. Quiere ser capitán de barco, pero de momento su padre le ha enviado a Salamanca para estudiar. Clara y Adolfo tienen tres hijos más: Mariana, Isabel y Emilio.
—Me gustaría conocerlos y ver otra vez a Clara —suspiró—. ¿Has vuelto por Tenerife? ¿Qué tal están doña Úrsula y don Hernán?
—Sí. Pasé un par de veces antes de que la guerra se recrudeciera y tuviera que dejar el barco para formar parte del ejército de Caballería. Mis tíos están en San Sebastián… Bueno, ¡Dios, no sé como expresarme! Es tan difícil entender que estoy en épocas diferentes que… ¿comprendes qué quiero decir?
—Sí. No te preocupes… ya se te pasará. A mí también me cuesta creer que estés aquí sentado… —Bajó la cabeza—. ¿Cómo fue la guerra?
Diego le contó que el tiempo en que estuvo siguiendo a la flota de las Américas fue muy placentero, si se exceptuaba el temor a los ataques piratas o corsarios. El hecho de viajar en convoy bajo la protección de navíos de guerra franceses reducía la posibilidad de ofensivas por parte de los miembros de la Alianza. Por otro lado, tras pasar dos años encerrado en una celda minúscula, sentir la inmensidad del mar a su alrededor era todo lo que podía desear. Desgraciadamente fue por un período corto, en seguida se requirieron sus servicios en el interior, pues la guerra se desarrollaba en la península y la escasez de soldados era notoria. Los días se sucedieron en un viajar de un lado a otro por caminos polvorientos para luchar contra ingleses, austriacos, holandeses y portugueses, tal como Marina le predijera tantos años atrás. Hasta la batalla de Almansa, en Albacete, los soldados hispano-franceses creían perder a manos aliadas, pero a partir de aquella batalla el destino jugó a favor de Felipe V y sus tropas. No por ello mejoraron en algo las condiciones en las que vivían; tan sólo sirvió para animar a la soldadesca.
Algunas veces tenía pesadillas por los horrores vividos en aquel campo de batalla. Se hablaba de cinco millares de muertos entre los dos bandos. El duque de Berwick hizo prisioneros a doce mil hombres del ejército carlista.
* * *
—¿Ya ha acabado todo? —preguntó Marina, sobrecogida por las cosas que Diego acababa de contarle.
—No, no del todo. Sé que ya se ha firmado el Tratado, pero Cataluña aún se muestra reacia a admitir al rey Felipe V como su soberano —explicó Diego—. De cualquier forma, el Rey me relevó de mi obligación para con la Corona y pude abandonar el ejército. Ahora, sirena, basta de hablar de mí… Cuéntame, ¿cómo fue tu regreso?
—No resultó sencillo. Tuve que apelar a toda la fuerza de mi voluntad para poder lograrlo —suspiró—. Mi abuelo se alegró de volver a verme, pero se podía ver lo mucho que le había afectado mi ausencia. Yo… lo pasé muy mal. Durante un tiempo me sentí fuera de lugar. —Calló.
—¿Cuándo supiste que esperabas un hijo?
—Unos meses después…
Para ella había sido una gran sorpresa descubrir que estaba embarazada. Era como guardar una parte de él. Hacerlo más verídico, convertir aquellos días en algo innegable. Le explicó que aquella espera había llenado sus días; y hecho más llevaderas sus noches, tan desoladoras. Después, cuando Yago nació, él colmó toda su vida. Se había consagrado a aquel bebé que tanto la necesitaba.
—Me hubiera gustado tanto estar contigo… haber sido testigo de esos meses de espera… —murmuró, apenado.
Marina asintió, sin creerse aún que él pudiera ser real, que estuviera sentado a su lado en el salón de su casa. Quiso acariciar cada arruga de su rostro para acabar con aquella tristeza que parecía emanar de cada poro de su piel morena. Besar esos labios para comprobar si seguían siendo tan suaves como recordaba. Paliar de algún modo los horrores que había vivido en el campo de batalla
«¿Qué te impide hacerlo?»
—Sigues llevando la sortija que te regalé. —Diego le tomó la mano que se acercaba para tocarlo.
—Nunca me la he quitado —susurró, manteniendo la respiración.
La besó en la palma. Aquél fue el catalizador para que brotara toda la pasión guardada durante tantos, tantos años.
—¡Oh, Dios! Sirena, no sabes cuántas noches he soñado que volvía a estar contigo —susurró contra su palma, con un gemido ronco—. No sabes cuánto te he añorado. Cuánto he sufrido pensando en ti, intentando resignarme a vivir sin ti ¿Puedes imaginarte cuánto te deseo?
—Supongo que tanto como yo a ti. —Se inclinó para besarlo en los labios.
* * *
Marina, medio dormida, extendió un brazo para abarcar toda la cama y se sorprendió al encontrarla vacía. Por breves momentos pensó que todo lo ocurrido aquella noche en el lecho había sido simplemente un sueño. Extremadamente erótico, pero sueño al fin y al cabo. Ya empezaba a sentir el vacío en el alma, como cada mañana al despertarse tras soñar con Diego, cuando su cuerpo evidenció el cansancio placentero de quien ha satisfecho todos sus anhelos sexuales. Abrió los ojos y se solazó al descubrir la forma de la cabeza de Diego impresa en la almohada. Su ánimo se elevó como por ensalmo. Se sentía llena, feliz, eufórica…
Se levantó, se puso una camiseta holgada para tapar un poco su completa desnudez y salió de la habitación. Eran las siete de la mañana; el sol entraba a raudales por la ventana del salón, empalideciendo a la bombilla que, con sus prisas por llegar a la habitación, habían dejado encendida la noche anterior. Marina sintió un cosquilleo en el bajo vientre y sonrió para sí. ¡Por Dios! Diego sólo llevaba un día allí y ella ya estaba como una hembra en celo. Casi lo había olvidado, pero su cerebro trabajaba a toda marcha para recordarlo.
La cocina, el baño y el salón estaban vacíos. Sólo había un lugar donde pudiera estar Diego: la habitación de Yago. Empujó la puerta entornada y se enterneció al ver a Diego en la silla del escritorio del niño. Observaba con detenimiento a su hijo, con el pelo cayéndole sobre los hombros.
—Necesitaba verlo de nuevo —declaró Diego en un susurro, apartándose el pelo de la cara—. Cuando me he despertado pensé que lo había soñado. Que estaba contigo, pero que Yago no existía. Necesitaba comprobarlo. Es tan increíble saber que es parte de mi sangre… Ahora entiendo a Adolfo cuando me hablaba con añoranza de sus hijos.
Marina no dijo nada; se limitó a abrazar a su marido por detrás, apoyando su cara sobre la cabeza de Diego. El pelo le olía al champú de hierbas que había utilizado la noche anterior, pero por debajo se intuía el aroma a sal, tal como lo recordaba. Se preguntó cómo había podido vivir los últimos años sin él.
* * *
Yago no creía en su suerte. Al despertar encontró en su habitación a su madre y a su padre, ¡su padre! Necesitaba saber cosas sobre ese hombre, pero ellos se mostraban un tanto circunspectos con el tema y ese detalle lo tenía mosqueado (una expresión que utilizaba mucho).
Diego era muy extraño, no solamente en el vestir (se preguntó nuevamente dónde estaría su equipaje), sino también por su forma de hablar. Utilizaba palabras muy rebuscadas y anticuadas. Pero aquello no tenía importancia; era tan grande, tan fuerte, tan ágil como cualquiera de los superhéroes de los cómics o de las películas. Y por encima de todo, era su padre.
—Tiembla, Indiana Jones —susurró ante Diego, que salía de la habitación con los vaqueros, la camisa y los zapatos nuevos que le había ido a comprar Marina—. Aquí llega mi padre.
Ella también debía de pensar lo mismo, pues lo miraba como si se le fueran a salir los ojos. Su pecho se hinchó de orgullo ante su padre. Con un poco de suerte, cuando creciera sería tan grande como él. Ya pensaba en no volver a cortarse el pelo y dejárselo tan largo como lo llevaba su aita. No veía la hora de presentárselo a sus amigos. Iban a flipar cuando lo vieran.
* * *
Diego se sentía un tanto extraño con aquellos pantalones llenos de bolsillos que se le pegaban como un guante; eran un poco rígidos, pero el tejido parecía muy resistente. Se los había llevado Marina al regresar, cargada de extrañas y brillantes bolsas de papel con nombres impresos. Le había pedido que se lo probara para ver si le quedaba bien (estaba preocupada por si no había dado con la talla adecuada). Lo mejor sería que los viera ella, así sabría decirle si le sentaban bien o no. La cara de su hijo le indicó que iba por buen camino, pero la de su esposa... Bueno, la de Marina era tan explícita que le provocó una dolorosa reacción en la entrepierna.
—Por el amor de Dios, sirena. Si me sigues mirando de ese modo, los botones del pantalón no van a resistir —siseó, acercándose a ella.
Marina se limitó a mirarle alzando una ceja en una parodia de indiferencia, pero sus ojos prometían los placeres inmensos que habían tenido tantas veces atrás. Lo mejor sería no pensar en lo ocurrido esa noche ni mirar el escueto vestido que llevaba puesto, si quería estar en condiciones de salir.
—¿Saldrás a la calle vestida así? —preguntó, al ver que ella se dirigía a la puerta de entrada.
—Claro, ¿qué quieres que me ponga? —pidió Marina, tratando de no reírse.
—No lo sé. Algo más... ¡Demonios! ¿Algo que te tape más? —sugirió, serio.
—Pero... pero si ese vestido es muy bonito y le queda muy bien. ¿No está guapa? —preguntó Yago, confundido. Y miró a su madre, que trataba por todos los medios de mantener la seriedad, pero sin conseguirlo.
—¡Por todos los infiernos! Claro que está guapa. Por eso mismo... —La mirada consternada de su hijo lo puso en su sitio—. ¡Bah! No me hagáis caso. No estoy acostumbrado a estas modas. Eso es todo... ¿Tú crees que va bien vestida?
—Claro que sí. Está guay —aseguró el niño.
—¿Guay? ¿Qué demonios es eso?
—Pues… pues que está bien… —explicó, anonadado.
—Bueno, pues perdona al anticuado de tu padre, yo no entiendo de estas cosas. —Diego agitó la mano, como negando—. Ya estoy listo para que me enseñéis esta bella ciudad —aseguró, haciendo una florida reverencia ante su mujer y su hijo.
El día anterior, nervioso como estaba, no se había fijado en los grandes cambios que presentaba San Sebastián. Ahora los disfrutaba; por momentos se enfadaba por los desastres arquitectónicos en los que, a su modo de ver, habían incurrido los arquitectos. Vio la playa de media luna con la que tantas y tantas veces había soñado y tuvo que contenerse escandalizado por la desnudez de los bañistas. Al captar la mirada socarrona de Marina lanzó una carcajada. ¡Por todos los demonios, ella lo provocaba adrede!
Le causó extrañeza ver, expuestos en los museos, artículos y artilugios que él nunca había conocido, pero se empapó de todo y su inmensa sed de saber se vio compensada a cada paso que daba por aquellos recintos. Trataría de recordar todo lo que ahora veía para cuando regresase a su tiempo. Aún no había hablado de ello con Marina, pero no tardaría en hacerlo. Estaba deseando contarle las disposiciones que tenía previstas para cuando regresasen. Desde luego, haría obras de modernización en la casa-torre Izaguirre; no quería que Marina y Yago echasen de menos ciertas comodidades. Y se acabó el navegar. Se dedicaría a labrar las tierras que ahora eran suyas y donde habían trabajado las últimas generaciones de “Izaguirres”. De esa manera podría pasar mucho tiempo en compañía de su esposa y de su hijo recién hallado. No veía la hora de contarles esas maravillosas noticias.
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Pilar Cabero
domingo 29 de noviembre de 2009
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El día 17 de noviembre se hizo entrega de los premios al 1º Certamen de Relatos Cortos llamado Historias de Lurraldebus.
Tengo que deciros que mi relato, Las vistas perdidas, quedó entre los finalistas. Os lo pongo por si queréis leerlo.
La página de Lurraldebus es está. Ahí podréis descargaros los relatos premiados.
Un abrazo.
LAS VISTAS PERDIDAS
Pilar Cabero
Como los primeros asientos individuales estaban ocupados, de mala gana me senté en uno doble al lado de la ventanilla. Cada vez odiaba más viajar en autobús. Siempre lo había hecho en mi propio coche.
No tardó en sentarse una mujer a mi lado. Olía a Agua de rosas. Maite siempre usaba esa colonia. Apreté los dientes ante el recuerdo.
—Perdoná, pero ¿querés hacerme un favor? —empezó a hablar mi compañera de asiento.
¡Joder! Me había tocado una de esas personas que son incapaces de estar sin hablar. Eso era lo que menos soportaba de utilizar el transporte público. Tenía ya una excusa mordiente en los labios, cuando ella siguió hablando:
—Me mudé acá hace poco y, sin duda, viste que soy ciega. ¿Por qué no me hacés el favor de describirme lo que ves por la ventana? Es para hacerme una idea de cómo es el trayecto.
¿Me estaba tomando el pelo esa argentina? ¿Se burlaba de mí? Desde luego que no quería describirle el puto paisaje. No tenía ganas de hacerlo. Crucé los brazos y fruncí el ceño. Me iba a negar. Que se buscase a otro jodido Cicerone. El autobús arrancó en ese momento. Las conversaciones se solapaban unas con otras, creando el guirigay que tanto me agobiaba. Unos meses atrás no me hubiera importando, pero ahora… ahora todo era diferente.
—Me parece que te molesté. Perdoname, ¿sí? —se disculpó ella; su voz sonó apenada.
Era joven y estaba ciega. Me sentí un desalmado. Yo antes no era así. Tampoco me costaba tanto describir un paisaje que había visto muchas veces, ¿no? ¡Joder, sí! Si que me costaba. Era demasiado doloroso.
Pensé en bajar en la siguiente parada y comprendí que eso era imposible: Alberto me esperaba en Donostia y se subiría por las paredes si no llegaba en ese autobús. Tal vez pensara que por fin había hecho lo que llevaba amenazando desde meses atrás: no presentarme para seguir con las lecciones. No, definitivamente debía seguir en el puto autobús. Sabía que Alberto estaba llegando al límite de su paciencia y no aguantaría mucho tiempo más. No se lo reprochaba; me estaba comportando como un gilipollas y no sabía cómo él era capaz de soportarme.
Oí suspirar a mi compañera de asiento. ¡Joder, joder, joder! ¡Vaya marrón!
—No… sólo estaba pensando cómo empezar —mentí. Me salió la voz ronca porque últimamente hablaba muy poco. Ya ni mis amigos me llamaban y no los culpaba por eso. Carraspeé—. Esta parada está a la entrada del pueblo. Hay dos plazas. Una tiene árboles. Plátanos que seguramente empiezan a brotar.
Me sentía estúpido describiendo. Imaginé que los otros pasajeros me estaban mirando, pese a que los oía enfrascados en sus conversaciones. A mí nunca se me habían dado bien esas cosas. Soy (o mejor dicho, era) informático. Lo mío son las programaciones, no las descripciones paisajísticas. Joder.
—Oí muchas voces de niños. ¿Hay hamacas por acá? Columpios, digo —Su pregunta me devolvió a la realidad.
—Bueno, sí… también hay columpios. Varios bares y una caja de ahorros. A la salida del pueblo hay una central eléctrica. Su chimenea se divisa desde San Sebastián.
Callé un momento. No sabía cómo seguir. Ni siquiera tenía ganas de continuar. Era una soberana estupidez. Cualquiera que me viera pensaría que estaba fumado. ¿Qué hacía yo describiendo las vistas?
Luego recordé a mi compañera y sentí una punzada de culpabilidad.
—Estamos pasando por el puerto de Pasaia —continué, resignando ante la situación—. A la derecha, más abajo, hay montones de chatarra. Nunca me ha quedado claro si los barcos la traen o se la llevan. Supongo que no tiene importancia.
»Hay un barco que transporta coches y al lado una estructura donde los guardan hasta que los camiones se los llevan. A la izquierda es todo monte. Cada vez que llueve mucho, se desprende parte de él y cae a la carretera.
—Pero entonces el pueblo queda aislado, ¿no? Me explicaron que más allá está el mar. Que sólo es esta carretera —declaró la joven.
—Bueno, sí, pero siempre se puede cruzar a San Pedro en una motora —aclaré, encogiéndome de hombros.
—Perdoná, te corté. Por favor, seguí; lo estabas haciendo re-bien.
¿Que lo estaba haciendo bien? Con poco se conformaba la argentina.
—Los árboles estarán llenos de brotes. Es increíble la cantidad de tonalidades de verde que hay. Una vez oí que es el color que más variantes tiene. He olvidado decirte que por la parte derecha, al borde de la carretera, hay una acera que pocas veces está vacía. Viene mucha gente paseando hasta el pueblo. Los domingos por la mañana, si hace buen tiempo, parece un camino de hormigas. —¿Me estaré enrollando demasiado?—. Ahora entramos en Lezo. El autobús pasa por la parte menos atractiva. En el interior es un pueblo con mucho encanto.
Callé hasta que salimos de la parada y volvimos a arrancar.
Recordé las veces que había salido con mis amigos y con Maite a recorrer los bares de la zona. ¿Cuánto hacía de eso? Sólo unos meses, pero parecía que me hubiera ocurrido en otra vida.
—En estos momentos bordeamos otro parque infantil —retomé la descripción, para no pensar en aquellos días—. Me han dicho que hace unos meses han construido un skatepark y que siempre está lleno de chavales haciendo piruetas con el patinete. Cuando era pequeño me gustaba mucho jugar con él.
Lástima que en aquel tiempo no hubiera habido ese tipo de parques. Suspiré, repentinamente cansado. Las cosas cambiaban de un día para otro. Yo lo sabía mejor que nadie.
Empezaba a hundirme en la desesperación. Joder, ¡basta ya! Más me vale empezar a aceptar la situación de una vez. No va a cambiar por mucho que quiera negarla.
—¿Ya te cansaste de describir? —indagó ella un rato más tarde. Por lo visto, me había callado demasiado tiempo.
—No; simplemente, pensaba —declaré con una sonrisa triste. Noté que ya habíamos llegado a la siguiente parada—. Estamos en Errenteria. Es una villa bastante grande. El autobús sólo pasa por la carretera general. Desde esta parada puedes ir a Oiartzun, a Irún o a Hondarribia. Generalmente, aquí suben muchas personas y nos toca ir apretados.
—Sí, ya noté que tardábamos en salir —bromeó ella. Tenía una voz muy dulce—. Me olvidé de preguntarte: ¿viajás hasta San Sebastián?
Asentí, pero entonces me di cuenta de que ella no podía verlo, así que le dije en voz alta que sí.
—Genial, así vos podrás contarme todo lo que veas hasta el final. —Calló un instante—. Bueno, si no te molesta, claro. Ya te jorobé bastante.
—No, no me importa —le corté, y estaba diciendo la verdad—. Mientras hablábamos hemos salido de Errenteria. Desde aquí se vuelve a ver el puerto de Pasaia, pero ahora desde el otro lado. Hay muchos montones de chatarra y cuando andan cargando o descargando barcos, el ruido es un incordio. El ruido y el polvo rojizo que se mete por todas partes.
»El sol de la mañana se refleja en el agua…
—¡Pero si hoy está nublado! ¿Viste? —protestó ella con una risita—. Soy ciega, loco, no tonta.
No pude reprimir una carcajada. Me salió un poco extraña. No era la mía. También estaba oxidado en eso.
—Vale, pero imagina que el sol está a nuestra espalda y se refleja en el agua del puerto. —La oí reír y eso me reconfortó—. Hemos entrado en Pasai Antxo. Por fin se han acabado las obras que obligaban a cruzar el pueblo en caravana. ¡Menudo incordio!
—Eso es lo malo de las obras, que nunca sabés cuándo se terminan —añadió ella con su voz sonriente y ese acento que envolvía.
—Ésta es la parte que más me gusta. El autobús coge velocidad mientras dejamos a la derecha la parte del puerto que pertenece a La Herrera. Sí, el sitio donde iban a hacer un museo de Paco Rabanne, ese modisto.
—Oí hablar de él. Qué, ¿ya no lo van a hacer?
—Ni idea —contesté, alzando un hombro. Maite lo hubiera sabido. Siempre estaba pendiente de la moda. Otra cosa que no quería recordar—. Hace un rato que estamos en la zona de Donostia.
Seguí describiendo. Ella me preguntaba algunas cosas, pero en general se mantenía en silencio. Supuse que trataba de imaginarlo y por eso me entretuve más con los detalles. Ahora que me había soltado a hablar no me costaba tanto. Ella no me conocía. No sabía quien era yo, ni lo que me había pasado. Por primera vez, en meses, me sentía bien. Casi podía fantasear que nada había sucedido.
—Dentro de poco se podrá ver el mar al final de la avenida. Es la playa de la Zurriola. Antes la llamábamos simplemente: la playa de Gros. El autobús la bordea, por la derecha, hasta el puente del Kursaal.
—¿Ya llegamos al Palacio Kursaal? —preguntó interesada.
—Sí, los cubos están a la derecha. Al principio no los podía ni ver. Luego me he ido acostumbrando a ellos. Por la noche no están tan mal.
Bufé. Era de lo más gracioso. Como si “el de arriba” hubiera querido gastarme una jodida broma.
—Te agradecería que no me hicieras describirlos. No les haría justicia.
—Ya me di cuenta de que no te gustan nada. —Volvió a reír.
—Acabamos de cruzar el puente. A la derecha está la Parte Vieja de la ciudad. Si quieres comer pintxos, ahí es el lugar. Ahora giraremos a la izquierda para llegar al final del trayecto: la Plaza de Guipúzcoa. Es una plaza rodeada de edificios con arcadas en sus bajos. En el centro hay un estanque con patos y varios cisnes. Durante la Navidad ponen un Belén y una barquita en el estanque para que la gente arroje monedas. También hay un reloj enorme; sus números están hechos con plantas. De pequeño me gustaba mirar como se movían las manecillas.
—Recuerdo el reloj de mi viejo. Cuando aún podía ver, me gustaba decirle la hora y darle cuerda. Después me conformé con escuchar el tic-tac. —Sus palabras estaban impregnadas de añoranza.
—Nos hemos detenido. Vaya, se ha acabado el viaje —dije, con tristeza—. ¿Adónde vas?
—Voy a la casa de una amiga. No te preocupés, ella me viene a buscar —añadió—. Fue un placer conocerte. Estamos otro día, ¿sí? Pero tenés que sacudirte esa tristeza, loco. La vida tiene cosas maravillosas. Chau, un gusto.
Oí el bastón al rozar en el suelo y una voz que gritaba desde fuera:
—¡Marta! Al fin llegaste, me tenías preocupada. Dejá que te ayude a salir. ¿Pero vos no le tenés miedo a nada, mujer?
—Si vivís con miedo, no vivís —contestó ella, mientras se alejaban.
Sus palabras reverberaron en mi cabeza. Recordé el accidente que mató a Maite y a mí me dejó así. Era cierto: si vivías con miedo, no vivías.
Empecé a sonreír, primero tímidamente y después de manera abierta. Luego desplegué mi propio bastón blanco y rozándolo delante de mí, bajé del autobús. En seguida noté en el hombro la mano de mi guía.
—Buenos días, Mikel —dijo Alberto—. ¿Era una sonrisa lo que tenías en la cara o es que te has tragado un lápiz?
Publicado por
Pilar Cabero
sábado 21 de noviembre de 2009
comentarios (4)
Hola amig@s,
Sí, ya sé que hace mucho tiempo que no os contaba nada. He estado muy ocupado de un lado para otro.
¡¡¡Bien!!!
No me han dejado parar mucho tiempo en la balda. Se nota que ha corrido la voz y han sido muchas personas las que han querido leer mi estupenda historia.
Vale, estoy pecando de vanidad, pero ¿qué queréis? No todos los días oyes hablar tan bien de una novela.
¿Qué? ¡Ah! Que ya lo sabéis y preferís que os cuente otra cosa.
Bien, pues esta mañana en la biblioteca ha sucedido algo muy curioso.
Os cuento:
Todas las mañanas, cuando se abren las puertas, un grupo de jubilados y alguna que otra jubilada, entran en tropel, golpeando el suelo con el bastón o la muleta; pendientes de ser los primeros en hacerse con el periódico del día.
Evidentemente son los más ágiles los que se alzan con el premio; los demás, deberán esperar, manteniendo el turno, a que los preciados diarios queden libres.
Bien, pues esta mañana ha sucedido lo mismo, sólo que esta vez un anciano y una señora han seguido peleándose por el periódico sin ceder ni un milímetro. A tanto a llegado la gresca, que ha tenido que intervenir una de las bibliotecarias para poner orden en la estancia.
El hombre mantenía que él lo había cogido primero; la mujer argumentaba lo mismo.
Los libros de mi balda, han empezado a hacer apuestas sobre quién se iba a quedar con el diario. La novela histórica, muy delicada, ha defendido que él debería cedérselo por caballerosidad. La contemporánea, con las páginas erizadas de indignación, segura de que eso sería machismo, lo ha proclamado a los cuatro vientos.
Mientras, en la biblioteca, la discusión entre los jubilados, ha seguido sin visos de acabar. La mujer señalaba que ella sólo quería hacer el crucigrama y que se conformaba con que le dejara esa hoja. No pedía todo el periódico.
El hombre, terco, ha seguido negándose: la hoja de los pasatiempos esta unida a la de las noticias más importantes y él no quería perdérselas.
Las apuestas han subido entre los de mi balda, y los de enfrente han empezado a participar con avidez. Eso parecía las Regatas de La Concha.
La pobre bibliotecaria, como Salomón frente a las madres, seguía sin decidirse a quedarse con el diario ella misma o…
—¿Por qué no hace una fotocopia al crucigrama? —ha preguntado, inspirada.
¡¡¡Por fin había solución!!!
Los dos ancianos, suspirando aliviados por haber conseguido lo que buscaban, se han avenido enseguida a ese arreglo.
Creo que la bibliotecaria se ha quedado aún más satisfecha por haber instaurado la paz en el lugar.
No, no penséis que todo ha sido tranquilidad a partir de ese momento. No. En el mundo de los libros, ha empezado otra cruzada: ¿Quién ha ganado de los dos? Ninguno lo tiene claro.
Aún siguen con el tema y creo que no tiene pinta de que vayan a ponerse de acuerdo en algún momento.
Han requerido la intervención de los libros de leyes, que muy serios y circunspectos están buscando solucionar el tema.
Espero que lo arreglen antes de que cierren la biblioteca, de lo contrario será una noche de deliberaciones muy muy larga.
Publicado por
Pilar Cabero
lunes 16 de noviembre de 2009
comentarios (2)
Como podéis ver el blog ha cambiado un poco. Hace un año que lo creé y se hacía necesario renovar. Tranquilos, no he hecho un cursillo acelerado ni nada por el estilo. Sigo siendo una nulidad con estas cosas y en cuanto me sacas del Word ya estoy perdida. No, la artífice de esta preciosidad es mi sobrina María que, con catorce años, es capaz de hacer cosas así, sin despeinarse. ¡Qué envidia! Mi niña, tendrás que darme clases para ponerme al día con esto. Os habréis fijado que faltan los enlaces a otros blogs y a las Webs, pero supongo que en unos días estarán puestos. Pues nada, espero que os guste el nuevo “look” y que sigáis visitándolo. Besitos y hasta otra.
Bienvenida amable lectora y también a ti, lector, a mi humilde casa. Elige un sitio para sentarte y ponte lo más cómodo posible. Sí, ese de ahí está bien. Deja las prisas fuera y disfruta del momento. Puedes quitarte los zapatos y arrellanarte en el sofá. Si tienes paciencia y esperas un poco, pondré algo de música para ambientar. Espero que pases un rato agradable y siéntete como en tu casa.
Mis novelas publicadas
Pincha en la portada para ver la sinopsis A través del tiempo - 1º saga Izaguirre ISBN: 978-84-936343-0-8 Editorial: The Heartmaker Descripción: 492 pág. 20x15 Ecuadernación: Rústica Precio: 13,90€
Pincha en la portada para ver la sinopsis Tiempo de hechizos - 2º saga Izaguirre ISBN: 978-84-936343-1-5 Editorial: The Heartmaker Descripción: 493 pág. 20x15 Ecuadernación: Rústica Precio: 14,90€
Muchas de las imágenes que cuelgo en el blog son bajadas de Internet. Si he utilizado alguna con derechos de autor, por favor me ponéis un comentario y las quitaré. Muchas gracias.