Capítulos retirados de A través del tiempo


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Muchas personas, al saber que mi novela A través del tiempo era más larga, me han estado pidiendo que colgase los capítulos que quité.
Bien, hoy he decidido hacerlo y en varias entradas os pondré los dos capítulos y medio finales. No están corregidos, por lo que podéis encontrar alguna errata.
Espero que os guste y disfrutéis con las aventuras de Diego, Marina y Yago.
Un beso para tod@s y muchas gracias por vuestro apoyo.

* * *

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—¡Ama, ama! ¿Qué te pasa? —solicitó Yago, asustado—. ¡Alex, Alex! ¡Ayúdame!
Oyó la voz de su hijo como si viniera de muy lejos. Abrió los ojos, confundida por encontrarse en el suelo del velero. ¿Se habría caído? Poco a poco recordó. ¡Había visto a Diego! Estaba segura; parecía demasiado real como para no ser cierto. Notaba los latidos rápidos e inestables del corazón. No quería seguir pensando en ello, era doloroso y no conducía a nada. Si seguía imaginando cosas así, jamás podría olvidarle.
«Pero es que tampoco quiero olvidarle», pensó desalentada. «Aún le quiero.»
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Alex, mientras le tomaba el pulso con eficiencia. Una vez satisfecho la ayudó a incorporarse despacio—. ¿Qué te ha pasado?
Alex le acercó un vaso de agua con cara de preocupación. Yago miraba a su madre con el temor reflejado en sus ojos claros.
—No me pasa nada, no os preocupéis… —aseguró Marina con un suspiro. Miró a la barandilla del puerto para comprobar si el hombre seguía allí. Por supuesto, no estaba. ¿Cómo iba a estar? Todo era fruto de su inventiva—. Creo que me ha dado demasiado el sol, eso es todo —murmuró, tratando de no evidenciar desencanto.
«¿Cómo has podido creer que Diego estaba aquí?», pensó, resentida y lastimada por su desbordante fantasía. «Pero lo vi tan claro… Parecía tan real.»
—¿Estás bien, sirena? —La añorada voz llegó hasta sus oídos—. ¿Estás bien?
No podía ser verdad… era imposible… Con el corazón al borde de un infarto, lo buscó con la mirada y lo encontró a sus pies, detrás de Yago. Su rostro moreno, tantas veces recordado, mostraba signos de ansiedad y cansancio. El cabello, otrora renegrido, estaba salpicado de canas y un tanto despeinado, como si lo hubiera estado mesando repetidas veces. Aunque por él habían pasado los años, para ella seguía siendo impresionante.
¿Era una aparición? ¿El golpe en la cabeza le hacía tener visiones?
—¿Estás bien? —repitió Diego, impaciente.
Ella sonrió con ternura. Hasta como fantasma seguía siendo un mandón.
—¡Por el amor de Dios! Deja de sonreír y dime si estás bien —ordenó claramente molesto.
—Sí —contestó ella con el corazón desbocado, incapaz de apartar los ojos de él— ¿Eres de verdad? ¿Estás… vivo…? No es posible, creí que… te vi con los hombres del preboste… —articuló confundida.
—Lo sé, pero al final no pasó nada. Estoy bien.
Alex les miraba. En su cara se podía leer la perplejidad que sentía en ese instante.
—Supongo que os conocéis. —No era una pregunta.
—Sí. Nos conocemos desde hace años... —anunció Marina. Y se levantó ante la mirada atenta de los tres—. Él es… Diego Izaguirre... Ellos son Alex Goena y mi hijo... Yago.
Diego inclinó la cabeza a modo de saludo y, tras unos segundos de confusión, se estrecharon las manos sin apartar la mirada el uno del otro. Marina sospechó que se estaban evaluando como rivales. Yago permanecía al margen, con los ojos clavados en el recién llegado. Su madre casi podía escuchar las mil y una conjeturas que se estaba haciendo, comprendiendo el desconcierto ante esa aparición, le tomó por los hombros, tratando de tranquilizarle.
—Pero... pero... él es… ¿él es mi padre? —articuló el niño por fin—. ¡No ha muerto! ¿Por qué no ha muerto? Tú dijiste…
Los ojos de Diego se volvieron como relámpagos hacía Yago. Marina advirtió en ellos el reconocimiento y la esperanza. Él quitó la gorra a Yago y le acarició el pelo casi con reverencia. Dos pares de ojos grises se miraban con atención.
—¿Mi hijo? ¡Por Dios! Un hijo… ¡tengo un hijo! —profirió ante la consternación de Alex, que no salía de su asombro— ¿Por qué no me dijiste nada? —Se volvió a Marina y la agarró por los hombros con fuerza—. ¡Por todos los demonios del infierno, sirena! ¿Cómo pudiste ocultarme que estabas embarazada? ¿Acaso pensabas que no te dejaría volver?
—Lo descubrí después de regresar. Fue una sorpresa...
—¡Dios de los cielos! —La soltó, abatido—. Todos estos años a punto de morir, sin saber que tenía un hijo. —Se mesó el cabello, desconcertado—. Podría haber muerto un millar de veces, sirena, y nunca lo habría sabido. Y tú… tú aquí sola con él...
—¡No, sola no!
Diego se volvió a Alex con celeridad. En sus ojos se leía el tormento que le causaban esas palabras. Marina se apiadó de él.
—No como tú crees, Diego. Alex es un buen amigo... —Miró al cardiólogo con censura—. Sólo eso.
—Sí, no niego que solamente soy eso para ti —asintió Alex, mordaz—. Pero reconocerás que al menos he cuidado de vosotros todo lo que ha estado en mi mano.
—¡Maldito bastardo! ¡Yo no lo sabía! No tratéis de atormentarme —siseó Diego, con los dientes apretados. Su mano derecha tanteó buscando el alfanje, antes de recordar que estaba desarmado—. Habría venido antes de haber podido hacerlo. —Miró a Marina, contrito—. Sirena, me era imposible… todo ha sucedido tal y como me contaste aquella noche. —La voz bajó de volumen hasta hacerlo casi un susurro—. ¿Lo recuerdas?
—Sí —murmuró, comprendiendo que se refería a la guerra—. Lo recuerdo. ¿Ha… terminado ya?
—Hace una semana se firmó el Tratado.
—Me alegro de que sea así… y me alegro, aún más, de que tú estés bien… —Marina lo miró, deseando abrazarle para asegurarse de que era todo lo real que aparentaba.
Diego le demostró con la mirada que la comprendía y que también él lo deseaba. El capitán se recuperó antes del hechizo en el que parecían sumidos. Su boca se distendió en una trémula sonrisa al mirar nuevamente a su hijo.
—Así que… Yago. Me gusta tu nombre, muchacho. —Sólo Marina se apercibió de la voz estrangulada de Diego—. ¿Cuántos años tienes, chico?
—La semana pasada cumplí doce —articuló, con los ojos redondos como platos.
—Yo tenía esa misma edad cuando conocí a mi padre. —Le alborotó el pelo con cariño—. Parece que la historia se repite.
—¿Pensabas, también, que había muerto? —sugirió Yago, interesado.
—No, hijo, creía que era otro hombre —confesó Diego.
* * *
Alex reconoció su derrota en cuanto posó sus ojos en aquel individuo alto y atlético. Era un sujeto un tanto extraño, con aquellas ropas y aquella forma de hablar, pero no podía definir en qué era diferente. No cabían muchas dudas de que ese hombre era el padre de Yago: los ojos grises y el pelo (que aquel hombre llevaba recogido en una coleta medio deshecha) eran tan iguales entre sí que resultaba sobrecogedor. Sus celos alcanzaban límites insospechados. Le satisfizo el dolor que vio reflejado en aquellos ojos, tan seguros de sí mismos.
¿Qué sentido había tenido insinuar algo que no era del todo cierto? Ninguno. El reproche de Marina fue palpable y él se sintió avergonzado como si fuera un chiquillo con una pataleta.
Al observar como se miraban el uno a otro comprendió que Marina no lo había olvidado en todos esos años. No había manera de que él pudiera llegar al corazón de ella. Nunca habría sitio para él.
Le intrigaba lo que callaban. ¿A qué Tratado se referían? ¿Por qué le era imposible venir? ¿Había estado en la cárcel? ¿Era un mercenario? Desde luego tenía cuerpo de guerrero; la camisa no ocultaba, más bien ensalzaba, los hombros anchos y el torso musculoso de aquel hombre. De alguna manera presentía que no era fruto de largas horas en un gimnasio. Había en Diego un aura difícil de definir.
Por mucho que intentó comprenderlo seguía sin poder conseguirlo.
Estaba enfadado por las circunstancias. Celoso de aquel extraño que tenía a Yago entusiasmado con su sola presencia. Lo miraba con arrobo y admiración (como nunca lo había mirado a él), orgulloso de saber que era su padre. Marina… Marina oscilaba entre la incredulidad y el anhelo.
No quería pensar en ello; le dolía demasiado. No tardó en despedirse de los tres. Pero no se fue sin antes provocar los celos de su oponente besando a Marina en ambas mejillas. Sabía que era una chiquillada, fruto del resentimiento, pero no pudo resistirse a la tentación.
* * *
En el pequeño salón de la casa de Marina tenuemente iluminado, Diego lo observaba todo con detenimiento. No había allí nada que no fuera sorprendente. La luz, que se encendía con solo apretar un interruptor; el agua, ya fuera fría o caliente, que brotaba de los grifos sin interrupción; la cocina, donde Marina había preparado una sencilla cena sin tener que atizar el fuego. Todo era novedoso y excitante. Y al mismo tiempo, nada, comparado con volver a estar junto a ella. Yago se había acostado, agotado por tantas novedades, y dormía plácidamente en su dormitorio. No había duda de que era un chico sano. Su hijo. Saboreó la palabra con deleite y se hizo el firme propósito de recuperar cada día que había perdido con él.
«¡Por todos los demonios, es tan parecido a mí!», suspiró, feliz. Desbordante de orgullo paternal.
Marina acababa de salir del baño; aún tenía el cabello húmedo tras la ducha y se le marcaban unos bucles del color de la caoba bruñida. Reprimió la necesidad de dejar que se enroscasen en sus dedos. Aún no se atrevía a tocarla…
Sonrió al recordar la sensación que le había causado el agua caliente al resbalar por su propia piel. Pero antes de eso, Marina tuvo que explicarle entre risas el funcionamiento de aquellos grifos, así como el del resto de cosas que había en aquella habitación que ella llamaba baño.
—Gracias por… ¿Cómo has dicho que se llama? —le preguntó, tratando de no mirar las piernas de la mujer que asomaban entre la bata—. Parece cómoda.
—Camiseta, se llama camiseta. Siento no tener ropa de tu talla para que te cambies los pantalones. Mañana iré a comprarte algunas prendas…
—No tengo… bien… —Estaba un poco cohibido—. No tengo dinero. Quiero decir que no creo que las monedas que tengo sean de mucha utilidad… tal vez un coleccionista… —añadió, viendo una forma de hacerse con capital—. Te las daré y…
—Olvídate de eso ahora —le cortó Marina.
—¡Maldito sea! Si dejo que me mantengas como… como…
—¿Como si fueras mi marido? —sugirió ella con sarcasmo. Y le clavó su mirada verde—. No seas… —Se mordió el labio—. Bueno, olvídalo. ¿Qué ocurrió aquella mañana en el barco? —Marina se sentó a su lado.
—Mi tío nos traicionó. Envió a la guardia para que me apresaran.
Diego trató de explicarle todo lo sucedido desde ese momento, incluido el tiempo que pasó en la prisión. El indulto real, conseguido por Adolfo, que le permitió salir de aquella celda. La ayuda del consejero y de Andrés. Ella lo escuchaba atentamente sin perder detalle. En su rostro se reflejaban las emociones que experimentaba ante su relato. Le mencionó la entrevista que tuvo con su tío en la biblioteca de la casa-torre Izaguirre. La infinita envidia, los celos, la avaricia…
—Estaba loco —sentenció Marina.
—Sí, loco de odio y codicia. Como me pusieron en libertad, intentó hacer que Bartolomé Guijarro me matara.
—¡Dios mío! —gritó, asustada.
—Se agradece tu preocupación, pero como bien ves, continúo con vida. —Él sonrió con picardía y controló las ganas de abrazarla; aún no se habían tocado siquiera y sentía pavor por si lo rechazaba—. El sicario debía apuñalarme mientras mi tío me distraía. Pero no fui tan tonto de presentarme ante él sin tomar precauciones. Adolfo convenció al preboste, según el plan que le propuse, para que él mismo viera lo que tratábamos de explicarle. El hombre se quedó fuera junto a la ventana de la biblioteca, con un retén preparado para actuar en caso necesario. Los dos alcaldes, varios prohombres de la ciudad y otro retén apresaron a Bartolomé y esperaron al otro lado de la puerta de la biblioteca. Todos aguzando el oído para no perderse nada de lo que allí íbamos a hablar mi tío y yo.
»Cuando él me amenazó con una pistola, entraron sorpresivamente y lo arrestaron. Ahora está en prisión. No quisieron colgarle dado lo avanzado de su edad. Imagino que morirá allí.
Continuó contándole su viaje a Cádiz, una vez que le restituyeron todos sus bienes, para acompañar a Adolfo. El Delfín había sido desmantelado, pero le entregaron su valor en oro. Sus hombres estaban desnutridos y agotados por las condiciones deplorables en la prisión, pero un mes en el mar les devolvió las energías perdidas. Varios habían muerto durante el combate con la guardia, entre ellos el contramaestre; otros murieron en la prisión, y los que quedaban estaban sedientos de vida y placer. La ciudad gaditana les abrió sus puertas para que se recuperasen.
—Siento mucho la muerte de maese Isaac. Era un buen hombre… —aseguró Marina, cabizbaja—. ¿Qué tal están maese Andrés y don Adolfo?
—Bien. Andrés no quiso separarse de mí y se embarcó conmigo en la Santa Gabriela. Durante un tiempo servimos de escolta a los buques que llegaban cargados con riquezas del Nuevo Mundo, pero después tuvimos que combatir… sobre todo en el Mediterráneo, contra las escuadras inglesas y holandesas. ¿Sabes que nos arrebataron Gibraltar y Menorca?
—Gibraltar aún sigue siendo británica… —Marina esbozó una mueca— ¿Qué tal están el pequeño Diego? ¿Y Clara?
—Él es un hermoso muchacho de diecisiete años. Quiere ser capitán de barco, pero de momento su padre le ha enviado a Salamanca para estudiar. Clara y Adolfo tienen tres hijos más: Mariana, Isabel y Emilio.
—Me gustaría conocerlos y ver otra vez a Clara —suspiró—. ¿Has vuelto por Tenerife? ¿Qué tal están doña Úrsula y don Hernán?
—Sí. Pasé un par de veces antes de que la guerra se recrudeciera y tuviera que dejar el barco para formar parte del ejército de Caballería. Mis tíos están en San Sebastián… Bueno, ¡Dios, no sé como expresarme! Es tan difícil entender que estoy en épocas diferentes que… ¿comprendes qué quiero decir?
—Sí. No te preocupes… ya se te pasará. A mí también me cuesta creer que estés aquí sentado… —Bajó la cabeza—. ¿Cómo fue la guerra?
Diego le contó que el tiempo en que estuvo siguiendo a la flota de las Américas fue muy placentero, si se exceptuaba el temor a los ataques piratas o corsarios. El hecho de viajar en convoy bajo la protección de navíos de guerra franceses reducía la posibilidad de ofensivas por parte de los miembros de la Alianza. Por otro lado, tras pasar dos años encerrado en una celda minúscula, sentir la inmensidad del mar a su alrededor era todo lo que podía desear. Desgraciadamente fue por un período corto, en seguida se requirieron sus servicios en el interior, pues la guerra se desarrollaba en la península y la escasez de soldados era notoria. Los días se sucedieron en un viajar de un lado a otro por caminos polvorientos para luchar contra ingleses, austriacos, holandeses y portugueses, tal como Marina le predijera tantos años atrás. Hasta la batalla de Almansa, en Albacete, los soldados hispano-franceses creían perder a manos aliadas, pero a partir de aquella batalla el destino jugó a favor de Felipe V y sus tropas. No por ello mejoraron en algo las condiciones en las que vivían; tan sólo sirvió para animar a la soldadesca.
Algunas veces tenía pesadillas por los horrores vividos en aquel campo de batalla. Se hablaba de cinco millares de muertos entre los dos bandos. El duque de Berwick hizo prisioneros a doce mil hombres del ejército carlista.
* * *
—¿Ya ha acabado todo? —preguntó Marina, sobrecogida por las cosas que Diego acababa de contarle.
—No, no del todo. Sé que ya se ha firmado el Tratado, pero Cataluña aún se muestra reacia a admitir al rey Felipe V como su soberano —explicó Diego—. De cualquier forma, el Rey me relevó de mi obligación para con la Corona y pude abandonar el ejército. Ahora, sirena, basta de hablar de mí… Cuéntame, ¿cómo fue tu regreso?
—No resultó sencillo. Tuve que apelar a toda la fuerza de mi voluntad para poder lograrlo —suspiró—. Mi abuelo se alegró de volver a verme, pero se podía ver lo mucho que le había afectado mi ausencia. Yo… lo pasé muy mal. Durante un tiempo me sentí fuera de lugar. —Calló.
—¿Cuándo supiste que esperabas un hijo?
—Unos meses después…
Para ella había sido una gran sorpresa descubrir que estaba embarazada. Era como guardar una parte de él. Hacerlo más verídico, convertir aquellos días en algo innegable. Le explicó que aquella espera había llenado sus días; y hecho más llevaderas sus noches, tan desoladoras. Después, cuando Yago nació, él colmó toda su vida. Se había consagrado a aquel bebé que tanto la necesitaba.
—Me hubiera gustado tanto estar contigo… haber sido testigo de esos meses de espera… —murmuró, apenado.
Marina asintió, sin creerse aún que él pudiera ser real, que estuviera sentado a su lado en el salón de su casa. Quiso acariciar cada arruga de su rostro para acabar con aquella tristeza que parecía emanar de cada poro de su piel morena. Besar esos labios para comprobar si seguían siendo tan suaves como recordaba. Paliar de algún modo los horrores que había vivido en el campo de batalla
«¿Qué te impide hacerlo?»
—Sigues llevando la sortija que te regalé. —Diego le tomó la mano que se acercaba para tocarlo.
—Nunca me la he quitado —susurró, manteniendo la respiración.
La besó en la palma. Aquél fue el catalizador para que brotara toda la pasión guardada durante tantos, tantos años.
—¡Oh, Dios! Sirena, no sabes cuántas noches he soñado que volvía a estar contigo —susurró contra su palma, con un gemido ronco—. No sabes cuánto te he añorado. Cuánto he sufrido pensando en ti, intentando resignarme a vivir sin ti ¿Puedes imaginarte cuánto te deseo?
—Supongo que tanto como yo a ti. —Se inclinó para besarlo en los labios.
* * *
Marina, medio dormida, extendió un brazo para abarcar toda la cama y se sorprendió al encontrarla vacía. Por breves momentos pensó que todo lo ocurrido aquella noche en el lecho había sido simplemente un sueño. Extremadamente erótico, pero sueño al fin y al cabo. Ya empezaba a sentir el vacío en el alma, como cada mañana al despertarse tras soñar con Diego, cuando su cuerpo evidenció el cansancio placentero de quien ha satisfecho todos sus anhelos sexuales. Abrió los ojos y se solazó al descubrir la forma de la cabeza de Diego impresa en la almohada. Su ánimo se elevó como por ensalmo. Se sentía llena, feliz, eufórica…
Se levantó, se puso una camiseta holgada para tapar un poco su completa desnudez y salió de la habitación. Eran las siete de la mañana; el sol entraba a raudales por la ventana del salón, empalideciendo a la bombilla que, con sus prisas por llegar a la habitación, habían dejado encendida la noche anterior. Marina sintió un cosquilleo en el bajo vientre y sonrió para sí. ¡Por Dios! Diego sólo llevaba un día allí y ella ya estaba como una hembra en celo. Casi lo había olvidado, pero su cerebro trabajaba a toda marcha para recordarlo.
La cocina, el baño y el salón estaban vacíos. Sólo había un lugar donde pudiera estar Diego: la habitación de Yago. Empujó la puerta entornada y se enterneció al ver a Diego en la silla del escritorio del niño. Observaba con detenimiento a su hijo, con el pelo cayéndole sobre los hombros.
—Necesitaba verlo de nuevo —declaró Diego en un susurro, apartándose el pelo de la cara—. Cuando me he despertado pensé que lo había soñado. Que estaba contigo, pero que Yago no existía. Necesitaba comprobarlo. Es tan increíble saber que es parte de mi sangre… Ahora entiendo a Adolfo cuando me hablaba con añoranza de sus hijos.
Marina no dijo nada; se limitó a abrazar a su marido por detrás, apoyando su cara sobre la cabeza de Diego. El pelo le olía al champú de hierbas que había utilizado la noche anterior, pero por debajo se intuía el aroma a sal, tal como lo recordaba. Se preguntó cómo había podido vivir los últimos años sin él.
* * *
Yago no creía en su suerte. Al despertar encontró en su habitación a su madre y a su padre, ¡su padre! Necesitaba saber cosas sobre ese hombre, pero ellos se mostraban un tanto circunspectos con el tema y ese detalle lo tenía mosqueado (una expresión que utilizaba mucho).
Diego era muy extraño, no solamente en el vestir (se preguntó nuevamente dónde estaría su equipaje), sino también por su forma de hablar. Utilizaba palabras muy rebuscadas y anticuadas. Pero aquello no tenía importancia; era tan grande, tan fuerte, tan ágil como cualquiera de los superhéroes de los cómics o de las películas. Y por encima de todo, era su padre.
—Tiembla, Indiana Jones —susurró ante Diego, que salía de la habitación con los vaqueros, la camisa y los zapatos nuevos que le había ido a comprar Marina—. Aquí llega mi padre.
Ella también debía de pensar lo mismo, pues lo miraba como si se le fueran a salir los ojos. Su pecho se hinchó de orgullo ante su padre. Con un poco de suerte, cuando creciera sería tan grande como él. Ya pensaba en no volver a cortarse el pelo y dejárselo tan largo como lo llevaba su aita. No veía la hora de presentárselo a sus amigos. Iban a flipar cuando lo vieran.
* * *
Diego se sentía un tanto extraño con aquellos pantalones llenos de bolsillos que se le pegaban como un guante; eran un poco rígidos, pero el tejido parecía muy resistente. Se los había llevado Marina al regresar, cargada de extrañas y brillantes bolsas de papel con nombres impresos. Le había pedido que se lo probara para ver si le quedaba bien (estaba preocupada por si no había dado con la talla adecuada). Lo mejor sería que los viera ella, así sabría decirle si le sentaban bien o no. La cara de su hijo le indicó que iba por buen camino, pero la de su esposa... Bueno, la de Marina era tan explícita que le provocó una dolorosa reacción en la entrepierna.
—Por el amor de Dios, sirena. Si me sigues mirando de ese modo, los botones del pantalón no van a resistir —siseó, acercándose a ella.
Marina se limitó a mirarle alzando una ceja en una parodia de indiferencia, pero sus ojos prometían los placeres inmensos que habían tenido tantas veces atrás. Lo mejor sería no pensar en lo ocurrido esa noche ni mirar el escueto vestido que llevaba puesto, si quería estar en condiciones de salir.
—¿Saldrás a la calle vestida así? —preguntó, al ver que ella se dirigía a la puerta de entrada.
—Claro, ¿qué quieres que me ponga? —pidió Marina, tratando de no reírse.
—No lo sé. Algo más... ¡Demonios! ¿Algo que te tape más? —sugirió, serio.
—Pero... pero si ese vestido es muy bonito y le queda muy bien. ¿No está guapa? —preguntó Yago, confundido. Y miró a su madre, que trataba por todos los medios de mantener la seriedad, pero sin conseguirlo.
—¡Por todos los infiernos! Claro que está guapa. Por eso mismo... —La mirada consternada de su hijo lo puso en su sitio—. ¡Bah! No me hagáis caso. No estoy acostumbrado a estas modas. Eso es todo... ¿Tú crees que va bien vestida?
—Claro que sí. Está guay —aseguró el niño.
—¿Guay? ¿Qué demonios es eso?
—Pues… pues que está bien… —explicó, anonadado.
—Bueno, pues perdona al anticuado de tu padre, yo no entiendo de estas cosas. —Diego agitó la mano, como negando—. Ya estoy listo para que me enseñéis esta bella ciudad —aseguró, haciendo una florida reverencia ante su mujer y su hijo.
El día anterior, nervioso como estaba, no se había fijado en los grandes cambios que presentaba San Sebastián. Ahora los disfrutaba; por momentos se enfadaba por los desastres arquitectónicos en los que, a su modo de ver, habían incurrido los arquitectos. Vio la playa de media luna con la que tantas y tantas veces había soñado y tuvo que contenerse escandalizado por la desnudez de los bañistas. Al captar la mirada socarrona de Marina lanzó una carcajada. ¡Por todos los demonios, ella lo provocaba adrede!
Le causó extrañeza ver, expuestos en los museos, artículos y artilugios que él nunca había conocido, pero se empapó de todo y su inmensa sed de saber se vio compensada a cada paso que daba por aquellos recintos. Trataría de recordar todo lo que ahora veía para cuando regresase a su tiempo. Aún no había hablado de ello con Marina, pero no tardaría en hacerlo. Estaba deseando contarle las disposiciones que tenía previstas para cuando regresasen. Desde luego, haría obras de modernización en la casa-torre Izaguirre; no quería que Marina y Yago echasen de menos ciertas comodidades. Y se acabó el navegar. Se dedicaría a labrar las tierras que ahora eran suyas y donde habían trabajado las últimas generaciones de “Izaguirres”. De esa manera podría pasar mucho tiempo en compañía de su esposa y de su hijo recién hallado. No veía la hora de contarles esas maravillosas noticias.

Finalista en el 1º Certamen de Relatos Cortos de Lurraldebus


El día 17 de noviembre se hizo entrega de los premios al 1º Certamen de Relatos Cortos llamado Historias de Lurraldebus.

Tengo que deciros que mi relato, Las vistas perdidas, quedó entre los finalistas. Os lo pongo por si queréis leerlo.

La página de Lurraldebus es está. Ahí podréis descargaros los relatos premiados.

Un abrazo.

LAS VISTAS PERDIDAS

Pilar Cabero

Como los primeros asientos individuales estaban ocupados, de mala gana me senté en uno doble al lado de la ventanilla. Cada vez odiaba más viajar en autobús. Siempre lo había hecho en mi propio coche.

No tardó en sentarse una mujer a mi lado. Olía a Agua de rosas. Maite siempre usaba esa colonia. Apreté los dientes ante el recuerdo.

—Perdoná, pero ¿querés hacerme un favor? —empezó a hablar mi compañera de asiento.

¡Joder! Me había tocado una de esas personas que son incapaces de estar sin hablar. Eso era lo que menos soportaba de utilizar el transporte público. Tenía ya una excusa mordiente en los labios, cuando ella siguió hablando:

—Me mudé acá hace poco y, sin duda, viste que soy ciega. ¿Por qué no me hacés el favor de describirme lo que ves por la ventana? Es para hacerme una idea de cómo es el trayecto.

¿Me estaba tomando el pelo esa argentina? ¿Se burlaba de mí? Desde luego que no quería describirle el puto paisaje. No tenía ganas de hacerlo. Crucé los brazos y fruncí el ceño. Me iba a negar. Que se buscase a otro jodido Cicerone. El autobús arrancó en ese momento. Las conversaciones se solapaban unas con otras, creando el guirigay que tanto me agobiaba. Unos meses atrás no me hubiera importando, pero ahora… ahora todo era diferente.

—Me parece que te molesté. Perdoname, ¿sí? —se disculpó ella; su voz sonó apenada.

Era joven y estaba ciega. Me sentí un desalmado. Yo antes no era así. Tampoco me costaba tanto describir un paisaje que había visto muchas veces, ¿no? ¡Joder, sí! Si que me costaba. Era demasiado doloroso.

Pensé en bajar en la siguiente parada y comprendí que eso era imposible: Alberto me esperaba en Donostia y se subiría por las paredes si no llegaba en ese autobús. Tal vez pensara que por fin había hecho lo que llevaba amenazando desde meses atrás: no presentarme para seguir con las lecciones. No, definitivamente debía seguir en el puto autobús. Sabía que Alberto estaba llegando al límite de su paciencia y no aguantaría mucho tiempo más. No se lo reprochaba; me estaba comportando como un gilipollas y no sabía cómo él era capaz de soportarme.

Oí suspirar a mi compañera de asiento. ¡Joder, joder, joder! ¡Vaya marrón!

—No… sólo estaba pensando cómo empezar —mentí. Me salió la voz ronca porque últimamente hablaba muy poco. Ya ni mis amigos me llamaban y no los culpaba por eso. Carraspeé—. Esta parada está a la entrada del pueblo. Hay dos plazas. Una tiene árboles. Plátanos que seguramente empiezan a brotar.

Me sentía estúpido describiendo. Imaginé que los otros pasajeros me estaban mirando, pese a que los oía enfrascados en sus conversaciones. A mí nunca se me habían dado bien esas cosas. Soy (o mejor dicho, era) informático. Lo mío son las programaciones, no las descripciones paisajísticas. Joder.

—Oí muchas voces de niños. ¿Hay hamacas por acá? Columpios, digo —Su pregunta me devolvió a la realidad.

—Bueno, sí… también hay columpios. Varios bares y una caja de ahorros. A la salida del pueblo hay una central eléctrica. Su chimenea se divisa desde San Sebastián.

Callé un momento. No sabía cómo seguir. Ni siquiera tenía ganas de continuar. Era una soberana estupidez. Cualquiera que me viera pensaría que estaba fumado. ¿Qué hacía yo describiendo las vistas?

Luego recordé a mi compañera y sentí una punzada de culpabilidad.

—Estamos pasando por el puerto de Pasaia —continué, resignando ante la situación—. A la derecha, más abajo, hay montones de chatarra. Nunca me ha quedado claro si los barcos la traen o se la llevan. Supongo que no tiene importancia.

»Hay un barco que transporta coches y al lado una estructura donde los guardan hasta que los camiones se los llevan. A la izquierda es todo monte. Cada vez que llueve mucho, se desprende parte de él y cae a la carretera.

—Pero entonces el pueblo queda aislado, ¿no? Me explicaron que más allá está el mar. Que sólo es esta carretera —declaró la joven.

—Bueno, sí, pero siempre se puede cruzar a San Pedro en una motora —aclaré, encogiéndome de hombros.

—Perdoná, te corté. Por favor, seguí; lo estabas haciendo re-bien.

¿Que lo estaba haciendo bien? Con poco se conformaba la argentina.

—Los árboles estarán llenos de brotes. Es increíble la cantidad de tonalidades de verde que hay. Una vez oí que es el color que más variantes tiene. He olvidado decirte que por la parte derecha, al borde de la carretera, hay una acera que pocas veces está vacía. Viene mucha gente paseando hasta el pueblo. Los domingos por la mañana, si hace buen tiempo, parece un camino de hormigas. —¿Me estaré enrollando demasiado?—. Ahora entramos en Lezo. El autobús pasa por la parte menos atractiva. En el interior es un pueblo con mucho encanto.

Callé hasta que salimos de la parada y volvimos a arrancar.

Recordé las veces que había salido con mis amigos y con Maite a recorrer los bares de la zona. ¿Cuánto hacía de eso? Sólo unos meses, pero parecía que me hubiera ocurrido en otra vida.

—En estos momentos bordeamos otro parque infantil —retomé la descripción, para no pensar en aquellos días—. Me han dicho que hace unos meses han construido un skatepark y que siempre está lleno de chavales haciendo piruetas con el patinete. Cuando era pequeño me gustaba mucho jugar con él.

Lástima que en aquel tiempo no hubiera habido ese tipo de parques. Suspiré, repentinamente cansado. Las cosas cambiaban de un día para otro. Yo lo sabía mejor que nadie.

Empezaba a hundirme en la desesperación. Joder, ¡basta ya! Más me vale empezar a aceptar la situación de una vez. No va a cambiar por mucho que quiera negarla.

—¿Ya te cansaste de describir? —indagó ella un rato más tarde. Por lo visto, me había callado demasiado tiempo.

—No; simplemente, pensaba —declaré con una sonrisa triste. Noté que ya habíamos llegado a la siguiente parada—. Estamos en Errenteria. Es una villa bastante grande. El autobús sólo pasa por la carretera general. Desde esta parada puedes ir a Oiartzun, a Irún o a Hondarribia. Generalmente, aquí suben muchas personas y nos toca ir apretados.

—Sí, ya noté que tardábamos en salir —bromeó ella. Tenía una voz muy dulce—. Me olvidé de preguntarte: ¿viajás hasta San Sebastián?

Asentí, pero entonces me di cuenta de que ella no podía verlo, así que le dije en voz alta que sí.

—Genial, así vos podrás contarme todo lo que veas hasta el final. —Calló un instante—. Bueno, si no te molesta, claro. Ya te jorobé bastante.

—No, no me importa —le corté, y estaba diciendo la verdad—. Mientras hablábamos hemos salido de Errenteria. Desde aquí se vuelve a ver el puerto de Pasaia, pero ahora desde el otro lado. Hay muchos montones de chatarra y cuando andan cargando o descargando barcos, el ruido es un incordio. El ruido y el polvo rojizo que se mete por todas partes.

»El sol de la mañana se refleja en el agua…

—¡Pero si hoy está nublado! ¿Viste? —protestó ella con una risita—. Soy ciega, loco, no tonta.

No pude reprimir una carcajada. Me salió un poco extraña. No era la mía. También estaba oxidado en eso.

—Vale, pero imagina que el sol está a nuestra espalda y se refleja en el agua del puerto. —La oí reír y eso me reconfortó—. Hemos entrado en Pasai Antxo. Por fin se han acabado las obras que obligaban a cruzar el pueblo en caravana. ¡Menudo incordio!

—Eso es lo malo de las obras, que nunca sabés cuándo se terminan —añadió ella con su voz sonriente y ese acento que envolvía.

—Ésta es la parte que más me gusta. El autobús coge velocidad mientras dejamos a la derecha la parte del puerto que pertenece a La Herrera., el sitio donde iban a hacer un museo de Paco Rabanne, ese modisto.

—Oí hablar de él. Qué, ¿ya no lo van a hacer?

—Ni idea —contesté, alzando un hombro. Maite lo hubiera sabido. Siempre estaba pendiente de la moda. Otra cosa que no quería recordar—. Hace un rato que estamos en la zona de Donostia.

Seguí describiendo. Ella me preguntaba algunas cosas, pero en general se mantenía en silencio. Supuse que trataba de imaginarlo y por eso me entretuve más con los detalles. Ahora que me había soltado a hablar no me costaba tanto. Ella no me conocía. No sabía quien era yo, ni lo que me había pasado. Por primera vez, en meses, me sentía bien. Casi podía fantasear que nada había sucedido.

—Dentro de poco se podrá ver el mar al final de la avenida. Es la playa de la Zurriola. Antes la llamábamos simplemente: la playa de Gros. El autobús la bordea, por la derecha, hasta el puente del Kursaal.

—¿Ya llegamos al Palacio Kursaal? —preguntó interesada.

—Sí, los cubos están a la derecha. Al principio no los podía ni ver. Luego me he ido acostumbrando a ellos. Por la noche no están tan mal.

Bufé. Era de lo más gracioso. Como si “el de arriba” hubiera querido gastarme una jodida broma.

—Te agradecería que no me hicieras describirlos. No les haría justicia.

—Ya me di cuenta de que no te gustan nada. —Volvió a reír.

—Acabamos de cruzar el puente. A la derecha está la Parte Vieja de la ciudad. Si quieres comer pintxos, ahí es el lugar. Ahora giraremos a la izquierda para llegar al final del trayecto: la Plaza de Guipúzcoa. Es una plaza rodeada de edificios con arcadas en sus bajos. En el centro hay un estanque con patos y varios cisnes. Durante la Navidad ponen un Belén y una barquita en el estanque para que la gente arroje monedas. También hay un reloj enorme; sus números están hechos con plantas. De pequeño me gustaba mirar como se movían las manecillas.

—Recuerdo el reloj de mi viejo. Cuando aún podía ver, me gustaba decirle la hora y darle cuerda. Después me conformé con escuchar el tic-tac. —Sus palabras estaban impregnadas de añoranza.

—Nos hemos detenido. Vaya, se ha acabado el viaje —dije, con tristeza—. ¿Adónde vas?

—Voy a la casa de una amiga. No te preocupés, ella me viene a buscar —añadió—. Fue un placer conocerte. Estamos otro día, ¿sí? Pero tenés que sacudirte esa tristeza, loco. La vida tiene cosas maravillosas. Chau, un gusto.

Oí el bastón al rozar en el suelo y una voz que gritaba desde fuera:

—¡Marta! Al fin llegaste, me tenías preocupada. Dejá que te ayude a salir. ¿Pero vos no le tenés miedo a nada, mujer?

—Si vivís con miedo, no vivís —contestó ella, mientras se alejaban.

Sus palabras reverberaron en mi cabeza. Recordé el accidente que mató a Maite y a mí me dejó así. Era cierto: si vivías con miedo, no vivías.

Empecé a sonreír, primero tímidamente y después de manera abierta. Luego desplegué mi propio bastón blanco y rozándolo delante de mí, bajé del autobús. En seguida noté en el hombro la mano de mi guía.

—Buenos días, Mikel —dijo Alberto—. ¿Era una sonrisa lo que tenías en la cara o es que te has tragado un lápiz?


Pasai Donibane, 4 de junio de 2009

Discusiones a granel

Hola amig@s,

Sí, ya sé que hace mucho tiempo que no os contaba nada. He estado muy ocupado de un lado para otro.

¡¡¡Bien!!!

No me han dejado parar mucho tiempo en la balda. Se nota que ha corrido la voz y han sido muchas personas las que han querido leer mi estupenda historia.

Vale, estoy pecando de vanidad, pero ¿qué queréis? No todos los días oyes hablar tan bien de una novela.

¿Qué? ¡Ah! Que ya lo sabéis y preferís que os cuente otra cosa.

Bien, pues esta mañana en la biblioteca ha sucedido algo muy curioso.

Os cuento:

Todas las mañanas, cuando se abren las puertas, un grupo de jubilados y alguna que otra jubilada, entran en tropel, golpeando el suelo con el bastón o la muleta; pendientes de ser los primeros en hacerse con el periódico del día.

Evidentemente son los más ágiles los que se alzan con el premio; los demás, deberán esperar, manteniendo el turno, a que los preciados diarios queden libres.

Bien, pues esta mañana ha sucedido lo mismo, sólo que esta vez un anciano y una señora han seguido peleándose por el periódico sin ceder ni un milímetro. A tanto a llegado la gresca, que ha tenido que intervenir una de las bibliotecarias para poner orden en la estancia.

El hombre mantenía que él lo había cogido primero; la mujer argumentaba lo mismo.

Los libros de mi balda, han empezado a hacer apuestas sobre quién se iba a quedar con el diario. La novela histórica, muy delicada, ha defendido que él debería cedérselo por caballerosidad. La contemporánea, con las páginas erizadas de indignación, segura de que eso sería machismo, lo ha proclamado a los cuatro vientos.

Mientras, en la biblioteca, la discusión entre los jubilados, ha seguido sin visos de acabar. La mujer señalaba que ella sólo quería hacer el crucigrama y que se conformaba con que le dejara esa hoja. No pedía todo el periódico.

El hombre, terco, ha seguido negándose: la hoja de los pasatiempos esta unida a la de las noticias más importantes y él no quería perdérselas.

Las apuestas han subido entre los de mi balda, y los de enfrente han empezado a participar con avidez. Eso parecía las Regatas de La Concha.

La pobre bibliotecaria, como Salomón frente a las madres, seguía sin decidirse a quedarse con el diario ella misma o…

—¿Por qué no hace una fotocopia al crucigrama? —ha preguntado, inspirada.

¡¡¡Por fin había solución!!!

Los dos ancianos, suspirando aliviados por haber conseguido lo que buscaban, se han avenido enseguida a ese arreglo.

Creo que la bibliotecaria se ha quedado aún más satisfecha por haber instaurado la paz en el lugar.

No, no penséis que todo ha sido tranquilidad a partir de ese momento. No. En el mundo de los libros, ha empezado otra cruzada: ¿Quién ha ganado de los dos? Ninguno lo tiene claro.

Aún siguen con el tema y creo que no tiene pinta de que vayan a ponerse de acuerdo en algún momento.

Han requerido la intervención de los libros de leyes, que muy serios y circunspectos están buscando solucionar el tema.

Espero que lo arreglen antes de que cierren la biblioteca, de lo contrario será una noche de deliberaciones muy muy larga.

¡Ya os contaré la resolución!

Hasta otra.

Todos los derechos reservados©

¡¡¡Muchas gracias, María!!!

Como podéis ver el blog ha cambiado un poco. Hace un año que lo creé y se hacía necesario renovar.
Tranquilos, no he hecho un cursillo acelerado ni nada por el estilo. Sigo siendo una nulidad con estas cosas y en cuanto me sacas del Word ya estoy perdida.
No, la artífice de esta preciosidad es mi sobrina María que, con catorce años, es capaz de hacer cosas así, sin despeinarse. ¡Qué envidia!
Mi niña, tendrás que darme clases para ponerme al día con esto.
Os habréis fijado que faltan los enlaces a otros blogs y a las Webs, pero supongo que en unos días estarán puestos.
Pues nada, espero que os guste el nuevo “look” y que sigáis visitándolo.
Besitos y hasta otra.

Adarde - Asociación de Autoras Románticas de España


Asociación de Autoras Románticas de España


El sábado día 7, dentro del marco de Las Jornadas sobre Novela Romántica de Sevilla, se dio a conocer el nacimiento de Adarde.

Tengo el privilegio de pertenecer a esta asociación y compartir ese honor con otras diecisiete autoras españolas. Espero que con el tiempo muchas más formemos parte de esta iniciativa.

Si queréis más información podéis entrar en el blog de Adarde.

Mis novelas en Todoebook

Hola tod@s,

Me acabo de enterar de que mis novelas ya se venden en formato e-book.

Si os interesa saber más, podéis hacerlo aquí.

Es una buena noticia para los que, por diversos motivos, prefieren los lectores digitales.

Besitos.

III Jornadas de Novela Romántica

UNA CONFERENCIA Y UNA MESA REDONDA INAUGURARÁN LOS DOS DÍAS QUE COMPONEN LAS JORNADAS

En la primera, representantes de tres de las webs especializadas en romántica más populares disertarán sobre La novela romántica hoy. En la segunda, seis autoras hablarán sobre Escribir novela romántica en español.

La programación de este año será jugosa. Empezaremos el viernes 6 de noviembre a las 18.30 horas con una mesa inaugural a cargo de Autoras en la Sombra (www.autorasenlasombra.com), Románticas al Horizonte (www.romanticasalhorizonte.es), y Cazadoras del Romance (http://cazadorasdelromance.fforum.biz/), que bajo el título La novela romántica hoy, nos darán una visión del género desde la apreciación y experiencia de cada una de estas webs. La intervención dará paso al primer grupo de debate, que se ha denominado Chequeo; el estado de salud del género y donde se discutirá sobre diferentes aspectos que permiten diagnosticar el presente del género romántico. Este primer día terminará con un cóctel de bienvenida para recibir a los asientes.

La segunda sesión comenzará a las 11.00 horas del sábado 7 con una mesa redonda moderada por Mª Jesús Sánchez (traductora, junto con José Miguel Pallarés, de las novelas de Stèphenie Meyer, "Amanecer", y "La huésped (The Host)", esta última en solitario). La mesa estará participada por las autoras Jezz Burning, Pilar Cabero, Mónica Peñalver, Ebony Clark, Olivia Ardey, y Megan Maxwell, bajo el título Escribir novela romántica en español. Aquí se dará una visión personal del proceso de escritura y el engranaje de las autoras hispanas en el mundo editorial. Seguidamente comenzará el debate amparado bajo el título La novela que viene, y que pretende dar un paso más allá sobre las conclusiones del día anterior y visualizar el futuro inmediato de la novela romántica en cada una de sus facetas.

Por último, recordar que este año son once las autoras que han confirmado que compartirán estos dos días con todos nosotros: Arlette Geneve, Mar Carrión, Claudia Velasco, Ebony Clark, Megan Maxwell, Mónica Peñalver, Jezz Burning, May Beneito, Olivia Ardey, Pilar Cabero y Teresa Cameselle.

PRIMERA SESIÓN, DÍA 6 DE NOVIEMBRE, VIERNES

LUGAR
Sala Almirante de los Reales Alcázares (Plaza del triunfo s/n, Puerta del león)

HORA
18.15 horas

PROGRAMA

18.15-18.30
Recogida de acreditaciones

18.30-19.15
Mesa inaugural: La Novela Romántica hoy

Participantes:

· Autoras en la Sombra (www.autorasenlasombra.com)

· Románticas al Horizonte (www.romanticasalhorizonte.es)

· Cazadoras del Romance (http://cazadorasdelromance.fforum.biz/)

19.15-21.15
Foro de debate: Chequeo; el estado de salud del género

22.00-…
Cóctel de bienvenida



SEGUNDA SESIÓN, DÍA 7 DE NOVIEMBRE, SÁBADO

LUGAR
Paraninfo de la Universidad de Sevilla. (Rectorado. C/San Fernando s/n)

HORA
10.45 horas

PROGRAMA

10.45-11.00
Bienvenida

11.00-11.45
Mesa redonda: Escribir novela romántica en español

Modera: Mª Jesús Sánchez

Participantes:

· Jezz Burning

· Pilar Cabero

· Mónica Peñalver

· Ebony Clark

· Olivia Ardey

· Megan Maxwell

11.45-13.45
Foro de debate: La novela que viene

13.45-14.00
Clausura de las Jornadas 2009

Para buscar más información pincha en este enlace http://lasjnr.com, allí la encontrarás y podrás inscribirte para acudir a las III Jornadas sobre Novela Romántica.
¡¡¡Ánimate!!!

Pilar Cabero - escritora

Pilar Cabero - escritora
Bienvenida amable lectora y también a ti, lector, a mi humilde casa. Elige un sitio para sentarte y ponte lo más cómodo posible. Sí, ese de ahí está bien. Deja las prisas fuera y disfruta del momento. Puedes quitarte los zapatos y arrellanarte en el sofá. Si tienes paciencia y esperas un poco, pondré algo de música para ambientar. Espero que pases un rato agradable y siéntete como en tu casa.

Puedes escribirme en: correo
Gracias por tu visita.

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