Asedio al corazón, Capítulo uno

Os pongo parte del primer capítulo.

Espero que os guste.
Un abrazo,

San Sebastián, 17 agosto de 1719

El sonido de los cañones por fin había cesado y, pese a las horas transcurridas, aún quedaba el eco en los oídos de los soldados y oficiales que recorrían el campo de batalla para entrar en la ciudad por la brecha abierta en la muralla. El olor acre de la pólvora impregnaba el aire y lo cubría con una nube densa. El incendio fortuito en el polvorín del castillo de la Mota seguía ardiendo, aunque con menos intensidad. Las gaviotas, molestas por el ruido, volaban graznando hacia el mar.

El calor resultaba sofocante y las moscas zumbaban por encima de aquel caos de cuerpos. El ritmo cadencioso del mar se veía sofocado por el relincho de los caballos asustados, entre los gemidos de los soldados heridos.

Armand Boudreaux se quitó el sombrero para secarse el sudor de la frente y se agachó para comprobar el estado de un soldado, que yacía desmadejado sobre la arena de la playa. Tal y como imaginaba: muerto. Apretó los dientes y le unió las manos sobre el pecho, destrozado por la metralla. Después de santiguarse, se dirigió al siguiente soldado, horadando la arena con paso rápido. Se colocó el sombrero de tres picos antes de inclinarse para tocar el cuello de ese pobre hombre, que tenía media cabeza cubierta de sangre. Le costó encontrarle el pulso, pues era demasiado débil, pero ahí estaba.

—¡Aquí! —llamó a los soldados encargados de las camillas para que lo llevasen ante el galeno—. ¡Éste vive!

Sintió los dedos de la mano izquierda manchados de algo caliente y viscoso, que goteaba sobre la arena. Volvía a sangrar y el hombro le dolía con saña. Con cuidado se quitó la casaca y miró la herida que le había hecho la bala de un mosquete en el hombro izquierdo. Debería curarlo lo antes posible. De un tirón desanudó la corbata y la aplicó a la herida para taponarla y cortar la hemorragia.

—Señor, si me lo permitís... deberíais ir al galeno para que os cierre ese agujero —le dijo uno de los camilleros al llegar allí.

—Más tarde, soldado —contestó escueto y volvió a ponerse la casaca, reprimiendo una mueca.

El camillero se alzó de hombros y ayudó a su compañero a levantar al herido, que gimió lastimeramente por el movimiento.

Armand continuó buscando sobrevivientes entre los cuerpos esparcidos por la playa. Era necesario hacerlo a la mayor brevedad porque la marea no tardaría en subir y dificultaría el proceso. Además, los heridos corrían peligro de ahogarse con las olas, que se acercaban inexorablemente a lamer la orilla. Y hasta era posible que el agua los arrastrara mar adentro.

Bajo el sol implacable prosiguió controlando las bajas. No eran muchas, afortunadamente, pero eran personas; muchachos jóvenes que habían perdido la vida lejos de sus casas, de sus familias.

Mientras cerraba los ojos sin vida de un soldado vio que otro corría a través de la playa, levantando arena a cada zancada. Reconoció el uniforme de los hombres del capitán Dubois y se le erizó el pelo de la nuca con un mal presentimiento.

—¿Capitán Boudreaux...? —preguntó al llegar hasta Armand con la cara congestionada por el calor. Se cuadró e hizo el saludo militar.

Oui. Descanse, soldado.

—Es... es vuestro hermano... —logró decir entre jadeos. La frente perlada de sudor y el pelo pegado al cráneo bajo el sombrero de tres picos—. Está malherido...

Por un instante fue como si todo quedase atrapado en hielo. Nada se movía. Poco a poco notó que, por debajo del retumbar de su corazón en los oídos, empezaba a escuchar el crujido de la arena bajo sus botas, el sonido del agua al penetrar en la arena, los gemidos de los soldados, el relincho ocasional de algún caballo o los gritos de las gaviotas. Todo sucedió en lo que duran dos parpadeos, pero para Armand fue como si hubiera pasado una eternidad.

Sacre Dieu! —siseó Armand al volver en sí, asustado. Y corrió hacia su caballo, con la espada golpeando contra su pierna izquierda. Debería haberlo imaginado. Pierre no tenía madera de soldado; era un erudito. Un maestro de escuela sin preparación para enfrentarse a un campo de batalla. Su mundo eran los libros, no las armas. Debería

haberlo evitado; si le sucedía algo a Pierre... —¿Dónde está? —preguntó al regresar sobre el caballo. Ange Noir

echó las orejas para atrás, asustado por los modales de su jinete, demasiado bruscos, y cabrioló con los ojos desorbitados—. So, mon Ange. —Le palmeó el cuello para tranquilizarlo y el animal se detuvo, moviendo las orejas hacia todos lados.

El soldado se lo señaló.

Merci! —gritó, antes de espolear al caballo y partir en la dirección señalada.



Los días de asedio habían llegado a su fin. La cesta permanecía en la mesa, repleta de hierbas medicinales, vendas y ungüentos, a la espera de que Camila de Gamboa se la llevara para atender a los soldados heridos. El mariscal duque de Berwick por fin había tomado la ciudad y su castillo, algo que hasta ese momento ni él mismo creía posible. Fue el incendio en el castillo de la Mota lo que inclinó la balanza en su favor.

Camila se miró en el espejo de la entrada para comprobar si llevaba el atuendo en orden. Como siempre, la imagen reflejada le desagradó profundamente. El vestido que antes se le ajustaba al cuerpo, realzando sus formas femeninas, ahora caía flojo y ponía de relieve la pérdida de peso. Así, toda vestida de negro, se veía como una cucaracha, pero a pesar de ello se negaba a prescindir de esas ropas tan lúgubres.

Se colocó el pañuelo almidonado sobre la cabeza, llevó los extremos hasta la nuca y los ató en la base de la trenza —aún demasiado corta—. Dejó las puntas graciosamente hacia fuera, al tiempo que dedicaba una mueca de desdén a su reflejo. Cada vez se veía más pálida y demacrada; las pecas oscuras destacaban sobre la piel blanca; los ojos ambarinos otrora brillantes estaban empañados por el cansancio; hasta el pelo castaño había perdido parte de su lustre. De un manotazo terminó de enderezarse el pañuelo; varios mechones se le escaparon por los lados, haciendo que suspirara con exasperación. Eso no había cambiado: era incapaz de mantener los rizos en su sitio. Sabía que le resultaría más fácil sujetárselo cuando el cabello adquiriera su antigua largura.

—¿Vais a salir otra vez, señora?

Se volvió para atender a la anciana sirvienta, no sin antes componer un remedo de sonrisa para que la mujer no sospechase su debilidad —como si tal cosa fuera posible—. Bajo la apariencia de una humilde sirvienta bajita y oronda como un barril, con los ojos pardos chispeantes de buen humor, en un rostro surcado de arrugas, se escondía una mente aguda y brillante, que engañaba a quienes pretendían ver en ella a una criada ignorante más. Pero nada escapaba al control de Juana de Iriarte.

—Sí, voy a ir a asistir a los heridos, Juana. Don Bernardo me ha pedido que vaya a ver a los soldados franceses... Todas las manos son pocas para tantos lesionados —anunció resuelta—. Vendré en cuanto pueda.

—Sí, señora... pero... —titubeó, visiblemente en desacuerdo con su ama—. ¿Creéis que es prudente hacer eso? Quiero decir que, des- pués de todo, nos atacaron. Son enemigos. Durante días hemos sufri- do su acoso...

—Es mi deber. Mi padre hubiera hecho lo mismo —atajó Camila, sabedora de que la vieja sirvienta jamás habría cuestionado cualquier decisión tomada por don Arturo de Gamboa, el médico de la ciudad—. Ya sabes lo que él pensaba de los pacientes...

—Sí, señora, lo recuerdo muy bien: todos son iguales a los ojos del Señor —terminó Juana, colocándole los mechones que se le habían escapado del pañuelo—. Pero vos, muchacha, necesitáis descansar. Lleváis todo el día atendiendo a los quemados del castillo. Miraos: estáis pálida y ojerosa. Desde que este estúpido asedio comenzó, sólo habéis venido a casa para cambiaros de ropa y reponer la cesta. Casi no habéis dormido... y no hablemos de comer. ¿Recordáis, señora, cuándo fue la última vez que os metisteis algo en ese cuerpo? ¡Válgameel Señor! Parecéis un palo vestido. Y ahora se os ha metido la idea de ir a ver al enemigo. ¡Ay, Señor! —Juntó las manos sobre el pecho como si rezara y alzó la vista al techo—. No creo que eso esté bien. —Los arrugados mofletes le temblaron al negar enérgicamente con la cabeza—. Deberíais quedaros en casa y reponer fuerzas. Eso es lo que deberíais hacer.

No había duda de que Juana no estaba de acuerdo con la idea de que ella fuese sola a visitar a las tropas del duque de Berwick, pero tendría que aguantarse. Ahora que todo había terminado, habría un montón de soldados a la espera de que sus heridas fueran curadas y ella no podía quedarse cruzada de brazos. Su conciencia no le dejaría descansar tranquila. Si bien eran sus adversarios, no dejaban de ser muchachos y hombres de carne y hueso que merecían asistencia médica. Hasta ese día, las únicas tropas que había atendido eran las de la propia ciudad, la guarnición donostiarra. Primero los asistió en el hospital que se había habilitado en el convento de San Telmo desde el veintisie- te de julio; desde el uno de agosto, tras la rendición del ayuntamiento y la retirada de la población junto con la guarnición, en el castillo de la Mota, en lo alto del monte Urgull. Pero hoy volvería al convento de los Dominicos, donde ahora estaban los franceses.

—Quédate tranquila, Juana, iré con cuidado. No soy una niña. —La sirvienta expresó su desdén con un sonoro bufido—. Volveré lo antes que pueda. No estaré sola; don Bernardo estará allí.

—Don Bernardo, don Bernardo. Más le valdría a ese hombre pen- sar un poco en vos y no llevaros de acá para allá, sin pensar ni por un momento en vuestra reputación —rezongó la anciana, meneando la cabeza con reproche—. Aunque nada más sea, dejad que Guido os acompañe...

—No hace falta. Deja que tu hijo se quede aquí. Estaba muy preocupado por las gallinas. —Camila sonrió con cariño, pensando en el hijo de Juana.

Guido de Arozena era un hombre de veintinueve años, tres mayor que ella, con la mentalidad de un niño de diez. Vivía en la casa con ellas y se encargaba de atender los animales y de las tareas más pesadas. Su estatura elevada y sus hombros anchos intimidaban a cualquiera que no lo conociera de antemano, pero en el fondo era totalmente inofensivo. Camila y él se habían criado juntos y se tenían un enorme cariño.

—Alégrate, Juana, ya estamos otra vez en casa... Mira —señaló a su alrededor—, hemos tenido suerte: no la han saqueado, está intacta. ¿No te sientes contenta?

—¿Contenta? Lo estaré cuando empecéis a pensar con esa cabeza que tenéis y permanezcáis en casa sin exponeros a nada. —Se tocó la sien con sus dedos gordezuelos, para dar más énfasis a sus palabras; luego alisó unas inexistentes arrugas de su delantal—. Vuestra actitud no gustará nada a doña Enriqueta.

—Juana, haga lo que haga, mi suegra jamás estará contenta conmigo. Las dos sabemos que nunca fui lo que esperaba para su adorado e idolatrado hijo. Me niego a que siga dirigiendo mi vida. Soy lo bastante mayor para saber lo que tengo que hacer. —Calló un momento para serenarse—. Si aparece Samuel, dile dónde estoy por si quiere ir...

—No irá, señora. Ya sabéis cómo es...

—Lo sé, Juana. Tengo la esperanza de que algún día cambie. Aho- ra quédate tranquila; volveré en cuanto pueda.

Camila tomó la cesta y salió de la casa antes de que tuviera que dar más explicaciones a la severa mujer.

—No sé por qué me molesto en preocuparme —se oyó desde el otro lado de la puerta—. ¡Válgame el Señor! Nadie hace caso de esta pobre vieja. Muchacha insensata. En mis tiempos... ¡Ay, en mis tiempos!

Camila sonrió para sí al pensar en Juana. Llevaba con la familia Gamboa más de treinta años y era como una madre para ella, pero en algunas ocasiones se tomaba muy en serio sus deberes y se tornaba demasiado sobreprotectora para su gusto; máxime ahora que no estaba don Arturo. Lo cierto es que Camila la quería mucho y por ello le perdonaba que, de vez en cuando, olvidase que ella no era una niña necesitada de protección.

Volvió la cabeza para mirar la casa donde había nacido. Era una sencilla vivienda de tres plantas, como casi todas las de la ciudad. La mayor parte de la planta baja estaba ocupada por la cuadra donde guardaban las gallinas, una vaca lechera y el caballo de su padre. Gracias al Cielo, los soldados franceses no habían requisado las gallinas que dejaron al alojarse en el castillo con el resto de los ciudadanos que no habían huido cuando todavía era posible; de ese modo podrían disponer de huevos y carne. La habitación donde su padre había tenido laconsulta médica también estaba en ese nivel. A un lado de la cuadra, un pequeño patio cuadrado servía para que las aves correteasen libremente y picoteasen la hierba que crecía en el suelo, entre cantos rodados. Sobre la cuadra se encontraba la cocina, el cuarto de Juana, uno más pequeño para Guido y una habitación donde recibían a las visitas, comedor adicional para celebraciones. En la segunda planta, cuatro dormitorios; arriba del todo, la buhardilla. Precisamente ése era el lugar preferido de Camila. Le encantaba aquella estancia de techos inclinados tachonados de clavos, donde colgaba a secar los atados de plantas medicinales que ella misma recolectaba; las baldas, que soportaban el peso de los distintos botes de barro, madera o vidrio llenos de ungüentos y pomadas; la gran mesa, sobre la cual preparaba las mezclas que se convertirían más tarde en tisanas o emplastos, y por encima de todo, el olor: un aroma compuesto por una mezcolanza de todas las plantas y flores que allí guardaba. Aquél era su refugio, tal como antes lo había sido de su padre. Allí, juntos, habían pasado incontables horas mientras don Arturo le enseñaba las diferentes plantas medicinales y sus propiedades terapéuticas.

Un golpe en el hombro puso fin a sus pensamientos. Levantó la cabeza, aturdida, antes de oír una sarta de improperios en francés.

Mon Dieu, madame, mirad por dónde camináis! —le gritó un ceñudo oficial desde su imponente montura. Luego continuó a galope tendido, sujetando a duras penas a un soldado que llevaba atravesado sobre la cruz del caballo.

Cuando el sonido de los cascos se perdió en la distancia, Camila pareció volver en sí; ensimismada como estaba en los recuerdos, no se había percatado de que estaba rebasando una esquina sin mirar si venía alguien por la otra calle. Al tocarse el hombro golpeado sintió humedad en la palma de la mano. Era sangre del herido que transportaba el oficial. Supuso que por eso llevaba tanta prisa. Era una suerte que vistiera de negro; de ese modo la mancha era menos visible. Aceleró sus pasos para llegar cuanto antes al convento de San Telmo; don Bernardo necesitaba su ayuda. Probablemente no daría abasto entre tantos heridos.

¡Portada y fecha!


¡Hola!

Ya está la portada de Asedio al corazón y, por supuesto, no podía dejar de enseñárosla.

Espero que os guste.

También quiero deciros que la novela saldrá a la venta el día 4 de mayo. Ay, sólo queda un mes… Ya puedo contar los días.

Muchos besos,

Próxima publicación


¡Hola!

Tengo el inmenso placer de anunciaros que en mayo saldrá publicada mi tercera novela, “Asedio al corazón”.

Será el sello Vergara en la colección Amor y Aventura.

Aún no puedo poneros la portada, pero os dejo la sinopsis:

ASEDIO AL CORAZÓN

San Sebastián. 17 de Agosto de 1719.

Por fin, tras un largo asedio, y la inesperada ayuda del incendio del castillo de la Mota, el Mariscal Duque de Berwick había conseguido tomar la ciudad.

El capitán francés Armand Boudreaux busca supervivientes en el campo de batalla sin saber que va a encontrar malherido a su propio hermano.

Camila es hija del difunto médico, don Arturo de Gamboa, del que todos decían que tenía el Don cuando tocaba a los enfermos. Ella no, pero ayuda en lo que puede socorriendo tanto a españoles como a franceses, criada en la compasión a cualquier ser humano.

Boudreaux sólo tiene dos prioridades en la vida: salvar a su hermano y preservar su corazón, destrozado por una esposa infiel. Camila tiene otras dos: proteger a un pequeño huérfano y dedicarse en cuerpo y alma a su trabajo de sanadora y a sus pócimas; el amor no puede existir para una mujer estéril.

Ninguno de los dos cuenta con que ni batallas, ni enemistad entre sus países, ni siquiera sus propios deseos, deberán luchar contra una pasión que les arrastrará.

Espero que os guste.

Besitos.

Mi primer Encuentro


Estoy agotado. Tengo las páginas un poco despeinadas y los bordes de las pastas abarquillados. Mi última lectora me acaba de dejar en la biblioteca. ¡Sin leerme! ¿Os lo podéis creer?
No sé si enfadarme con ella por semejante desconsideración; pero por otro lado, he de reconocer que la pobrecita no ha tenido tiempo.
Os lo cuento, que me deshojo de ganas.
El sábado me llevó al “I Encuentro de Yo leo RA”.
¡¡¡¡Síiii!!!! Estuve allí.
Se celebró en San Sebastián de los Reyes y fue todo un éxito.
Lo había organizado —muy bien, por cierto— Merche de Yo leo RA y acudieron un montón de autoras del género y muchísimas lectoras (lectores, también).
Sí, podéis imaginar lo que fue aquello. Todo un día para hablar de novela romántica (hubieran necesitado más). Un montón de lectoras comentando lo que les gustaba del género (qué satisfacción escucharlas). Casi todas las autoras españolas reunidas hablando de sus novelas.
Ains… aún tengo la tinta fresca de tanta emoción y se me alborotan los caracteres solo de recordarlo.
Fue fantástico y casi me hace perdonar que no me haya leído. Casi.
Espero que este encuentro se vuelva a repetir y que, otra vez, me lleven para presenciarlo todo.
Y ahora, perdonadme, pero voy a contarles a mis compañeros de balda, todo lo que sucedió en este fin de semana tan ajetreado.
Para que no os enfadéis, os dejo una fotografía de casi todas las autoras que asistieron.
Hasta la próxima.
Todos los derechos reservados©

¡Han vuelto!

Sí, hoy les hemos visto por aquí.

Llevaban varios meses sin venir y empezábamos a temer lo peor.

¿Qué no sabéis a quiénes me refiero? No me extraña, después de tanto tiempo.

¡Darío y Dorotea! Ni más ni menos.

En cuanto les he visto llegar he puesto toda mi atención en averiguar qué había pasado para tan larga ausencia. No he tenido que esperar mucho, pues enseguida les han rodeado los otros ancianos para interesarse por ellos.

Por lo visto, poco antes del verano, Darío resbaló y cayó al suelo. Tuvieron que ingresarle en el hospital; se había roto la cadera.

Imagino el dolor que pasó el pobre hombre. Pero algo bueno salió de todo eso. Dorotea fue a visitarle y allí se encontró con Marta y Alberto, los hijos de Darío.

No os imaginéis que todo fue miel sobre hojuelas. No, nada de eso.

Las cosas nunca son tan fáciles.

Marta, que tras hablar con su padre había decidido conocer a Dorotea, se acercó a saludarla. Por el contrario, Alberto continuó tecleando frenéticamente en su Blackberry sin hacerla el menor caso.

Ni que decir tiene que Darío se sintió mortificado por los malos modales de su hijo, y le hubiera dado un buen pescozón de no haber estado atado a la cama.

¡Estos hijos…!

Dorotea, que es toda una dama, dejó pasar el desaire y centró toda su atención en su amado.

Tras la visita, Marta se ofreció en acompañar a Dorotea hasta su casa y durante el trayecto estuvieron hablando.

Cuenta Dorotea que casi la sometió ¡al tercer grado!, pero que ella se prestó gustosa cuando vio lo preocupada que estaba por Darío. Al final Marta decidió que la anciana no presentaba ninguna amenaza para su padre y terminó por abrazar a la mujer, que estaba tan preocupada por él, como ella misma.

¡Ay! No puedo seguir. Viene la bibliotecaria a ordenar las baldas y no quiero que me encuentre demasiado alborotado, no sea que me incluya en el próximo expurgo.

Otro día os cuento el resto.

Hasta otra,

Todos los derechos reservados©

Ya están aquí


Ya están aquí. Parecía que no iban a llegar nunca, pero ya lo han hecho.

Hace días que las calles están iluminadas con guirnaldas de colores, estrellas brillantes, cascadas de luces… Todo preparado para recibir estas fiestas.

Imagino que el árbol y el nacimiento adornaran muchas casas, y el olor de comidas deliciosas, impregnara los hogares.

Tengo algunas manchas de masa de bizcocho de las Navidades pasadas. La lectora era incapaz de soltarme. ¡Qué satisfacción!

La biblioteca ha estado un tanto triste. La mayoría de los usuarios están liados con las compras para las cenas y comidas, o buscando el regalo prefecto. ¡Nada mejor que un buen libro!

A mí me han dejado olvidado en mi balda y mato el tiempo observando a los pocos que se acercan. Si para Nochebuena no me han llevado, imagino que pasaré aquí la noche. Si os soy sincero, no me importa. Me gusta el ambiente que se crea entre los libros.

La Biblia nos contará el pasaje del Nacimiento de Jesús y nos ayudará a recordar la razón de que celebremos estas fiestas.

Luego, cada uno de nosotros, buscará entre sus páginas, escenas ocurridas o relacionas en estas fechas y las recitaremos para el resto.

Yo tengo una muy bonita y emotiva, que seguro les gusta.

¿Os parezco vanidoso? Pues no lo soy, es que he escuchado más de un suspiro cuando la han leído, así que no creo que me equivoque.

No quiero entreteneros más, intuyó que estáis pendientes de salir a comprar o escribiendo felicitaciones a vuestros familiares y amigos.

Desde esta biblioteca:

¡Os deseamos Felices Fiestas y un Próspero año 2011!

Hasta la próxima vez.

Todos los derechos reservados©

Milagro en las bibliotecas


Hace tiempo que no os contaba nada. Espero que me perdonéis por haber sido tan desconsiderado.

Aquí, en la biblioteca, todo ha sido un caos. El expurgo ha durado más de lo esperado y, pese a saber que no seríamos destruidos —en el caso de ser elegidos para tan funesto fin—, hemos estado un tanto alborotados.

¿Cómo no estarlo? Poneos en mi lugar.

Pero bueno, no es de eso de lo que os quería hablar.

Con los cursos en marcha, hemos vuelto a la rutina. Los ancianos, que ya no tienen que cuidar de los nietos mientras los padres trabajan, han vuelto por la biblioteca y con ellos las peleas por los diarios.

El otro día oí comentar a una de las bibliotecarias que el recinto era milagroso. Yo también lo había pensado, no creáis.

Sólo hay que observar y vosotros también pensaréis lo mismo.

Os lo cuento:

Todas las mañanas, los ancianos van llegando con su característico arrastrar de pies, a golpe de bastón o de muleta. Un grupo de hombres y mujeres de andar despacio y algo quejumbroso. Pero todo eso cambia al cruzar el arco de seguridad de la entrada. En ese momento, sus pies parecen tener alas, el bastón se convierte en un arma para apartar a los incautos y el gesto de dolor cambia por un gruñido de guerra.

Los cojos, andan sin la ayuda del bastón; los que oyen mal, son capaces de captar hasta el más leve crujido del papel; lo que casi no ven, parecen haber adquirido los poderes de visión de Superman y localizan los periódicos del día en un Santiamén.

Atentos los del Vaticano, ¡es impresionante!

Estalla la guerra del diario. Todo vale con tal de alcanzar los apreciadísimos ejemplares.

Manos nudosas y artríticas, asen con extraordinaria fuerza el papel, en un tira y afloja, hasta que se declaran los vencedores o vencedoras.

Después, cuando los carraspeos de las bibliotecarias los llaman a comportarse con decoro, se establece el orden de los turnos y se hace el silencio.

¿Qué no me creéis? Pues os animo a que visitéis a primera hora cualquier biblioteca pública y luego me contáis.

Seguro que os lleváis una sorpresa.

Hasta pronto.

Todos los derechos reservados©

Pilar Cabero - escritora

Pilar Cabero - escritora
Bienvenida amable lectora y también a ti, lector, a mi humilde casa. Elige un sitio para sentarte y ponte lo más cómodo posible. Sí, ese de ahí está bien. Deja las prisas fuera y disfruta del momento. Puedes quitarte los zapatos y arrellanarte en el sofá. Si tienes paciencia y esperas un poco, pondré algo de música para ambientar. Espero que pases un rato agradable y siéntete como en tu casa.

Puedes escribirme en: correo
Gracias por tu visita.

Traductor (Translate)