Los ruidos en la cocina la despertaron a primera hora de la mañana. El olor a café recién hecho la despabiló totalmente. Se levantó. Su marido y su hijo trajinaban preparando el desayuno, como cada jornada en los últimos siete días. Se estaba acostumbrando a esa vida, tanto que apenas recordaba como había sido antes de ahora. No habían hablado del futuro y, a decir verdad, prefería no pensar en eso; ya lo harían más tarde. Había tiempo de sobra.
El timbre del teléfono sonó cuando estaba en la ducha. En medio del ruido del agua oyó a su hijo contestar al aparato. Se sintió un tanto culpable al pensar que probablemente quien llamaba era alguna de sus amigas; no habían hablado desde el cumpleaños de su hijo. Tenía que hablarles de Diego. Ya se imaginaba la sorpresa que se iban a llevar cuando lo conocieran.
* * *
—Ama, ha llamado Julián. Quería recordarte que él estará a las doce en el local. Ha dicho que nosotros vayamos cuando queramos, pero que no te olvides del postre —le explicó Yago a Marina cuando ella salió del baño.
—¡Dios mío! Se me había olvidado por completo.
—Le he preguntado si podríamos llevar a mi padre y me ha contestado que sí —anunció el niño—. Ya veráscuando le conozcan; se van a caer de culo.
Diego soltó una carcajada ante la frase de su hijo. Eran muchas las cosas que estaba aprendiendo en la semana que llevaba con Yago. Ademanes, palabras, gestos. Todo era nuevo para él. Todo era diferente, distinto. Quería hablarle al niño de su época, contarle las cosas que encontraría allí cuando regresasen. Desde luego iba a ser un cambio muy brusco, pero confiaba en la buena disposición y en la valentía de su hijo. A juzgar por lo mucho que Yago le había hablado de su pasión por los barcos de siglos anteriores, ya se imaginaba quién se iba a“caer de culo” cuando viera la Santa Gabriela. Esbozó una alegre sonrisa. ¡Demonios, estaba deseando verlo!
Por otro lado, él ya tenía ganas de volver a su tiempo. Se sentía completamente fuera de lugar en aquel San Sebastián del siglo veintiuno. Le agobiaba el ruido, las prisas, el olor. Había descubierto consternado que muchas de las buenas maneras y costumbres se habían perdido en el olvido. Sin ir más lejos, cuando el día anterior fueron los tres a comer a un sencillo restaurante y él se situó tras Marina para ayudarla a sentar, varias personas le miraron con los ojos como platos.
—No es muy habitual que se haga eso —le explicó su esposa, al ver su cara de sorpresa.
—¿Por qué no? —preguntó Diego, mientras tomaba asiento frente a ella.
—En realidad no lo sé —Marina se encogió de hombros—. Tal vez, el día que las mujeres exigimos ser iguales a los hombres, ellos decidieron dejar de mostrar esa cortesía con nosotras.
—No lo entiendo —sacudió la cabeza—. ¿Por qué queréis ser iguales? Las diferencias físicas que existen entre un hombre y una mujer son incuestionables; son precisamente esas discrepancias lo que nos hace compatibles.
—No me refería a esas diferencias, sino a las laborales. Si una mujer desempeña el mismo trabajo que un hombre deberá cobrar el mismo salario que él.
—¡Ah! No lo había pensado nunca… —aseguró él, sopesando esas palabras.
—Para algunas mujeres, el que un hombre les abra la puerta o les ayude a sentarse puede parecerles una manera soslayada de infravalorarlas.
—Permíteme que te diga que me parece ridículo —siseó Diego, para no atraer la atención de los comensales de las mesas vecinas—. Cuando un hombre cede el paso a una dama, le ayuda a desmontar o a subir a una calesa, no lo hace para demostrarle que él es más fuerte o mejor que ella, sino como una manera de facilitarle las cosas.
—Piensa que ella no es capaz de hacerlo por sí misma —inquirió con sarcasmo.
—No tergiverses las cosas, sirena. ¿Piensas, acaso, que cuando yo hago esas cosas por ti te estoy llamando inútil? —preguntó, indignado.
—Supongo que no… —murmuró ella, bajando la mirada al plato.
—¿Supones? Me ofendes, sirena. Nunca te he considerado inferior a mí y, desde luego, estás muy lejos de parecerme inepta. Quizá tanta polución os ha obnubilado el cerebro y veis cosas que no son reales —barbotó, indignado con las conjeturas a las que había llegado Marina.
—Ahora eres tú quien me ofende —aseguró su esposa, con los ojos refulgentes como esmeraldas.
—Ama, nos están mirando… —musitó Yago, avergonzado.
—Lo siento…
—Lo siento…
Se habían disculpado a la vez.
La discusión del día anterior en el restaurante ponía más en relieve, si cabe, lo desplazado que se sentía en ese mundo. Sus costumbres estaban claramente obsoletas. Reconocía que algunas cosas eran mucho mejores. No podía negar que las máquinas aligeraban en gran medida el trabajo de las personas y que los adelantos médicos eran impresionantes, pero él allí no tenía nada que hacer. Se sentía inculto y analfabeto en esa era de ordenadores.
A su hijo le asombraba que desconociera tantas cosas que para él eran cotidianas; y le hacia mil preguntas, tratando de averiguar dónde había estado todos esos años. De momento estaba saliendo airoso del insistente interrogatorio mediante hábiles cambios de tema, pero dudaba de que esa suerte pudiera durar mucho tiempo más. Yago era demasiado listo como para no sospechar que le estaban ocultando algo.
—Ama, ¿qué vas a preparar? —preguntó su hijo, con los ojos brillantes de expectación—. ¿Harás tiramisú?
—Es un poco tarde para hacer tiramisú, cariño. Haré tarta de manzana si me ayudas a pelarlas.
—¡Guay! Me encanta… —exclamó, complacido.
—¿Puedo ayudar en algo? —indagó Diego, alborotando el cabello de su hijo.
—Comienza pelando estás manzanas —ordenó Marina. Y colocó el frutero en la mesa.
* * *
Mientras hablaba por teléfono con María, Marina controlaba el tiempo en el reloj del horno. Las tartas estaban tomando una pinta deliciosa. Diego y el niño veían una película de piratas (las favoritas de su hijo) en la televisión.
—No tienes perdón —volvió a repetir por enésima vez su amiga—. Beatriz me ha telefoneado sorprendidísima. Ese hombre lleva una semana contigo y no nos has dicho nada… lo sé porque me lo acaba de contar Alex. Le he llamado para preguntarle si él sabía algo y me lo ha contado todo…
—Lo conoció la semana pasada… —comenzó Marina.
—Lo sé, lo sé —cortó María, impaciente—. Dice Alex que es igual a Yago y que es bastante misterioso. ¿Qué pasa con él? Creíamos que estaba muerto…
—Yo también lo pensaba, pero afortunadamente me equivoqué…
—¿Dónde ha estado todo este tiempo? —preguntó su amiga, expectante.
—No puedo contarlo, es… —Marina calló sin saber que decir. Desde luego estaba descartado explicarle la verdad, ¡no la creería!—. De verdad, no puedo contarlo.
—Pero… con tanto misterio voy a pensar que es El agente 007. —María soltó una carcajada—. Vaya, no veo la hora de conocerlo…
* * *
El local era un antiguo bar que los últimos inquilinos abandonaron al jubilarse y que Julián había heredado unos años atrás. Acabada la comida, los ocho adultos conversaban en torno de una mesa enorme, mientras los cinco niños, ya ahítos de comida, jugaban al parchís en otra mesa.
Todos se habían mostrado inquietos ante la presencia de Diego. Marina temió que por una vez, sus amigos les acribillasen a preguntas, pero ellos se estaban comportando con su habitual discreción y no les sometieron al Tercer grado, pese a la escueta información que les había brindado sobre Diego. Si se devanaban los sesos tratando de entender de dónde salía un hombre al que todos creían muerto, no decían nada, cosa que Marina les agradecía sinceramente. Ya habría tiempo para aclarar algunas cosas.
Vio que su marido se incorporaba en la silla, en señal de respeto, cuando Beatriz se levantó para ir a buscar más hielo. Por mucho que, durante esos días, Diego había intentado adaptarse a las costumbres del siglo actual, prevalecían las buenas maneras inculcadas desde su infancia y continuaba ejerciéndolas.
Marina no podía quitarle los ojos de encima. Se sentía como una colegiala enamorada y no le importaba lo que pudieran pensar los demás; era demasiado feliz para preocuparse por esas menudencias. A veces tenía que tocarle para cerciorarse que era real y no una jugarreta de su imaginación. Era increíble lo rápido que se adaptaba a la vida de pareja. También Yago había aceptado a su padre como si siempre hubieran estado juntos. Le llamaba aita sin ningún problema y su mirada delataba lo dichoso que se sentía con él.
Los cuatro hombres se levantaron con alboroto.
—No te preocupes por nada, Diego; nosotros te enseñaremos a jugar… —señaló Carlos—. Puedes ser mi pareja.
—Será fantástico poder jugar al mus cada vez que nos reunamos —apostilló Julián. Colocó el tapete verde y un mazo de naipes en una mesa adyacente—. Nada como una buena partida después de comer…
—¿Cuáles son las reglas del mus? —preguntó Diego, expectante, y se sentó frente a Carlos.
Sin perder el tiempo, los tres hombres le explicaron los pormenores del juego de naipes. No tardaron en enfrascarse en la partida, ajenos a todo lo demás.
Las mujeres no les quitaban ojo.
—¿Estás segura de que no es el Agente 007? —murmuró María, sentándose al lado de Marina—. Para mí que tiene toda la pinta. —Alzó los ojos al techo—. Nunca hubiera imaginado que un hombre se viera tan varonil con el cabello largo.
—Calla, te van a oír… —Marina señaló a los hombres con un ademán imperceptible, aguantando la risa.
—Por el amor de Dios, ahora entiendo tu falta de interés por el resto de los hombres —suspiró María con teatralidad—. ¿Se quedará definitivamente o tendrá que marcharse?
—Aún no lo hemos hablado…
—Ya… Supongo que habréis estado ocupados en otras cosas… —aseguró María con descaro—. No te lo reprocho, amiga; nosotras estaríamos haciendo lo mismo.
—Ya lo creo… —corroboró Beatriz, con travesura—. Me alegro mucho de que os hayáis vuelto a encontrar —continuó más seria—. Parece un buen hombre y desde luego está muy enamorado de ti.
—¡No lo dudes! —exclamó Mónica—. Sólo hay que ver qué miradas te dedica… Podrían incendiar un bosque entero. Si un hombre me mirara de ese modo, me convertiría en su esclava para siempre.
Las cuatro mujeres rompieron a reír. Los jugadores se volvieron a mirarlas con interés; al ver que ellas no tenían visos de compartir lo que les causaba gracia, continuaron con la partida, no antes de que Diego le guiñase el ojo a Marina y alzara una ceja de manera inquisitiva. Las cuatro mujeres redoblaron las carcajadas, mientras los hombres sacudían la cabeza, tratando de restarle importancia.
* * *
Durante la semana siguiente continuaron recorriendo los lugares más emblemáticos de la comarca. Siempre que el tiempo lo permitía salían a navegar. Ese verano no estaba siendo muy benévolo con los veraneantes, pues llovía demasiado a menudo. Tal vez por eso Diego había comenzado a toser de manera persistente. El día anterior, a petición del propio Diego, habían ido a un herbolario para comprar una serie de plantas medicinales con las que paliar su molesta tos.
—Si no notas mejoría tendremos que ir al médico —anunció Marina—. Te has tomado varias tisanas y tu tos sigue igual.
—Imagino que tendré que darle más tiempo. Anda, vamos al Sirena; no veo la hora de salir al mar.
—No creo que sea lo más apropiado. Si tienes catarro el aire fresco del mar no lo mejorará en absoluto —pronosticó ella.
—No te preocupes; no creo que sea catarro. El aire del mar me hará sentir mejor. Te lo aseguro.
Yago encabezaba la marcha camino del muelle, encantado con la perspectiva de salir en barco. No tardaron mucho en zarpar del puerto, ayudados por el motor. Una vez fuera de los muros de la dársena, Diego desplegó las velas para aprovechar el viento del sudoeste que soplaba en ese momento.
Marina lo veía hacer, maravillada con la facilidad con que realizaba esas tareas. Comprendía que para su marido, pilotar un velero de pequeño tamaño como el Sirena sería como manejar un juguete, comparado con las grandes naves a las que estaba acostumbrado.
—Yago, muchacho, sujeta el timón. —Un acceso de tos le impidió seguir hablando—. Iré a prepararme una tisana.
—Vale, aita —contestó el niño.
—¿Quieres que te la prepare yo? —se ofreció Marina.
—Eres muy amable, pero no te molestes, yo mismo la… —Volvió a toser—. ¡Por todos los demonios! Esta maldita tos acabará con mi paciencia. No creo que pueda aguantar mucho tiempo más —aseguró, entrando en la cabina.
—¿Qué quieres decir? —indagó Marina, intrigada por las palabras de Diego.
—Te lo puedes imaginar, sirena. —Se volvió para mirarla—. Tenemos que regresar…
—Le diré a Yago que se prepare para virar… —Hizo ademán de salir de la cabina, pero las siguientes palabras de su marido la hicieron frenar en seco.
—No. Me refiero a regresar a mi época. No hay razón para demorarlo más. Deberéis preparar todo lo que vais a llevar…
—¿Qué diablos estás diciendo? —le cortó Marina—. ¿Cómo te atreves a tomar semejante decisión sin decirme nada?
—Lo estoy haciendo ahora. No me negarás que es lo mejor…
—¿Lo mejor? Sin duda has perdido la cabeza.
Marina estaba fuera de sí; primero, porque en ningún momento había pensado en que él quisiera volver a su tiempo; segundo, porque eso mismo le parecía imposible. Diego no podía hablar en serio.
—Es una buena idea —trató de explicarle Diego—. Ahora que tengo familia no me parece buena idea estar continuamente navegando. Me dedicaré a tratar con los arrendatarios que viven en mis tierras. Es la mejor solución.
—¡La mejor solución! ¡Sin duda estás loco! —exclamó Marina, anonadada—. ¿Cómo puedes siquiera creer seriamente que puedo volver al siglo XVIII y, para colmo, llevarme a mi hijo?
—También es mi hijo, ¡maldita sea! —juró Diego, mesándose el cabello—. Quiero estar con él. ¡Necesito estar con él! Llevo aquí quince días y he disfrutado cada segundo con su presencia. No puedo renunciar. Vine aquí para convencerte de que regresases conmigo en el caso de que no estuvieras casada.
Marina se paseó por la pequeña cabina, crispada por la actitud machista de Diego. Había tomado la decisión de regresar a su tiempo sin consultarla, como si ella nada tuviera que opinar sobre el tema. Es más: el muy ladino había dejado pasar quince días para dar la andanada. Ahora que estaban entusiasmados el uno con el otro era muy difícil separarlos. Y el tramposo lo sabía. Se sentía furiosa. Habían ido al cine, a navegar, incluso había jugado con Yago con la videoconsola.
—Diego, sé razonable...
—Estoy siendo razonable —aseveró.
—No. No lo estás siendo en absoluto —protestó Marina—. ¿No comprendes que tu época es más primitiva que la mía? ¿Qué mejoras tiene comparada con ésta? La medicina —comenzó a enumerar con los dedos—; si Yago contrajese una gripe lo más probable es que muriera de ella. Y eso es algo que aquí no tiene importancia. Supón que es apendicitis lo que tiene. En tu tiempo no existe ningún cirujano capaz de operarle con éxito. Yago quiere ser médico. ¿Qué tipo de medicina obsoleta quieres que aprenda?
—¡Basta ya! —Tosió—. Puede llevarse algún tratado de medicina de aquí para ampliar los conocimientos. —Se mesó el cabello, en un gesto típicamente suyo—. Piensa tú en la polución. ¡Por Dios, si no soy capaz de quitarme este picor de garganta desde que llegué! —barbotó, enfadado—. ¿Y los coches? Aquí está expuesto a tener cualquier accidente. —Volvió a toser.
—Allí también —aseguró ella, ceñuda, tratando de no prestar atención a esa tos tan extraña—. En el siglo XVIII también ocurren accidentes. ¿O es que en ese lugar tan paradisíaco todo es perfecto?
—No. Pero a ti sí te lo parece el tuyo. Me he estado informando todos estos días y lo que he visto da miedo. Está esa enfermedad, ¿cómo se llama? —lo pensó un momento—. “Sialgo”.
—SIDA.
—¡Como diablos se llame! —bramó Diego y volvió a toser—. ¿Las drogas? ¿La capa de ozono? Eso te parece adecuado para que mi hijo viva en este tiempo. ¿No ves las noticias en eso que llamas televisor? Todos los días anuncian nuevas catástrofes y la mayoría son provocadas por el hombre. ¡Es de locos! ¿Deseas eso para vivir?
—Por lo menos aquí es posible darse una ducha con agua caliente cuando te place —defendió Marina—. Puedes oír las noticias por la radio o verlas por televisión. Hablas por teléfono en cualquier momento y lugar, sin esperar meses a que llegue una carta para saber de alguien. —Sonrió ante el triunfo que creía haber ganado—. No me digas que a ti no te resulta más cómodo vivir aquí con todas esas ventajas. ¿Por qué no te quedas tú?
—No puedo, Marina, de verdad no puedo —negó con la cabeza, apesadumbrado—. Aquí no tengo nada. Ni trabajo ni dinero. ¿Qué podría hacer yo aquí? Las experiencias que tengo no me sirven para nada en tu mundo. Al menos allá Yago tendría una ventaja… —Diego la miró socarrón y Marina se preparó para el ataque—. Allí no podría jugar con la PlayStation...
—No cuela, Diego. No iremos. Y es mi última palabra. —Marina suspiró y se mordió el labio, pero se mantuvo firme—. No voy a volver a meterme en ese confesionario; me da tanto miedo que no he vuelto por la iglesia de San Vicente ni para ver cómo la han restaurado. Per tempore; esas dos palabras me dan escalofríos. Por supuesto… tú estás en tu derecho de hacer lo que quieras... mi hijo y yo nos quedamos aquí.
La mirada de Diego era de pura incredulidad y Marina se percató de eso, pero no podía hacer nada para evitar aquella situación. Era imposible regresar a aquella época, por más que Diego se afanase en ello. Entendía que él quisiera volver; después de todo era su sitio y aquí estaba fuera de lugar; pero ella tenía miedo de que a Yago le ocurriese algo y no hubiera medios necesarios para solucionarlo.
La discusión había provocado que Diego tosiera con más fuerza. Le preparó la tisana. No le gustaba el sonido tan seco de aquellas toses, que empeoraban conforme pasaba el tiempo. Era el momento de hacer algo. Le entregó la taza con la tisana y salió a la cubierta.
—Yago, tenemos que virar. Tu padre está peor. Le pediré a Alex que lo mire.
El niño asintió en silencio y comenzó a girar el timón.
* * *
Aquella noche, por primera vez desde que se reencontraron, no hicieron el amor. Ni siquiera durmieron juntos. Nunca la cama le había parecido tan grande ni tan vacía; ni la noche tan silenciosa sin sentir la segura respiración de su marido. ¡Su marido! ¡Cuántos años sin poder decirlo! Se le llenaron los ojos de lágrimas al imaginarse lo que sería de su vida cuando Diego se marchase.
Regresarémañana, por la mañana, en cuanto abran la iglesia. Recordó las palabras que Diego le había dicho cuando se separaron para dormir. Volvían a sonar como cubitos de hielo en sus oídos. Pero ya había tomado una decisión y esperaba que Dios le diera fuerzas para soportarlo.
Habían estado en casa de Alex. El médico, tras auscultar a Diego, había llegado a la conclusión de que, si bien sus pulmones parecían sanos, su garganta presentaba una irritación bastante llamativa. Era necesario hacerle unas pruebas para diagnosticarlo mejor.
* * *
—Vengo a pediros... a pedirte un favor. —Diego apretó los dientes ante el ruego que tenía que formular. Eran las ocho de la mañana y se encontraba ante la puerta de la casa del desconcertado Alex—. ¿Tienes que ir a trabajar?
—No. Hoy no tengo consultas. Pero pasa y cuéntame que sucede. —Le abrió más la puerta para dejarle pasar—. ¿Estás peor? Iba a llamar a un colega para hacerte las pruebas de las que te hablé ayer…
—No. Te agradezco tu interés, pero no me haré ninguna prueba. Me voy... —Volvió a toser—. Tengo que marcharme. Por eso necesito que me hagas un favor.
—En serio, Diego, es primordial averiguar por qué tu garganta está así; esa tos no me gusta nada. —Le señaló un sillón para que se sentara y él hizo lo propio—. Tú dirás…
—Es difícil... —comenzó el visitante, cabizbajo—. Quizá Marina te lo cuente. No lo sé. Yo ahora no tengo tiempo ni ganas de hacerlo. Lo siento.
—Bien, en ese caso dime qué es lo que necesitas y si está en mi mano... —propuso el médico.
—Sé que hasta ahora has estado cuidando de mi... de Marina y de Yago. Te ruego que, dentro de tus posibilidades, sigas haciéndolo.
—Eso no tienes ni que pedírmelo —le cortó Alex, irritado—. Lo haré igualmente. Ella es una buena amiga y yo la quiero. Bueno, eso es evidente... —La pena se reflejó en los ojos ambarinos del médico—. No te preocupes, los cuidaré. ¿Pero por qué no puedes hacerlo tú mismo? Marina… ¿Sabe ella que te vas?
Diego asintió, incapaz de hablar por la tos seca y persistente
—Gracias —dijo al final, pero el sonido le salió quebrado por el pesar y la amargura—. Ha sido un placer conocerte.
Los dos hombres se dieron un apretón de manos. Y Diego abandonó la casa con el mismo aspecto del reo que llevan al cadalso.
Si trece años antes había pensado que dejar partir a Marina era lo más difícil que había hecho en su vida, ahora marcharse, abandonando a su mujer y al hijo, que recién conocía, era aún peor. Infinitamente más doloroso y desgarrador. Pero no podía quedarse. Al margen de su falta de preparación para desempeñar la mayoría de los trabajos; estaba convencido que el aire era irrespirable para sus pulmones. Le parecía que por mucho tiempo que estuviera nunca llegaría a acostumbrarse a él.
* * *
Yago se preparó con minuciosidad. Tenía en la mochila todo lo necesario para vivir un par de días; no creía que tardase más en encontrar a su padre. Desde que Diego se marchara había pasado mucho tiempo en la biblioteca, informándose sobre todo lo relacionado con el siglo XVIII. No es que Diego le hubiera dicho nada; más aún: aquella noche, cuando fue a despedirse, simplemente le había anunciado que tenía que marcharse y que de alguna manera trataría de volver a verlo, pero que no sabía con exactitud si ello sería posible. Por más que él le suplicó que le llevase consigo, no había conseguido nada. Diego se marchó a la mañana siguiente. En el sofá quedaron los pantalones, las camisas y los zapatos que había usado durante los días que había permanecido con ellos, como mudo recordatorio de que no era un sueño y de que, en verdad, había visto a su padre.
Cuando interrogó a su madre sobre la precipitada partida de Diego, ella se limitó a encogerse de hombros como si no tuviera importancia, pero sus párpados hinchados y su rostro abotagado desmentían esa impresión. Su madre trató de entretenerle, como tantas veces antes de que su padre regresara de entre los muertos para volver su vida del revés. Se sentía desdichado. Por eso decidió buscarlo.
En su mente revoloteaban las palabras oídas a hurtadillas en la cubierta del Sirena, durante la discusión de sus padres. Ella había mencionado el siglo XVIII, pero no el año; no tenía importancia; cuando se metiese en el confesionario del que hablaban y recitase aquellas palabras, “per tempore”, pensaría en su padre. Esperaba acertar con el tiempo. Sería toda una aventura, siempre que saliera bien. Deseaba estar con Diego, pero sobre todo anhelaba que ellos estuvieran juntos. En el tiempo que habían compartido su madre parecía más joven. No es que él entendiera mucho de esas cosas: simplemente era cuestión de mirarla y ver que era feliz. Por eso no entendía que le hubiera dejado marchar. Había momentos en los que odiaba a su madre por haberle engañado; por haberle mentido de esa manera; por haberle privado de su padre. Pero en otros instantes comprendía que ella estaba sufriendo tanto como él. Y entonces volvía a enfadarse con ella, por haber permitido que él se fuera, haciéndoles desgraciados a los tres.
Cerró la mochila, luego de asegurarse que el medallón permanecía bien guardado dentro. Por la mañana había escrito una carta para su madre, que ahora sujetó a la puerta del frigorífico con un imán. Esperaba estar ya en el otro tiempo cuando ella regresara de entregar el cuadro y viera la nota. Paseó la vista por la casa, por si olvidaba algo, y salió, decidido a cumplir con su objetivo.
La iglesia estaba abierta y casi vacía. Buscó el confesionario, se metió dentro y esperó, sentado en el asiento forrado de terciopelo.
—Per tempore, per tempore,per tempore —recitó como un mantra.
Cinco minutos más tarde no había pasado nada, al menos nada apreciable. Por si acaso salió y miró alrededor. Las personas que estaban en la iglesia vestían como él estaba acostumbrado. Dedujo que seguía en la misma época. Comenzaba a impacientarse cuando descubrió un segundo confesionario. Sin pensarlo más, entró y se dispuso a repetir las palabras.
* * *
Marina estaba cansada. Demasiadas noches sin dormir. Lo peor de todo no era la falta de descanso: lo infinitamente peor era lo mal que se sentía. Era como si alguien hubiera dado a su vida un montón de zarandeos, hasta dejarla deshecha y sin rumbo. Había entregado el cuadro y por vez primera el trabajo no era satisfactorio. Hasta la dueña se dio cuenta y le reprochó ese trabajo tan deficiente.
Lo asombroso es que no le había importado. Desde que Diego se había ido ya nada merecía la pena. Era mucho peor que su propio regreso, trece años antes, y mucho más doloroso.
La seguía preocupando la salud de Diego. Ojalá allí, en su mundo, se hubiera recobrado. ¡Dios, cómo lo echaba de menos!
Lo peor de todo era la sensación de enorme arrepentimiento por no haber sido capaz de dejar a un lado el orgullo para despedirlo sin rencores. Recordaba cada palabra cargada de reproche; cada mirada, primero furiosa y después dolida por la inapelable decisión. Desde que Diego se había ido, ella dormía abrazada a una de sus camisas; era una manera de sentirlo cerca.
No había querido ver a nadie. Alex le llamó en repetidas ocasiones, interesándose por ella, incluso se acercó a la casa para hablar, sin resultado. Necesitaba estar sola para lamerse las heridas.
Lo terriblemente angustioso era que la camaradería que hasta ese momento había tenido con Yago ahora brillaba por su ausencia. Su hijo no hablaba mucho con ella; se lo veía taciturno e introvertido. Había ido varios días a la biblioteca, pero mantenía en secreto qué es lo que leía allí. Incluso casi no jugaba con su PlayStation. Sentía que lo estaba perdiendo y que, de alguna manera, su hijo ponía barreras a su alrededor, distanciándose de ella. Por mucho que intentaba acercarse a él, Yago se lo impedía. No sabía qué hacer para recuperar la antigua confianza y tenía miedo de que el abismo abierto entre ambos se hiciera insalvable. Si la adolescencia era, de por sí, una etapa complicada, la marcha de Diego la enmarañaba un poco más.
—¡Maldito Diego Izaguirre! ¿Por qué volviste? ¿Por qué no te quedaste allí? —murmuró con rabia, antes de entrar en casa.
Marina se sabía injusta al culpar a Diego de sus problemas con Yago. También ella era culpable. Debería haber intentado hablar con su marido para llegar a un acuerdo. Tal vez, si no se hubiera obcecado en su postura de no regresar al pasado… pero en verdad era tan descabellado ir allí y exponer a su hijo a todos sus peligros…
—Yago, cielo, ya he vuelto —anunció, más calmada.
No obtuvo ninguna respuesta. Al ver la puerta de la habitación cerrada, Marina supuso que estaba otra vez entretenido con su videoconsola, luchando contra los marcianitos. Miró en el cuarto, pero estaba vacío y demasiado ordenado para el caos que solía adornar la habitación de su hijo. Un tanto intranquila se dirigió al frigorífico; seguramente le había dejado una nota para advertirle adonde había ido.
En cuanto vio la carta le encogió el estómago un mal presentimiento. Se llevó la mano al cuello para no gritar. Esta vez lo había perdido de verdad.
Querida ama:
No te preocupes por mí. He ido a buscar a mi padre. Os oí discutir el otro día. Lo sé todo. No te enfades conmigo, sólo quiero estar con él y le echo mucho de menos. Le quiero tanto como a ti y me gustaría que pudiéramos estar los tres juntos. Ha sido guay tenerlo en casa y quisiera que eso fuera para siempre.
No tengo miedo a lo que encuentre en ese siglo. He estudiado todo lo que he podido en la biblioteca y he visto películas. No puede ser tan malo.
¡Será una aventura!
Me habría gustado que vinieras conmigo. Quizá ahora lo hagas.
Te quiero mucho y siempre me acordaré de ti.
Un beso.
Yago
* * *
Tenía todo recogido y ordenado. Volvió a repasar todas las cosas y, cuando las encontró a su entera satisfacción, se permitió el lujo de descansar. Llevaba desde la tarde anterior preparándose para el viaje, pues al descubrir la nota de su hijo también había comprendido que la iglesia, a esas horas, estaría cerrada; no podría hacer nada hasta el día siguiente. Yago no había vuelto a casa en toda la noche. Necesitaba creer que lo había conseguido y que se encontraba con su padre; pensar otra cosa era terrorífico.
Apoyó las manos en el estómago, en un intento de calmar el dolor mientras paseaba inquieta por la sala. Necesitaba hablar con alguien; si continuaba allí sola terminaría por volverse loca.
Marcó el número de Alex.
—¿Diga? —Al otro lado del teléfono se oyó la voz somnolienta del médico.
—Hola, Alex. Perdona que te despierte...
—¿Te ocurre algo? —preguntó, preocupado—. ¿Qué te pasa?
—No, nada... Bueno, Yago se ha marchado para buscar a su padre... —Pensó en qué más contarle, pero el teléfono era muy frío para confidencias—. ¿Podrías venir a mi casa?
—Por supuesto; dame unos minutos y allí estaré.
Colgaron; inmediatamente Marina se hizo una tisana relajante. Eran las seis de la mañana y aún quedaba mucho tiempo hasta que abrieran las puertas de la iglesia de San Vicente. Debía relajarse antes de que la impaciencia le hiciera perder la razón.
* * *
Veinte minutos más tarde, Alex llamó a la puerta de Marina. Llevaba el pelo revuelto y la barba sin afeitar. No había querido entretenerse en nada; la voz de ella estaba muy alterada y necesitaba saber qué había ocurrido para que Yago se marchase.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó, en cuanto se abrió la puerta.
—Mi marido regresó a su casa...
—¿Tu marido? ¿Estabas casada con Diego? —Se mostró consternado; no tenía ni idea de que ella estuviese casada; él no se lo había dicho.
—Sí, me casé con él hace trece años. —Le mostró el anillo que había lucido en su dedo anular durante todos esos años—. Ven, siéntate, por favor. Lo que tengo que contarte es muy extenso. He preparado café.
Alex, demasiado aturdido para hablar, la siguió a la cocina sin quitarle la vista de encima. Ella estaba muy pálida y tenía las ojeras moradas de cansancio. Dedujo que había pasado toda la noche levantada.
—¿Cuándo lo has sabido?
—Ayer, cuando regresé de entregar un cuadro —susurró Marina, pasándole una taza de café humeante.
—¡Por Dios! ¿Cómo es que no me llamaste? —inquirió, exasperado.
—No podíamos hacer nada; de hecho, no puedo hacer nada hasta dentro de unas horas.
—¿Por qué no? —indagó él, mientras tomaba un sorbo de café.
Marina se sentó y comenzó a contarle todo lo ocurrido trece años atrás, durante los tres meses de su desaparición. Él no podía creer lo que estaba oyendo. Era imposible. Esa historia tenía que ser un invento.
—¿Me estás diciendo que saltaste en el tiempo y que apareciste a principios del siglo XVIII? —insinuó, tratando de asimilar todo lo que ella le contaba.
—Sí. Por eso no pudisteis encontrarme —aseguró, cansada.
—¿Dijiste que él había muerto porque estaba en otro tiempo? —Era de locos. Inverosímil.
—Ya te he comentado que, cuando le dejé allí, él estaba luchando para salvar la vida y me obligó a regresar. Aunque hubiera resultado ileso, como así fue, después de trescientos años era seguro que no viviría.
—Por supuesto... ¡Dios mío! Por eso él me resultaba tan extraño. ¡Santo Dios! Es como para perder la razón —exclamó, frotándose la frente para despejarse—. Me resulta imposible de creerlo.
—Lo sé, yo tampoco lo hubiera creído de no haberlo experimentado en carne propia —murmuró Marina, cansada—. Comprendo que no lo hagas, pero… ¡Es la verdad!
Alex no quería contrariarla y decidió seguirle la corriente, esperando encontrar algo de sensatez en todo lo que le estaba contando.
—Y ahora Yago ha ido tras él. ¿Qué vas a hacer? No, no me lo digas... Le vas a seguir.
—No tengo otro remedio. Mi hijo no sabe nada de aquel tiempo; tan sólo tiene la idea romántica de los libros y las películas —suspiró—. La realidad es más devastadora y peligrosa. Debo encontrarlo. Estoy aterrorizada.
Guardaron silencio un rato mientras acababan, Alex su segunda taza de café y Marina, la infusión que se le había quedado fría en la taza.
—¿Qué puedo hacer yo? —solicitó el médico, impotente ante los acontecimientos.
—Nada. Cuida de mi casa y del Sirena. No sé si podremos volver... —Lo miró con lágrimas en los ojos—. ¡Oh, Alex! No sé si podré encontrarle. ¿Y si terminamos en épocas diferentes? ¡Tengo tanto miedo! ¡Sólo es un niño!
—Deja de atormentarte y piensa con más lógica. ¡Por Dios! ¿De qué lógica hablo? —se amonestó—. Tú desapareciste en agosto de mil novecientos ochenta y nueve y apareciste en agosto de mil setecientos. —Se acarició el mentón, pensativo—. Tres meses más tarde reapareces. Aparentemente el tiempo ha transcurrido paralelo. Diego pasa de julio de mil setecientos trece a julio de dos mil dos. Nada hace suponer que, cuando él volvió a su tiempo, no lo hiciera dieciséis días después de salir de allí. Puestos a imaginar, Yago habrá llegado a esa época del mismo modo...
—No lo sabemos —cortó Marina, desesperada. Se levantó, incapaz de estarse quieta—. Ha podido ir a cualquier otro año, siglo o milenio. Incluso... No lo sé, me estoy atormentando.
—Piensa que lo ha conseguido y que ahora está durmiendo en casa de su padre, en un colchón de plumas o dondequiera durmieran entonces.
Marina rompió a llorar. Alex se levantó y fue a abrazarla, en un intento de darle apoyo en aquellos momentos tan difíciles y tristes. Ella hipó contra su pecho, agotada. Con cuidado para no sobresaltarla, la cogió en brazos y la llevó al sofá, donde la tumbó para que descansara un rato. Luego se arrodilló a su lado y le acarició el pelo hasta percibir que ella dejaba de llorar y se dormía.
Se marcharía. Lo más probable era que no volviese a verla. Pensarlo le partía el corazón. Sin embargo, desde el momento en que vio cómo miraba a Diego supo que Marina jamás querría a otro. No dudaba (y menos después de haberlo visto aquella mañana), de que a Diego le había resultado muy difícil tomar la decisión de abandonar a su mujer y a su hijo. De haber podido evitarlo no lo habría hecho. Probablemente su tos se debía al aire contaminado de la época actual. Una vez alejado del monóxido de carbono, su irritación de garganta y su tos desaparecerían.
Si Diego era inteligente, destruiría es maldito confesionario una vez que los tuviera a los dos junto a él.
Publicado por
Anónimo
jueves, 3 de diciembre de 2009
comentarios (0)
-->
Muchas personas, al saber que mi novela A través del tiempo era más larga, me han estado pidiendo que colgase los capítulos que quité.
Bien, hoy he decidido hacerlo y en varias entradas os pondré los dos capítulos y medio finales. No están corregidos, por lo que podéis encontrar alguna errata.
Espero que os guste y disfrutéis con las aventuras de Diego, Marina y Yago.
Un beso para tod@s y muchas gracias por vuestro apoyo.
Oyó la voz de su hijo como si viniera de muy lejos. Abrió los ojos, confundida por encontrarse en el suelo del velero. ¿Se habría caído? Poco a poco recordó. ¡Había visto a Diego! Estaba segura; parecía demasiado real como para no ser cierto. Notaba los latidos rápidos e inestables del corazón. No quería seguir pensando en ello, era doloroso y no conducía a nada. Si seguía imaginando cosas así, jamás podría olvidarle.
«Pero es que tampoco quiero olvidarle», pensó desalentada. «Aún le quiero.»
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Alex, mientras le tomaba el pulso con eficiencia. Una vez satisfecho la ayudó a incorporarse despacio—. ¿Qué te ha pasado?
Alex le acercó un vaso de agua con cara de preocupación. Yago miraba a su madre con el temor reflejado en sus ojos claros.
—No me pasa nada, no os preocupéis… —aseguró Marina con un suspiro. Miró a la barandilla del puerto para comprobar si el hombre seguía allí. Por supuesto, no estaba. ¿Cómo iba a estar? Todo era fruto de su inventiva—. Creo que me ha dado demasiado el sol, eso es todo —murmuró, tratando de no evidenciar desencanto.
«¿Cómo has podido creer que Diego estaba aquí?», pensó, resentida y lastimada por su desbordante fantasía. «Pero lo vi tan claro… Parecía tan real.»
—¿Estás bien, sirena? —La añorada voz llegó hasta sus oídos—. ¿Estás bien?
No podía ser verdad… era imposible… Con el corazón al borde de un infarto, lo buscó con la mirada y lo encontró a sus pies, detrás de Yago. Su rostro moreno, tantas veces recordado, mostraba signos de ansiedad y cansancio. El cabello, otrora renegrido, estaba salpicado de canas y un tanto despeinado, como si lo hubiera estado mesando repetidas veces. Aunque por él habían pasado los años, para ella seguía siendo impresionante.
¿Era una aparición? ¿El golpe en la cabeza le hacía tener visiones?
—¿Estás bien? —repitió Diego, impaciente.
Ella sonrió con ternura. Hasta como fantasma seguía siendo un mandón.
—¡Por el amor de Dios! Deja de sonreír y dime si estás bien —ordenó claramente molesto.
—Sí —contestó ella con el corazón desbocado, incapaz de apartar los ojos de él— ¿Eres de verdad? ¿Estás… vivo…? No es posible, creí que… te vi con los hombres del preboste… —articuló confundida.
—Lo sé, pero al final no pasó nada. Estoy bien.
Alex les miraba. En su cara se podía leer la perplejidad que sentía en ese instante.
—Supongo que os conocéis. —No era una pregunta.
—Sí. Nos conocemos desde hace años... —anunció Marina. Y se levantó ante la mirada atenta de los tres—. Él es… Diego Izaguirre... Ellos son Alex Goena y mi hijo... Yago.
Diego inclinó la cabeza a modo de saludo y, tras unos segundos de confusión, se estrecharon las manos sin apartar la mirada el uno del otro. Marina sospechó que se estaban evaluando como rivales. Yago permanecía al margen, con los ojos clavados en el recién llegado. Su madre casi podía escuchar las mil y una conjeturas que se estaba haciendo, comprendiendo el desconcierto ante esa aparición, le tomó por los hombros, tratando de tranquilizarle.
—Pero... pero... él es… ¿él es mi padre? —articuló el niño por fin—. ¡No ha muerto! ¿Por qué no ha muerto? Tú dijiste…
Los ojos de Diego se volvieron como relámpagos hacía Yago. Marina advirtió en ellos el reconocimiento y la esperanza. Él quitó la gorra a Yago y le acarició el pelo casi con reverencia. Dos pares de ojos grises se miraban con atención.
—¿Mi hijo? ¡Por Dios! Un hijo… ¡tengo un hijo! —profirió ante la consternación de Alex, que no salía de su asombro— ¿Por qué no me dijiste nada? —Se volvió a Marina y la agarró por los hombros con fuerza—. ¡Por todos los demonios del infierno, sirena! ¿Cómo pudiste ocultarme que estabas embarazada? ¿Acaso pensabas que no te dejaría volver?
—Lo descubrí después de regresar. Fue una sorpresa...
—¡Dios de los cielos! —La soltó, abatido—. Todos estos años a punto de morir, sin saber que tenía un hijo. —Se mesó el cabello, desconcertado—. Podría haber muerto un millar de veces, sirena, y nunca lo habría sabido. Y tú… tú aquí sola con él...
—¡No, sola no!
Diego se volvió a Alex con celeridad. En sus ojos se leía el tormento que le causaban esas palabras. Marina se apiadó de él.
—No como tú crees, Diego. Alex es un buen amigo... —Miró al cardiólogo con censura—. Sólo eso.
—Sí, no niego que solamente soy eso para ti —asintió Alex, mordaz—. Pero reconocerás que al menos he cuidado de vosotros todo lo que ha estado en mi mano.
—¡Maldito bastardo! ¡Yo no lo sabía! No tratéis de atormentarme —siseó Diego, con los dientes apretados. Su mano derecha tanteó buscando el alfanje, antes de recordar que estaba desarmado—. Habría venido antes de haber podido hacerlo. —Miró a Marina, contrito—. Sirena, me era imposible… todo ha sucedido tal y como me contaste aquella noche. —La voz bajó de volumen hasta hacerlo casi un susurro—. ¿Lo recuerdas?
—Sí —murmuró, comprendiendo que se refería a la guerra—. Lo recuerdo. ¿Ha… terminado ya?
—Hace una semana se firmó el Tratado.
—Me alegro de que sea así… y me alegro, aún más, de que tú estés bien… —Marina lo miró, deseando abrazarle para asegurarse de que era todo lo real que aparentaba.
Diego le demostró con la mirada que la comprendía y que también él lo deseaba. El capitán se recuperó antes del hechizo en el que parecían sumidos. Su boca se distendió en una trémula sonrisa al mirar nuevamente a su hijo.
—Así que… Yago. Me gusta tu nombre, muchacho. —Sólo Marina se apercibió de la voz estrangulada de Diego—. ¿Cuántos años tienes, chico?
—La semana pasada cumplí doce —articuló, con los ojos redondos como platos.
—Yo tenía esa misma edad cuando conocí a mi padre. —Le alborotó el pelo con cariño—. Parece que la historia se repite.
—¿Pensabas, también, que había muerto? —sugirió Yago, interesado.
—No, hijo, creía que era otro hombre —confesó Diego.
* * *
Alex reconoció su derrota en cuanto posó sus ojos en aquel individuo alto y atlético. Era un sujeto un tanto extraño, con aquellas ropas y aquella forma de hablar, pero no podía definir en qué era diferente. No cabían muchas dudas de que ese hombre era el padre de Yago: los ojos grises y el pelo (que aquel hombre llevaba recogido en una coleta medio deshecha) eran tan iguales entre sí que resultaba sobrecogedor. Sus celos alcanzaban límites insospechados. Le satisfizo el dolor que vio reflejado en aquellos ojos, tan seguros de sí mismos.
¿Qué sentido había tenido insinuar algo que no era del todo cierto? Ninguno. El reproche de Marina fue palpable y él se sintió avergonzado como si fuera un chiquillo con una pataleta.
Al observar como se miraban el uno a otro comprendió que Marina no lo había olvidado en todos esos años. No había manera de que él pudiera llegar al corazón de ella. Nunca habría sitio para él.
Le intrigaba lo que callaban. ¿A qué Tratado se referían? ¿Por qué le era imposible venir? ¿Había estado en la cárcel? ¿Era un mercenario? Desde luego tenía cuerpo de guerrero; la camisa no ocultaba, más bien ensalzaba, los hombros anchos y el torso musculoso de aquel hombre. De alguna manera presentía que no era fruto de largas horas en un gimnasio. Había en Diego un aura difícil de definir.
Por mucho que intentó comprenderlo seguía sin poder conseguirlo.
Estaba enfadado por las circunstancias. Celoso de aquel extraño que tenía a Yago entusiasmado con su sola presencia. Lo miraba con arrobo y admiración (como nunca lo había mirado a él), orgulloso de saber que era su padre. Marina… Marina oscilaba entre la incredulidad y el anhelo.
No quería pensar en ello; le dolía demasiado. No tardó en despedirse de los tres. Pero no se fue sin antes provocar los celos de su oponente besando a Marina en ambas mejillas. Sabía que era una chiquillada, fruto del resentimiento, pero no pudo resistirse a la tentación.
* * *
En el pequeño salón de la casa de Marina tenuemente iluminado, Diego lo observaba todo con detenimiento. No había allí nada que no fuera sorprendente. La luz, que se encendía con solo apretar un interruptor; el agua, ya fuera fría o caliente, que brotaba de los grifos sin interrupción; la cocina, donde Marina había preparado una sencilla cena sin tener que atizar el fuego. Todo era novedoso y excitante. Y al mismo tiempo, nada, comparado con volver a estar junto a ella. Yago se había acostado, agotado por tantas novedades, y dormía plácidamente en su dormitorio. No había duda de que era un chico sano. Su hijo. Saboreó la palabra con deleite y se hizo el firme propósito de recuperar cada día que había perdido con él.
«¡Por todos los demonios, es tan parecido a mí!», suspiró, feliz. Desbordante de orgullo paternal.
Marina acababa de salir del baño; aún tenía el cabello húmedo tras la ducha y se le marcaban unos bucles del color de la caoba bruñida. Reprimió la necesidad de dejar que se enroscasen en sus dedos. Aún no se atrevía a tocarla…
Sonrió al recordar la sensación que le había causado el agua caliente al resbalar por su propia piel. Pero antes de eso, Marina tuvo que explicarle entre risas el funcionamiento de aquellos grifos, así como el del resto de cosas que había en aquella habitación que ella llamaba baño.
—Gracias por… ¿Cómo has dicho que se llama? —le preguntó, tratando de no mirar las piernas de la mujer que asomaban entre la bata—. Parece cómoda.
—Camiseta, se llama camiseta. Siento no tener ropa de tu talla para que te cambies los pantalones. Mañana iré a comprarte algunas prendas…
—No tengo… bien… —Estaba un poco cohibido—. No tengo dinero. Quiero decir que no creo que las monedas que tengo sean de mucha utilidad… tal vez un coleccionista… —añadió, viendo una forma de hacerse con capital—. Te las daré y…
—Olvídate de eso ahora —le cortó Marina.
—¡Maldito sea! Si dejo que me mantengas como… como…
—¿Como si fueras mi marido? —sugirió ella con sarcasmo. Y le clavó su mirada verde—. No seas… —Se mordió el labio—. Bueno, olvídalo. ¿Qué ocurrió aquella mañana en el barco? —Marina se sentó a su lado.
—Mi tío nos traicionó. Envió a la guardia para que me apresaran.
Diego trató de explicarle todo lo sucedido desde ese momento, incluido el tiempo que pasó en la prisión. El indulto real, conseguido por Adolfo, que le permitió salir de aquella celda. La ayuda del consejero y de Andrés. Ella lo escuchaba atentamente sin perder detalle. En su rostro se reflejaban las emociones que experimentaba ante su relato. Le mencionó la entrevista que tuvo con su tío en la biblioteca de la casa-torre Izaguirre. La infinita envidia, los celos, la avaricia…
—Estaba loco —sentenció Marina.
—Sí, loco de odio y codicia. Como me pusieron en libertad, intentó hacer que Bartolomé Guijarro me matara.
—¡Dios mío! —gritó, asustada.
—Se agradece tu preocupación, pero como bien ves, continúo con vida. —Él sonrió con picardía y controló las ganas de abrazarla; aún no se habían tocado siquiera y sentía pavor por si lo rechazaba—. El sicario debía apuñalarme mientras mi tío me distraía. Pero no fui tan tonto de presentarme ante él sin tomar precauciones. Adolfo convenció al preboste, según el plan que le propuse, para que él mismo viera lo que tratábamos de explicarle. El hombre se quedó fuera junto a la ventana de la biblioteca, con un retén preparado para actuar en caso necesario. Los dos alcaldes, varios prohombres de la ciudad y otro retén apresaron a Bartolomé y esperaron al otro lado de la puerta de la biblioteca. Todos aguzando el oído para no perderse nada de lo que allí íbamos a hablar mi tío y yo.
»Cuando él me amenazó con una pistola, entraron sorpresivamente y lo arrestaron. Ahora está en prisión. No quisieron colgarle dado lo avanzado de su edad. Imagino que morirá allí.
Continuó contándole su viaje a Cádiz, una vez que le restituyeron todos sus bienes, para acompañar a Adolfo. El Delfín había sido desmantelado, pero le entregaron su valor en oro. Sus hombres estaban desnutridos y agotados por las condiciones deplorables en la prisión, pero un mes en el mar les devolvió las energías perdidas. Varios habían muerto durante el combate con la guardia, entre ellos el contramaestre; otros murieron en la prisión, y los que quedaban estaban sedientos de vida y placer. La ciudad gaditana les abrió sus puertas para que se recuperasen.
—Siento mucho la muerte de maese Isaac. Era un buen hombre… —aseguró Marina, cabizbaja—. ¿Qué tal están maese Andrés y don Adolfo?
—Bien. Andrés no quiso separarse de mí y se embarcó conmigo en la Santa Gabriela. Durante un tiempo servimos de escolta a los buques que llegaban cargados con riquezas del Nuevo Mundo, pero después tuvimos que combatir… sobre todo en el Mediterráneo, contra las escuadras inglesas y holandesas. ¿Sabes que nos arrebataron Gibraltar y Menorca?
—Gibraltar aún sigue siendo británica… —Marina esbozó una mueca— ¿Qué tal están el pequeño Diego? ¿Y Clara?
—Él es un hermoso muchacho de diecisiete años. Quiere ser capitán de barco, pero de momento su padre le ha enviado a Salamanca para estudiar. Clara y Adolfo tienen tres hijos más: Mariana, Isabel y Emilio.
—Me gustaría conocerlos y ver otra vez a Clara —suspiró—. ¿Has vuelto por Tenerife? ¿Qué tal están doña Úrsula y don Hernán?
—Sí. Pasé un par de veces antes de que la guerra se recrudeciera y tuviera que dejar el barco para formar parte del ejército de Caballería. Mis tíos están en San Sebastián… Bueno, ¡Dios, no sé como expresarme! Es tan difícil entender que estoy en épocas diferentes que… ¿comprendes qué quiero decir?
—Sí. No te preocupes… ya se te pasará. A mí también me cuesta creer que estés aquí sentado… —Bajó la cabeza—. ¿Cómo fue la guerra?
Diego le contó que el tiempo en que estuvo siguiendo a la flota de las Américas fue muy placentero, si se exceptuaba el temor a los ataques piratas o corsarios. El hecho de viajar en convoy bajo la protección de navíos de guerra franceses reducía la posibilidad de ofensivas por parte de los miembros de la Alianza. Por otro lado, tras pasar dos años encerrado en una celda minúscula, sentir la inmensidad del mar a su alrededor era todo lo que podía desear. Desgraciadamente fue por un período corto, en seguida se requirieron sus servicios en el interior, pues la guerra se desarrollaba en la península y la escasez de soldados era notoria. Los días se sucedieron en un viajar de un lado a otro por caminos polvorientos para luchar contra ingleses, austriacos, holandeses y portugueses, tal como Marina le predijera tantos años atrás. Hasta la batalla de Almansa, en Albacete, los soldados hispano-franceses creían perder a manos aliadas, pero a partir de aquella batalla el destino jugó a favor de Felipe V y sus tropas. No por ello mejoraron en algo las condiciones en las que vivían; tan sólo sirvió para animar a la soldadesca.
Algunas veces tenía pesadillas por los horrores vividos en aquel campo de batalla. Se hablaba de cinco millares de muertos entre los dos bandos. El duque de Berwick hizo prisioneros a doce mil hombres del ejército carlista.
* * *
—¿Ya ha acabado todo? —preguntó Marina, sobrecogida por las cosas que Diego acababa de contarle.
—No, no del todo. Sé que ya se ha firmado el Tratado, pero Cataluña aún se muestra reacia a admitir al rey Felipe V como su soberano —explicó Diego—. De cualquier forma, el Rey me relevó de mi obligación para con la Corona y pude abandonar el ejército. Ahora, sirena, basta de hablar de mí… Cuéntame, ¿cómo fue tu regreso?
—No resultó sencillo. Tuve que apelar a toda la fuerza de mi voluntad para poder lograrlo —suspiró—. Mi abuelo se alegró de volver a verme, pero se podía ver lo mucho que le había afectado mi ausencia. Yo… lo pasé muy mal. Durante un tiempo me sentí fuera de lugar. —Calló.
—¿Cuándo supiste que esperabas un hijo?
—Unos meses después…
Para ella había sido una gran sorpresa descubrir que estaba embarazada. Era como guardar una parte de él. Hacerlo más verídico, convertir aquellos días en algo innegable. Le explicó que aquella espera había llenado sus días; y hecho más llevaderas sus noches, tan desoladoras. Después, cuando Yago nació, él colmó toda su vida. Se había consagrado a aquel bebé que tanto la necesitaba.
—Me hubiera gustado tanto estar contigo… haber sido testigo de esos meses de espera… —murmuró, apenado.
Marina asintió, sin creerse aún que él pudiera ser real, que estuviera sentado a su lado en el salón de su casa. Quiso acariciar cada arruga de su rostro para acabar con aquella tristeza que parecía emanar de cada poro de su piel morena. Besar esos labios para comprobar si seguían siendo tan suaves como recordaba. Paliar de algún modo los horrores que había vivido en el campo de batalla
«¿Qué te impide hacerlo?»
—Sigues llevando la sortija que te regalé. —Diego le tomó la mano que se acercaba para tocarlo.
—Nunca me la he quitado —susurró, manteniendo la respiración.
La besó en la palma. Aquél fue el catalizador para que brotara toda la pasión guardada durante tantos, tantos años.
—¡Oh, Dios! Sirena, no sabes cuántas noches he soñado que volvía a estar contigo —susurró contra su palma, con un gemido ronco—. No sabes cuánto te he añorado. Cuánto he sufrido pensando en ti, intentando resignarme a vivir sin ti ¿Puedes imaginarte cuánto te deseo?
—Supongo que tanto como yo a ti. —Se inclinó para besarlo en los labios.
* * *
Marina, medio dormida, extendió un brazo para abarcar toda la cama y se sorprendió al encontrarla vacía. Por breves momentos pensó que todo lo ocurrido aquella noche en el lecho había sido simplemente un sueño. Extremadamente erótico, pero sueño al fin y al cabo. Ya empezaba a sentir el vacío en el alma, como cada mañana al despertarse tras soñar con Diego, cuando su cuerpo evidenció el cansancio placentero de quien ha satisfecho todos sus anhelos sexuales. Abrió los ojos y se solazó al descubrir la forma de la cabeza de Diego impresa en la almohada. Su ánimo se elevó como por ensalmo. Se sentía llena, feliz, eufórica…
Se levantó, se puso una camiseta holgada para tapar un poco su completa desnudez y salió de la habitación. Eran las siete de la mañana; el sol entraba a raudales por la ventana del salón, empalideciendo a la bombilla que, con sus prisas por llegar a la habitación, habían dejado encendida la noche anterior. Marina sintió un cosquilleo en el bajo vientre y sonrió para sí. ¡Por Dios! Diego sólo llevaba un día allí y ella ya estaba como una hembra en celo. Casi lo había olvidado, pero su cerebro trabajaba a toda marcha para recordarlo.
La cocina, el baño y el salón estaban vacíos. Sólo había un lugar donde pudiera estar Diego: la habitación de Yago. Empujó la puerta entornada y se enterneció al ver a Diego en la silla del escritorio del niño. Observaba con detenimiento a su hijo, con el pelo cayéndole sobre los hombros.
—Necesitaba verlo de nuevo —declaró Diego en un susurro, apartándose el pelo de la cara—. Cuando me he despertado pensé que lo había soñado. Que estaba contigo, pero que Yago no existía. Necesitaba comprobarlo. Es tan increíble saber que es parte de mi sangre… Ahora entiendo a Adolfo cuando me hablaba con añoranza de sus hijos.
Marina no dijo nada; se limitó a abrazar a su marido por detrás, apoyando su cara sobre la cabeza de Diego. El pelo le olía al champú de hierbas que había utilizado la noche anterior, pero por debajo se intuía el aroma a sal, tal como lo recordaba. Se preguntó cómo había podido vivir los últimos años sin él.
* * *
Yago no creía en su suerte. Al despertar encontró en su habitación a su madre y a su padre, ¡su padre! Necesitaba saber cosas sobre ese hombre, pero ellos se mostraban un tanto circunspectos con el tema y ese detalle lo tenía mosqueado (una expresión que utilizaba mucho).
Diego era muy extraño, no solamente en el vestir (se preguntó nuevamente dónde estaría su equipaje), sino también por su forma de hablar. Utilizaba palabras muy rebuscadas y anticuadas. Pero aquello no tenía importancia; era tan grande, tan fuerte, tan ágil como cualquiera de los superhéroes de los cómics o de las películas. Y por encima de todo, era su padre.
—Tiembla, Indiana Jones —susurró ante Diego, que salía de la habitación con los vaqueros, la camisa y los zapatos nuevos que le había ido a comprar Marina—. Aquí llega mi padre.
Ella también debía de pensar lo mismo, pues lo miraba como si se le fueran a salir los ojos. Su pecho se hinchó de orgullo ante su padre. Con un poco de suerte, cuando creciera sería tan grande como él. Ya pensaba en no volver a cortarse el pelo y dejárselo tan largo como lo llevaba su aita. No veía la hora de presentárselo a sus amigos. Iban a flipar cuando lo vieran.
* * *
Diego se sentía un tanto extraño con aquellos pantalones llenos de bolsillos que se le pegaban como un guante; eran un poco rígidos, pero el tejido parecía muy resistente. Se los había llevado Marina al regresar, cargada de extrañas y brillantes bolsas de papel con nombres impresos. Le había pedido que se lo probara para ver si le quedaba bien (estaba preocupada por si no había dado con la talla adecuada). Lo mejor sería que los viera ella, así sabría decirle si le sentaban bien o no. La cara de su hijo le indicó que iba por buen camino, pero la de su esposa... Bueno, la de Marina era tan explícita que le provocó una dolorosa reacción en la entrepierna.
—Por el amor de Dios, sirena. Si me sigues mirando de ese modo, los botones del pantalón no van a resistir —siseó, acercándose a ella.
Marina se limitó a mirarle alzando una ceja en una parodia de indiferencia, pero sus ojos prometían los placeres inmensos que habían tenido tantas veces atrás. Lo mejor sería no pensar en lo ocurrido esa noche ni mirar el escueto vestido que llevaba puesto, si quería estar en condiciones de salir.
—¿Saldrás a la calle vestida así? —preguntó, al ver que ella se dirigía a la puerta de entrada.
—Claro, ¿qué quieres que me ponga? —pidió Marina, tratando de no reírse.
—No lo sé. Algo más... ¡Demonios! ¿Algo que te tape más? —sugirió, serio.
—Pero... pero si ese vestido es muy bonito y le queda muy bien. ¿No está guapa? —preguntó Yago, confundido. Y miró a su madre, que trataba por todos los medios de mantener la seriedad, pero sin conseguirlo.
—¡Por todos los infiernos! Claro que está guapa. Por eso mismo... —La mirada consternada de su hijo lo puso en su sitio—. ¡Bah! No me hagáis caso. No estoy acostumbrado a estas modas. Eso es todo... ¿Tú crees que va bien vestida?
—Claro que sí. Está guay —aseguró el niño.
—¿Guay? ¿Qué demonios es eso?
—Pues… pues que está bien… —explicó, anonadado.
—Bueno, pues perdona al anticuado de tu padre, yo no entiendo de estas cosas. —Diego agitó la mano, como negando—. Ya estoy listo para que me enseñéis esta bella ciudad —aseguró, haciendo una florida reverencia ante su mujer y su hijo.
El día anterior, nervioso como estaba, no se había fijado en los grandes cambios que presentaba San Sebastián. Ahora los disfrutaba; por momentos se enfadaba por los desastres arquitectónicos en los que, a su modo de ver, habían incurrido los arquitectos. Vio la playa de media luna con la que tantas y tantas veces había soñado y tuvo que contenerse escandalizado por la desnudez de los bañistas. Al captar la mirada socarrona de Marina lanzó una carcajada. ¡Por todos los demonios, ella lo provocaba adrede!
Le causó extrañeza ver, expuestos en los museos, artículos y artilugios que él nunca había conocido, pero se empapó de todo y su inmensa sed de saber se vio compensada a cada paso que daba por aquellos recintos. Trataría de recordar todo lo que ahora veía para cuando regresase a su tiempo. Aún no había hablado de ello con Marina, pero no tardaría en hacerlo. Estaba deseando contarle las disposiciones que tenía previstas para cuando regresasen. Desde luego, haría obras de modernización en la casa-torre Izaguirre; no quería que Marina y Yago echasen de menos ciertas comodidades. Y se acabó el navegar. Se dedicaría a labrar las tierras que ahora eran suyas y donde habían trabajado las últimas generaciones de “Izaguirres”. De esa manera podría pasar mucho tiempo en compañía de su esposa y de su hijo recién hallado. No veía la hora de contarles esas maravillosas noticias.
Publicado por
Anónimo
domingo, 29 de noviembre de 2009
comentarios (2)
El día 17 de noviembre se hizo entrega de los premios al 1º Certamen de Relatos Cortos llamado Historias de Lurraldebus.
Tengo que deciros que mi relato, Las vistas perdidas, quedó entre los finalistas. Os lo pongo por si queréis leerlo.
La página de Lurraldebus es está. Ahí podréis descargaros los relatos premiados.
Un abrazo.
LAS VISTAS PERDIDAS
Pilar Cabero
Como los primeros asientos individuales estaban ocupados, de mala gana me senté en uno doble al lado de la ventanilla. Cada vez odiaba más viajar en autobús. Siempre lo había hecho en mi propio coche.
No tardó en sentarse una mujer a mi lado. Olía a Agua de rosas. Maite siempre usaba esa colonia. Apreté los dientes ante el recuerdo.
—Perdoná, pero ¿querés hacerme un favor? —empezó a hablar mi compañera de asiento.
¡Joder! Me había tocado una de esas personas que son incapaces de estar sin hablar. Eso era lo que menos soportaba de utilizar el transporte público. Tenía ya una excusa mordiente en los labios, cuando ella siguió hablando:
—Me mudé acá hace poco y, sin duda, viste que soy ciega. ¿Por qué no me hacés el favor de describirme lo que ves por la ventana? Es para hacerme una idea de cómo es el trayecto.
¿Me estaba tomando el pelo esa argentina? ¿Se burlaba de mí? Desde luego que no quería describirle el puto paisaje. No tenía ganas de hacerlo. Crucé los brazos y fruncí el ceño. Me iba a negar. Que se buscase a otro jodido Cicerone. El autobús arrancó en ese momento. Las conversaciones se solapaban unas con otras, creando el guirigay que tanto me agobiaba. Unos meses atrás no me hubiera importando, pero ahora… ahora todo era diferente.
—Me parece que te molesté. Perdoname, ¿sí? —se disculpó ella; su voz sonó apenada.
Era joven y estaba ciega. Me sentí un desalmado. Yo antes no era así. Tampoco me costaba tanto describir un paisaje que había visto muchas veces, ¿no? ¡Joder, sí! Si que me costaba. Era demasiado doloroso.
Pensé en bajar en la siguiente parada y comprendí que eso era imposible: Alberto me esperaba en Donostia y se subiría por las paredes si no llegaba en ese autobús. Tal vez pensara que por fin había hecho lo que llevaba amenazando desde meses atrás: no presentarme para seguir con las lecciones. No, definitivamente debía seguir en el puto autobús. Sabía que Alberto estaba llegando al límite de su paciencia y no aguantaría mucho tiempo más. No se lo reprochaba; me estaba comportando como un gilipollas y no sabía cómo él era capaz de soportarme.
Oí suspirar a mi compañera de asiento. ¡Joder, joder, joder! ¡Vaya marrón!
—No… sólo estaba pensando cómo empezar —mentí. Me salió la voz ronca porque últimamente hablaba muy poco. Ya ni mis amigos me llamaban y no los culpaba por eso. Carraspeé—. Esta parada está a la entrada del pueblo. Hay dos plazas. Una tiene árboles. Plátanos que seguramente empiezan a brotar.
Me sentía estúpido describiendo. Imaginé que los otros pasajeros me estaban mirando, pese a que los oía enfrascados en sus conversaciones. A mí nunca se me habían dado bien esas cosas. Soy (o mejor dicho, era) informático. Lo mío son las programaciones, no las descripciones paisajísticas. Joder.
—Oí muchas voces de niños. ¿Hay hamacas por acá? Columpios, digo —Su pregunta me devolvió a la realidad.
—Bueno, sí… también hay columpios. Varios bares y una caja de ahorros. A la salida del pueblo hay una central eléctrica. Su chimenea se divisa desde San Sebastián.
Callé un momento. No sabía cómo seguir. Ni siquiera tenía ganas de continuar. Era una soberana estupidez. Cualquiera que me viera pensaría que estaba fumado. ¿Qué hacía yo describiendo las vistas?
Luego recordé a mi compañera y sentí una punzada de culpabilidad.
—Estamos pasando por el puerto de Pasaia —continué, resignando ante la situación—. A la derecha, más abajo, hay montones de chatarra. Nunca me ha quedado claro si los barcos la traen o se la llevan. Supongo que no tiene importancia.
»Hay un barco que transporta coches y al lado una estructura donde los guardan hasta que los camiones se los llevan. A la izquierda es todo monte. Cada vez que llueve mucho, se desprende parte de él y cae a la carretera.
—Pero entonces el pueblo queda aislado, ¿no? Me explicaron que más allá está el mar. Que sólo es esta carretera —declaró la joven.
—Bueno, sí, pero siempre se puede cruzar a San Pedro en una motora —aclaré, encogiéndome de hombros.
—Perdoná, te corté. Por favor, seguí; lo estabas haciendo re-bien.
¿Que lo estaba haciendo bien? Con poco se conformaba la argentina.
—Los árboles estarán llenos de brotes. Es increíble la cantidad de tonalidades de verde que hay. Una vez oí que es el color que más variantes tiene. He olvidado decirte que por la parte derecha, al borde de la carretera, hay una acera que pocas veces está vacía. Viene mucha gente paseando hasta el pueblo. Los domingos por la mañana, si hace buen tiempo, parece un camino de hormigas. —¿Me estaré enrollando demasiado?—. Ahora entramos en Lezo. El autobús pasa por la parte menos atractiva. En el interior es un pueblo con mucho encanto.
Callé hasta que salimos de la parada y volvimos a arrancar.
Recordé las veces que había salido con mis amigos y con Maite a recorrer los bares de la zona. ¿Cuánto hacía de eso? Sólo unos meses, pero parecía que me hubiera ocurrido en otra vida.
—En estos momentos bordeamos otro parque infantil —retomé la descripción, para no pensar en aquellos días—. Me han dicho que hace unos meses han construido un skatepark y que siempre está lleno de chavales haciendo piruetas con el patinete. Cuando era pequeño me gustaba mucho jugar con él.
Lástima que en aquel tiempo no hubiera habido ese tipo de parques. Suspiré, repentinamente cansado. Las cosas cambiaban de un día para otro. Yo lo sabía mejor que nadie.
Empezaba a hundirme en la desesperación. Joder, ¡basta ya! Más me vale empezar a aceptar la situación de una vez. No va a cambiar por mucho que quiera negarla.
—¿Ya te cansaste de describir? —indagó ella un rato más tarde. Por lo visto, me había callado demasiado tiempo.
—No; simplemente, pensaba —declaré con una sonrisa triste. Noté que ya habíamos llegado a la siguiente parada—. Estamos en Errenteria. Es una villa bastante grande. El autobús sólo pasa por la carretera general. Desde esta parada puedes ir a Oiartzun, a Irún o a Hondarribia. Generalmente, aquí suben muchas personas y nos toca ir apretados.
—Sí, ya noté que tardábamos en salir —bromeó ella. Tenía una voz muy dulce—. Me olvidé de preguntarte: ¿viajás hasta San Sebastián?
Asentí, pero entonces me di cuenta de que ella no podía verlo, así que le dije en voz alta que sí.
—Genial, así vos podrás contarme todo lo que veas hasta el final. —Calló un instante—. Bueno, si no te molesta, claro. Ya te jorobé bastante.
—No, no me importa —le corté, y estaba diciendo la verdad—. Mientras hablábamos hemos salido de Errenteria. Desde aquí se vuelve a ver el puerto de Pasaia, pero ahora desde el otro lado. Hay muchos montones de chatarra y cuando andan cargando o descargando barcos, el ruido es un incordio. El ruido y el polvo rojizo que se mete por todas partes.
»El sol de la mañana se refleja en el agua…
—¡Pero si hoy está nublado! ¿Viste? —protestó ella con una risita—. Soy ciega, loco, no tonta.
No pude reprimir una carcajada. Me salió un poco extraña. No era la mía. También estaba oxidado en eso.
—Vale, pero imagina que el sol está a nuestra espalda y se refleja en el agua del puerto. —La oí reír y eso me reconfortó—. Hemos entrado en Pasai Antxo. Por fin se han acabado las obras que obligaban a cruzar el pueblo en caravana. ¡Menudo incordio!
—Eso es lo malo de las obras, que nunca sabés cuándo se terminan —añadió ella con su voz sonriente y ese acento que envolvía.
—Ésta es la parte que más me gusta. El autobús coge velocidad mientras dejamos a la derecha la parte del puerto que pertenece a La Herrera. Sí, el sitio donde iban a hacer un museo de Paco Rabanne, ese modisto.
—Oí hablar de él. Qué, ¿ya no lo van a hacer?
—Ni idea —contesté, alzando un hombro. Maite lo hubiera sabido. Siempre estaba pendiente de la moda. Otra cosa que no quería recordar—. Hace un rato que estamos en la zona de Donostia.
Seguí describiendo. Ella me preguntaba algunas cosas, pero en general se mantenía en silencio. Supuse que trataba de imaginarlo y por eso me entretuve más con los detalles. Ahora que me había soltado a hablar no me costaba tanto. Ella no me conocía. No sabía quien era yo, ni lo que me había pasado. Por primera vez, en meses, me sentía bien. Casi podía fantasear que nada había sucedido.
—Dentro de poco se podrá ver el mar al final de la avenida. Es la playa de la Zurriola. Antes la llamábamos simplemente: la playa de Gros. El autobús la bordea, por la derecha, hasta el puente del Kursaal.
—¿Ya llegamos al Palacio Kursaal? —preguntó interesada.
—Sí, los cubos están a la derecha. Al principio no los podía ni ver. Luego me he ido acostumbrando a ellos. Por la noche no están tan mal.
Bufé. Era de lo más gracioso. Como si “el de arriba” hubiera querido gastarme una jodida broma.
—Te agradecería que no me hicieras describirlos. No les haría justicia.
—Ya me di cuenta de que no te gustan nada. —Volvió a reír.
—Acabamos de cruzar el puente. A la derecha está la Parte Vieja de la ciudad. Si quieres comer pintxos, ahí es el lugar. Ahora giraremos a la izquierda para llegar al final del trayecto: la Plaza de Guipúzcoa. Es una plaza rodeada de edificios con arcadas en sus bajos. En el centro hay un estanque con patos y varios cisnes. Durante la Navidad ponen un Belén y una barquita en el estanque para que la gente arroje monedas. También hay un reloj enorme; sus números están hechos con plantas. De pequeño me gustaba mirar como se movían las manecillas.
—Recuerdo el reloj de mi viejo. Cuando aún podía ver, me gustaba decirle la hora y darle cuerda. Después me conformé con escuchar el tic-tac. —Sus palabras estaban impregnadas de añoranza.
—Nos hemos detenido. Vaya, se ha acabado el viaje —dije, con tristeza—. ¿Adónde vas?
—Voy a la casa de una amiga. No te preocupés, ella me viene a buscar —añadió—. Fue un placer conocerte. Estamos otro día, ¿sí? Pero tenés que sacudirte esa tristeza, loco. La vida tiene cosas maravillosas. Chau, un gusto.
Oí el bastón al rozar en el suelo y una voz que gritaba desde fuera:
—¡Marta! Al fin llegaste, me tenías preocupada. Dejá que te ayude a salir. ¿Pero vos no le tenés miedo a nada, mujer?
—Si vivís con miedo, no vivís —contestó ella, mientras se alejaban.
Sus palabras reverberaron en mi cabeza. Recordé el accidente que mató a Maite y a mí me dejó así. Era cierto: si vivías con miedo, no vivías.
Empecé a sonreír, primero tímidamente y después de manera abierta. Luego desplegué mi propio bastón blanco y rozándolo delante de mí, bajé del autobús. En seguida noté en el hombro la mano de mi guía.
—Buenos días, Mikel —dijo Alberto—. ¿Era una sonrisa lo que tenías en la cara o es que te has tragado un lápiz?
Publicado por
Anónimo
sábado, 21 de noviembre de 2009
comentarios (6)
Hola amig@s,
Sí, ya sé que hace mucho tiempo que no os contaba nada. He estado muy ocupado de un lado para otro.
¡¡¡Bien!!!
No me han dejado parar mucho tiempo en la balda. Se nota que ha corrido la voz y han sido muchas personas las que han querido leer mi estupenda historia.
Vale, estoy pecando de vanidad, pero ¿qué queréis? No todos los días oyes hablar tan bien de una novela.
¿Qué? ¡Ah! Que ya lo sabéis y preferís que os cuente otra cosa.
Bien, pues esta mañana en la biblioteca ha sucedido algo muy curioso.
Os cuento:
Todas las mañanas, cuando se abren las puertas, un grupo de jubilados y alguna que otra jubilada, entran en tropel, golpeando el suelo con el bastón o la muleta; pendientes de ser los primeros en hacerse con el periódico del día.
Evidentemente son los más ágiles los que se alzan con el premio; los demás, deberán esperar, manteniendo el turno, a que los preciados diarios queden libres.
Bien, pues esta mañana ha sucedido lo mismo, sólo que esta vez un anciano y una señora han seguido peleándose por el periódico sin ceder ni un milímetro. A tanto a llegado la gresca, que ha tenido que intervenir una de las bibliotecarias para poner orden en la estancia.
El hombre mantenía que él lo había cogido primero; la mujer argumentaba lo mismo.
Los libros de mi balda, han empezado a hacer apuestas sobre quién se iba a quedar con el diario. La novela histórica, muy delicada, ha defendido que él debería cedérselo por caballerosidad. La contemporánea, con las páginas erizadas de indignación, segura de que eso sería machismo, lo ha proclamado a los cuatro vientos.
Mientras, en la biblioteca, la discusión entre los jubilados, ha seguido sin visos de acabar. La mujer señalaba que ella sólo quería hacer el crucigrama y que se conformaba con que le dejara esa hoja. No pedía todo el periódico.
El hombre, terco, ha seguido negándose: la hoja de los pasatiempos esta unida a la de las noticias más importantes y él no quería perdérselas.
Las apuestas han subido entre los de mi balda, y los de enfrente han empezado a participar con avidez. Eso parecía las Regatas de La Concha.
La pobre bibliotecaria, como Salomón frente a las madres, seguía sin decidirse a quedarse con el diario ella misma o…
—¿Por qué no hace una fotocopia al crucigrama? —ha preguntado, inspirada.
¡¡¡Por fin había solución!!!
Los dos ancianos, suspirando aliviados por haber conseguido lo que buscaban, se han avenido enseguida a ese arreglo.
Creo que la bibliotecaria se ha quedado aún más satisfecha por haber instaurado la paz en el lugar.
No, no penséis que todo ha sido tranquilidad a partir de ese momento. No. En el mundo de los libros, ha empezado otra cruzada: ¿Quién ha ganado de los dos? Ninguno lo tiene claro.
Aún siguen con el tema y creo que no tiene pinta de que vayan a ponerse de acuerdo en algún momento.
Han requerido la intervención de los libros de leyes, que muy serios y circunspectos están buscando solucionar el tema.
Espero que lo arreglen antes de que cierren la biblioteca, de lo contrario será una noche de deliberaciones muy muy larga.
Publicado por
Anónimo
lunes, 16 de noviembre de 2009
comentarios (2)
Como podéis ver el blog ha cambiado un poco. Hace un año que lo creé y se hacía necesario renovar. Tranquilos, no he hecho un cursillo acelerado ni nada por el estilo. Sigo siendo una nulidad con estas cosas y en cuanto me sacas del Word ya estoy perdida. No, la artífice de esta preciosidad es mi sobrina María que, con catorce años, es capaz de hacer cosas así, sin despeinarse. ¡Qué envidia! Mi niña, tendrás que darme clases para ponerme al día con esto. Os habréis fijado que faltan los enlaces a otros blogs y a las Webs, pero supongo que en unos días estarán puestos. Pues nada, espero que os guste el nuevo “look” y que sigáis visitándolo. Besitos y hasta otra.
Publicado por
Anónimo
miércoles, 11 de noviembre de 2009
comentarios (2)
Asociación de Autoras Románticas de España
El sábado día 7, dentro del marco de Las Jornadas sobre Novela Romántica de Sevilla, se dio a conocer el nacimiento de Adarde.
Tengo el privilegio de pertenecer a esta asociación y compartir ese honor con otras diecisiete autoras españolas. Espero que con el tiempo muchas más formemos parte de esta iniciativa.
Bienvenida amable lectora y también a ti, lector, a mi humilde casa. Elige un sitio para sentarte y ponte lo más cómodo posible. Sí, ese de ahí está bien. Deja las prisas fuera y disfruta del momento. Puedes quitarte los zapatos y arrellanarte en el sofá. Si tienes paciencia y esperas un poco, pondré algo de música para ambientar. Espero que pases un rato agradable y siéntete como en tu casa.
"Diego negó con la cabeza y se separó de ella para poder mirarla de frente. —Lo que me propones es tan tentador que... pero eso no puede ser. Mis hombres están luchando ahora mismo por mi causa y no puedo abandonarlos. No sería justo —aseguró, con el alma desgarrada en dos direcciones—. Soy su capitán y no puedo eludir mi responsabilidad para con ellos. No podría vivir con el remordimiento, y tú... créeme si te digo que tampoco podrías vivir con un hombre tan poco honorable."
"—Aún estáis a tiempo de pedirme que me detenga. Más allá de este momento, dudo que sea capaz de hacerlo —aseguró el galeno, adivinando sus temores."
Pincha en la portada para ver la sinopsis Tiempo de hechizos - 2º saga Izaguirre ISBN: 9788413072449 Editorial: HarperCollins Ibérica, HQÑ (2018) Descripción: 666 pág. eBook Precio: 4,74€
Asedio al corazón
"—Yo te quiero... —musitó, llorosa; se acercó a él, sin llegar a tocarlo. —Entonces, señora mía, eres peor de lo que imaginaba —desaprobó—. Si de verdad me quieres, no deberías casarte con otro. Eres doblemente infiel, a tu futuro esposo y a tí misma."
"—No, alteza, estáis equivocada; vuestro padre no os ha vendido. —Su voz estaba teñida de rabia—. Él paga para que se casen con vos."
Pincha en la portada para ver la sinopsis.
El destino también juega
ISBN: 978-84-15420-69-9
Editorial: Ediciones B - Sello Vergara (2014)
Descripción: 400 pág. 15 x 23
Encuadernación: Tapa blanda
Precio: 16€
Algo inesperado
"—Ni se te ocurra decir que esto no tenía que haber ocurrido o que no debe volver a ocurrir —la cortó, molesto, cogiendo la chaqueta. Luego la tomó por la barbilla para obligarla a mirarlo. Sentía en sus dedos el pulso acelerado de ella y le alegró comprobar que estaba igual de afectada—. Aún no me he cansado de besarte, profe. ¿Te has cansado tú? —No le dio tiempo a responder—. Puede que tú tengas problemas para admitir que nos gustamos; yo no. Volveré a besarte y tú volverás a besarme."
Pincha en la portada para ver la sinopsis
Algo inesperado
ISBN:978-84-9872-951-1
Editorial: Ediciones B - Sello B de Bolsillo (2014)
Descripción: 496 pág. 12,5 x 19
Encuadernación: Tapa blanda
Precio: 10€
Un refugio perfecto
"Si hubiera sido una golondrina habría salido volando feliz para hacer piruetas sobre las olas, los tejados o las murallas de la ciudad. Hasta se habría atrevido a acariciarlo con la punta de sus alas. Sin duda, si hubiera sido un ave, se habría posado en uno de sus hombros para acomodarse junto al calor de su cuello."
Pincha en la portada para ver la sinopsis
Un refugio perfecto
ISBN:978-84-17664-62-6
Editorial: Penguin Random House - Sello Vergara (2019)
Descripción: 446 pág. 15 x 23
Encuadernación: Tapa blanda con solapas.
Precio: 16,90€
Mis relatos publicados
Te amo - Atmósferas (100 relatos para el mundo) Mayo 2009
Desde que tú llegaste - Dr. Jekyll y Mr. Hyde (Visiones) Noviembre 2009
Las vistas perdidas - Historias de Lurraldebus - Noviembre 2009
Desde la biblioteca y El ladrón (La mirada del amor) Abril 2012
El amor en tiempos de Facebook (Be my Valentine - ¿Quieres ser mi amor? Febrero 2013
Restaurando el pasado (Sueños de Verano) Julio 2013
Más relatos publicados
Pincha en la portada para descargarlos. En blanco (2013)
Muchas de las imágenes que cuelgo en el blog son bajadas de Internet. Si he utilizado alguna con derechos de autor, por favor me ponéis un comentario y las quitaré. Muchas gracias.